Estefanía no lo podía creer: por primera vez en su vida estaba disfrutando del cuerpo de un hombre, y justo en medio de la corriente de un caudaloso rio. De haber hecho el amor antes, con una persona del sexo opuesto, habría tenido la oportunidad de comparar, de saber hasta qué punto sus sentidos se estaban viendo afectados por la manera como las frías aguas rosaban o golpeaban contra su cuerpo, de la manera como la corriente podría estarla llevando a sentir lo nunca sentido, de poder diferenciar entre las caricias masculinas y femeninas en circunstancias menos particulares. Pero a su cerebro solo llegaban las más deliciosas sensaciones, dignas de haber sido experimentadas en compañía de Valentina o inclusive de la hermosa Charlotte. Mientras sus labios se adueñaban de los labios de Kater,

