Durante los casi cuatro meses de permanencia en la zona del campamento destinada a las mayores de edad, Estefanía había recibido varios azotes mientras trabajaba, así mismo como el día de su cumpleaños antes de haber colgado de la cruz; pero jamás había recibido uno tan suave como el primero recibido de las manos de su hermana gemela. Sintió como si la parte alta de su espalda hubiese sido rosada por unos suaves cabellos o por un pequeño pedazo de seda. –Si vas a hacerlo de esa manera, creo que vamos a estar aquí toda la noche –dijo Parcer al notar la suavidad del azote–, y ese apenas es el primero. –No me tientes a que sea yo quien agarre el látigo –complementó Pascual. Valentina miró a los crueles capataces antes de empuñar el látigo de manera algo más fuerte, se fijó en la linda es

