Ella vagó un rato en la ciudad desierta y atemorizada, pero había perdido la noción del tiempo y ya pasaba del toque de queda, sonaron unos silbatazos y lo supo, era una redada, seguramente habían sorprendido alguna reunión clandestina o descubierto un camión que transportaba las armas para el gran golpe, ella tenía meses sin ser contactada por la resistencia, nunca se imaginaría que esa redada cambiaría la resignación que sentía.
__ ¡Annalies, corre! __ gritó una de las muchachas que iba hasta el frente del tumulto, le dispararon en el pecho y cayó al suelo como un costal de harina. Ella no lo dudo mucho y comenzó a correr, no en línea recta y ni siquiera sobre esa avenida, estaban a unos metros del Sena, se arrojó sin pensar en más. Tenía información importante, tenía razones, aunque egoístas, para vivir.
Esa noche logró volver a la pensión en el distrito 18, las chicas la habían esperado alrededor de una linterna de aceite rezándole a deidades en las que no creían.
__ Nos preocupaste, Annalies __ exclamó Arlette enojada y con los ojos hinchados por las lágrimas. Ella era de Burdeos y una talentosa bailarina de ballet, pero trabajaba como prostituta desde la invasión.
__ Pensamos que te habían capturado en la redada __ musitó Agnès que si bien era la que probablemente supiera en qué estaba metida no dijo nada que la pudiera poner en evidencia.
__ ¿Por qué estás mojada? __ la cuestionó Clarice, la amante de un colaboracionista y que desde entonces solo bailaba en el cabaret. A ellas tres se les unían dos belgas y una lyonés, todas habían llegado durante la guerra y ninguna era oriunda de París, era obvio en sus acentos, pero lo más importante era que en ninguna podía confiar, sabía que cualquiera podría haberla ido a delatar a la oficina general y comprarse unas buenas botas de cuero en el mercado n***o con la recompensa. Argumentó que se le hizo tarde de regreso y donde estaba cayó un chubasco, todas parecieron convencidas y se fueron a dormir. Extrañaba tanto la vida placentera y monótona que llevaba en Marsella antes de la guerra, nadie sabía que ella era de Marsella, puesto que, qué argumento tendría una sureña para ir a una ciudad dentro de la ocupación, para todos ella venía de un pueblito en la ribera del río Rhin, del lado alemán, aunque eso solo estaba escrito en su documento de identidad. Esa noche después de tomar una ducha rápida volvió a recurrir a su bella y secreta caja, desdobló una nota que Pierre le hizo llegar después de su acalorada discusión sobre el Gran Gatsby: “En estos días sin verte me he intentado formar una idea de por qué no quieres ni mirarme y sinceramente no encuentro la razón, soy atractivo y supongo que algo gallardo o será que me detestas tanto que ni siquiera me puedes mirar, afortunadamente no puedes negarme que yo lo haga y lo haré, con lascivia u odio, igualmente me detestarás.
Pierre”
A la mañana siguiente se marchó antes del mediodía argumentando que tenía que recoger unos camisones cerca del barrio latino, que las vería en Moulin Rouge esa tarde.
__ Buena tarde, Monsieur Lewis __ saludó ella un poco más festiva de lo habitual.
__ Necesito que me saque de la intriga y me diga qué sucedió con usted y ese muchacho.
__ Había llegado el día de la gran fiesta, que además celebraría el tratado de Múnich, que si bien no evitaba la guerra al menos la retrasaba; fuera de eso él se iba el lunes, supuestamente pasaría el día con algunos amigos del liceo en el club, después Eliette iría en punto de las cinco a invitarlo a cenar, cuando llegara hasta el jardín del fondo a encender un cigarrillo mientras le indicaban que podía pasar, encenderíamos las luces de navidad y todos gritaríamos: ‘¡Sorpresa!’, pero el plan que Juliette había trazado tenía huecos por todas partes, pero nos impidió dar sugerencias y desde antes del almuerzo llegaban paquetes y personas con éstos, había que limpiar el jardín, preparar la comida y esperar a los invitados; eran cerca de las tres y todavía quedaba mucho por hacer, el vestíbulo estaba obstaculizado por sillas apiladas y mesas dobladas. Yo estaba en el segundo piso desenmarañando las serpentinas y entonces lo vi, Pierre, venía por la avenida, llevaba un clavel rojo en la solapa del saco color crema, sus zapatos hacían un sonido gracioso sobre el pavimento y yo no sabía qué hacer, sonó el timbre de la puerta principal y nadie atendió, Alizée se encaminaba a gritar que entrase por la puerta del jardín, la callé señalándole que Pierre era quien llamaba a la puerta, me dijo que lo distrajera mientras avisaría al resto que el invitado estaba en la puerta, la fiesta se adelantaría a una hora o más. Me encaminé a la zona de servicio, donde había otra puerta. “Hola, Pierre” le saludé abriendo la puerta, “Hola. Marie” respondió bajando las escaleras y atravesando la fachada para ir a la otra portezuela, “necesito hablar contigo” añadió entró y le ofrecí quitarle el saco, el clavel cayó al suelo y por accidente lo pisé, mis hermanas habían abierto esa mañana las puertaventanas de ese pasillo que daba a la cocina para que las cocineras no murieran de calor “¿Por qué hay tanto alboroto?” preguntó cuando unos gritos furiosos entraron por una ventana. “Mis tíos de Gran Bretaña vendrán y hay que hacer lo preparativos para su llegada” respondí medio mintiendo, puesto que mis tíos llegaban el miércoles a primera hora. Se lo creyó y tratando de que hiciese las menores preguntas de por qué la casa estaba hecha un barullo lo llevé a la biblioteca, una de las entradas estaba sobre ese mismo corredor, en el interior no se oía nada de lo que sucedía afuera, encendimos las lámparas y comencé a recorrer la estancia rosando con mis dedos los gruesos lomos de piel de los libros. “¿Qué es lo que querías decirme?” le cuestione después de que elogiara mi vestido color crema, era realmente uno de mis vestidos favoritos. “Lo que quiero decirte es que…lamento lo de esa noche debajo del puente, fue inapropiado, no debí decirte toda esa sarta de tonterías y besarte fue un descaro de mi parte” se lamentó intentando mirarme. “¿En serio lo lamentas?” le cuestioné deteniéndome frente a él. “Realmente no” admitió con un poco más de soltura. “Yo tampoco me arrepiento” musité ruborizándome, él se irguió y su mirada me indicó que estaba orgulloso, al fin y al cabo, su impulsiva honestidad me había cautivado. Dio un gran paso y me besó, no como esa noche, sino con ternura, con inocencia, pero conforme avanzábamos de espaldas sus besos eran más vehementes, entonces comprendí la emoción con la que las sirvientas contaban sus experiencias románticas; suavemente me susurró aquella parte que hacía falta al rompecabezas, la declaración decente y explicita que necesitaba, aquella que se muestra en las novelas románticas y en las películas estadounidenses. Espero que no le moleste la explicación.
__ Para nada, es muy interesante como lo describe y que su recuerdo permanezca intacto después de estos años __. Ella había reproducido en su cabeza el recuerdo, los besos en su cuello y la forma tal sutil en la que metió su mano debajo de su falda y como con tanta elocuencia ella le desabotonó el pantalón, sus manos en zonas que nunca supo que podrían provocar excitación, la forma en la que la estantería rechinaba conforme la pasión aumentaba y los libros que caían, la suavidad de su cabello, su cuerpo torneado y pálido, algo pecoso y la interrupción que arruinó mucho más que la pasión de Pierre esa tarde; años más tarde se ensimismó en esa lejana memoria de su juventud, pero todos eran recuerdos ya.
__ Creo que lo recuerdo así porque él estaba enamorado de mí y yo de él, eso lo hizo especial, pero no duró más puesto que Juliette había preguntado a las cocineras donde estábamos, abrió la puerta de la biblioteca, “Alguien ha entrado” le aseguré levantando la mirada. “¿Estás segura?” me preguntó si girar la cabeza. Asentí con la cabeza y pude ver una figura esbelta en un vestido de muselina blanca, no tardé en percatarme que era Juliette. “Pierre” musitó con la voz quebrada, era traición lo que encontré en su mirada, nos separamos y cada quien se intentó acicalar lo mejor posible, me giré y salí por la puerta que había entrado él salió por la otra puerta y dejamos sola a Juliette quien se enjugó las lágrimas con orgullo y se dirigió al jardín, la fiesta comenzó una hora después y mientras aun lo distraíamos jugamos una cuantas partidas de bridge, en las que Juliette no nos miraba a ninguno de los dos, yo solo me pregunté qué iba a hacer cuando él se fuera, supongo que era aprender a existir con esa ausencia; pero el resto se lo contaré mañana.
__ Usted es como los escritores que esperan matar de alguna crisis a sus lectores con este tipo de espera, mañana la veo aquí sea puntual sino me dará un ataque nervioso por semejante espera __ ambos rieron y se separaron.
Tuya