Valentina no podía creerlo. De nada servía portarse bien, obedecer todas las órdenes, no levantar la voz ni ser desafiante con los capataces. Siempre terminaría siendo recriminada, recibiendo un castigo o por lo menos un azote o una bofetada. Pero su buen comportamiento había ido hasta el momento anterior a golpear a Ciro. La vida era injusta, era dura, era cruel y de esa manea no valía la pena vivirla, no en medio de tanto dolor, de tanto sufrimiento. Le ardían las rodillas y los codos, sentía molestias en sus senos, en sus muslos y en sus empeines y sabía muy bien como todo empeoraría una vez recibiera los doscientos azotes. Si hubiese tenido la manera de suicidarse en aquel momento, lo habría hecho. Pero estaba fuertemente escoltada por tres capataces mientras caminaba hacia la plaza do

