Lucerna, Suiza 20 de septiembre de 1965

2175 Words
Ella fue a su trabajo esa noche y de su habitación sacó una caja de zapatos que casi treinta años atrás su padre le había regalado, los zapatos ya no existían y ni siquiera le gustaban tanto, pero a la caja le tenía un sentido de pertenencia y allí guardaba las cartas de sus hermanas, la de su enamorado y fotos que Alizée tomó con su primera cámara portátil, mientras rebuscaba una foto de ella en puntas de ballet encontró la primera carta que Pierre le mandó desde Saint Cyr. “Querida Antoinette 05/septiembre/1938 Durante el viaje en tren vi un hermoso sicomoro que me recuerda al día en el que te vi por primera vez, cuando leías un libro que no entendías y yo te caí encima, llevabas un vestido rosa pálido que terminó con una gran mancha de lodo, me gritaste y me golpeaste con tu tomo de ‘La guerra y la paz’, me hiciste un chipote y me dabas codazos cuando te llamaba Antoinette, te extraño mucho y apenas ha pasado una semana, espero que tú me extrañes un poquito menos, porque esto me está matando. No te asustes solo quiero mantener la esperanza de que te veré antes de la guerra, que se tarden un poco en comenzarla y pueda terminar mi servicio activo y pueda volver a casarme contigo. No pienses en mí, aunque te pueda parecer imposible, no lo hagas porque te pondrás triste, intenta no pensar en los buenos momentos juntos y en que soy un gran besador, porque querrás venir a robarme y te llevarán a un tribunal. Ocupa tu tiempo en buenos pasatiempos, incluso en cosas desagradables o arriesgadas, ten buenas anécdotas a mi regreso. Disfruta la vida, no te quejes, hazlas reír y molesta a Teddy, sino se pondrá insoportable, antes de arruinar la carta quiero que si me evocas sea con un romántico pensamiento, puedes recurrir a las bibliotecas o a los puentes de piedra, allí me encontrarás. Antes de escribir algo más quiero comunicarte un poco cómo es aquí, mis maestros sirvieron en la gran guerra, uno de ellos se llama Louis-Auguste, es calvo y de baja estatura, pero tiene unas manos muy interesantes, es un gran profesor. Mi general al mando es llamado ‘el tallarín’ entre los cadetes, si crees que soy alto, deberías verlo a él, mide al menos doce pulgadas más que yo, durante la primera marcha, en la que admito haber quedado hecho polvo, nos enseñó una canción de marcha que te haría reír hasta que te duelan las costillas, dice ser de Marsella, pero no le creo, le hace falta ese acento, no pronuncia las ‘e’ como tú, a veces desearía no haber venido. Esto te lo escribo el miércoles 14 de septiembre 1938, después de que me enviaran a limpiar letrinas por desacato: Si estás triste mira al cielo te hará saber que tus problemas y tristezas no son tan grandes como crees. Celebra que estás viva y que hay una hoja en blanco frente a ti en la cual puedas escribir una buena historia, o al menos una digna de contar. Vive sin remordimientos, o al menos inténtalo, creo que la carta se ha dañado, pero no tengo más papel para repetirla, en fin, ríe mucho tienes una bella sonrisa y yo sé que la vida puede ser mucho más que tus expectativas. Te ama Piero.” La carta tenía los bordes desgastados y un incidente de lluvias había corrido la tinta en algunas palabras, pero seguía siendo tan suya como cuando la sacó del sobre. Esa noche intentó evocar los recuerdos de ellos, la biblioteca, el puente, Moscú y Lyon, eso era suyo. Al día siguiente a pesar de que el cielo estaba nublado su optimismo de la noche anterior seguía intacto, desayunó con el resto de muchachas en la pensión y fue a hacer un ‘encargo’ en las oficinas de la Wehrmacht, que en mayo del ’44 estaban hechas un lío, iba a recoger chocolate y con suerte saber si Marsella no estaba siendo bombardeada, si las tropas ya se había retirado de allí, después de recibir información medianamente útil se fue a su cita con el periodista, a quien con suerte no habrían asaltado camino a île de la Cité. Se había sentado en los escalones afuera de la catedral. __ ¿Usted es católico? __ le preguntó al sr. Lewis cuando salió a sus espaldas. __ No realmente, pero no hay iglesias luteranas aquí ¿y usted? Es la segunda vez que me cita a las afueras de una iglesia. __ Cuestiones de ubicación y seguridad, nadie sospecharía de usted si pide referencias, hay tantos extranjeros aquí que no sería de extrañar. Mi madre era ortodoxa y mi padre anglicano, pero Eliette se dormía en las misas, Alizée no quiso volver después de que el acólito la manoseara, Juliette se hizo atea a los quince, creo y yo soy prostituta, así que no veo qué familiaridad podría tener en un lugar así, eso sí Camile es una clásica francesa católica, una vez cuando por accidente se llevó un pan extra en la panadería fue inmediatamente con el cura y le dio toda su paga como mesera al religioso y al panadero, quienes ni se inmutaron. En fin, lo dejé intrigado ayer ¿verdad? __ Usted es una dama muy cruel, dígame qué sucedió en la fiesta de despedida del joven. __ Realmente fue un poco antes, él verdaderamente enfermó y estuvo delicado hasta una semana después, yo a veces iba a visitarlo e intentaba hacerlo reír, hacia el miércoles se reía conmigo y me hacía reír, no hablábamos de la noche debajo del puente, pero no era necesario. Hasta ahora no sé qué me impulsó a amarlo tan desesperadamente, supongo que el hecho de que se casara con alguien más me hizo ver que el odio no lo era. “¿Lo amas?” me preguntó Alizée la noche en que volví de mi primera visita a Pierre, estábamos fumando en nuestro baño en común, ambas en la bañera con las medias de la semana anterior entre el agua blanquecina, le quité el cigarrillo y respondí: “Sí, supongo que sí, es un candidato perfecto, es adinerado, apuesto y no es un artista” repuse haciendo como que tallaba una media de seda “También se comporta como un crío cuando le dicen que no” ambas explotamos en risotadas. El viernes de esa semana, justo un día antes de la fiesta, estábamos jugando en el jardín de su casa, habíamos leído unos pocos capítulos de Emma y estábamos intentando ponernos al día, teníamos mucho tiempo sin conversar y de momento éramos amigos con serios temas restringidos: los besos, el matrimonio, la lluvia y otros tantos que traían a la mente temas delicados. “Dime ¿por qué estabas tan molesta conmigo? Se sincera” suplicó tomando uno de mis guantes y examinándolo. “Pues, ¿recuerdas a François Perrault?” él asintió con la cabeza. “Él me gustaba y me refiero a que enserio me gustaba, le escribí notas románticas y le bordé un pañuelo que nunca le entregué. La cosa fue que nunca le dije nada, estaba convencida de que yo también le gustaba y Alizée me había convencido de decírselo ese día del cumpleaños de Manon, cuando habíamos terminado el liceo, yo había practicado qué diría si me rechazaba y cómo reaccionaría si yo también le gustaba, pero llegaste y le gritaste ‘Caruso’ cuando pasabas y te quedaste, ese día que volvimos a casa juntos te odié, porque él volvió a casa con Lucile y creo que ella le gustaba, por eso estuve tan molesta contigo, sé que suena tonto, pero así fue” concluí, había sonreído para infundir un poco de humor en mi argumento, él sonrió conmigo y se quedó pensando. “Vaya, tienes razón, François era un tipo apuesto y siempre el favorito de los profesores, pero era una farsa” resolvió haciendo una mueca. “¿Qué?” repuse algo confundida. “Sí, era un gran tipo y no tenía sentido del humor, pero por Dios, quería cantar en la ópera y eso” comenzó a decir moviendo mucho las manos y siendo hilarante a su manera. “Tenía… sueños” argumenté buscando la palabra correcta. “Pero si era medio sordo, no podía entonar ni un do central y se ponía a gritar las arias de Mozart en el receso” continuó burlándose imitando como lo hacía, lo peor de la situación es que era cierto, François no tenía nada de oído musical, pero nadie se lo decía por lástima o piedad. “Ahorita deben estarle rechinando los oídos” dije explotando en risa, pasé el resto de la tarde en su casa y con un beso en la mejilla nos despedimos. Me gustaba saber que yo le gustaba, que pensaba en mí, en cierta forma me pertenecía, esa noche se lo conté a Alizée, quien siempre había sido mi confidente, ella escuchó mientras se pintaba las uñas de bermellón. “¿Y hasta cuándo piensas decirle que no es mutuo?” preguntó al terminar mi explicación. “No es eso, pero tú misma lo dijiste, se comporta como un crío” respondí ambiguamente, lo que le molestaba. “Pero tú ¿qué sientes por Pierre Fayolle?” la callé cuando vi detrás de la puerta de su habitación una sombra, hasta la fecha desconozco si esa sombra era Juliette o un fantasma de la casa. “Es muy guapo y me agrada, sabe besar muy bien, pero no sé” dije encogiéndome de hombros y sonrojándome. “Me dijiste que él te enlistó todo lo que le gustaba de ti” asentí con la cabeza y me propuso que yo hiciera una. Aún la recuerdo: me gustan sus ojos, cuando se vuelven pequeños al sonreír, me gusta su mandíbula, la línea que se marca cuando aprieta los dientes y algo le molesta o preocupa, me gusta que sea tan alto y que su cuerpo sea musculoso, pero sin ser ridículo, sus labios son muy suaves y eso me encanta, sus pestañas tan largas y espesas como sus cejas. Me gusta su risa, su espíritu valiente y decidido, cómo siempre encuentra soluciones y es tan optimista, me gusta cuando logra modular su voz para que las instrucciones de una olla de presión suenen como un poema y que un salmo de la Biblia parezca un chiste, creo que sí me gusta él. __ ¿Alizée y usted eran muy unidas? __ Mucho, ella me contaba sus fechorías y yo le contaba las mías, nuestras habitaciones se conectaban por un cuarto de baño en común y pasábamos horas hablando de nuestros embrollos, ella me hablaba de lo mal que la hacía sentir mi madre con su animadversión y el afán que tenía por siempre demostrarle que no llegaría muy lejos. Alizée estaba ahí porque yo estaba ahí, pero pensaba largarse en cuanto le fuese posible. Nadie nunca comprendió por qué de las cinco a Alizée le tenía tanto rencor o envidia. Por aquel entonces teníamos unos tíos por parte de mi madre en Gran Bretaña, una anciana solterona en Londres y una pareja de mediana edad en Glasgow, la idea era que las cinco fuéramos con ellos antes de la guerra, pero era imposible adivinar si iniciaría esa semana o nunca, de igual forma el viaje estaba planeado para la primavera del 39, pero los tíos se quedarían con nosotras desde el otoño, habría partidas de bridge y conversaciones sobre el clima hasta el hartazgo, se suponía que Eliette y Camile irían a Glasgow con los tíos Ágata y Alexey, pero Eli no soportaba a Camile, quien no estaba dispuesta a marcharse por mera paranoia, además de que sería un despropósito puesto que igualmente no haría nada en Escocia, ella había dejado claro que al concluir el liceo esperaría a casarse bien y sería una correcta esposa burguesa, la idea le cayó en el hígado a mi madre, pero la niña ya lo había resuelto. Nosotras tres iríamos a Londres con la tía Ana, que era la clara descripción de la tía March, pero rusa, Ali y yo terminaríamos nuestro servicio como enfermeras en algún hospital y seguiríamos estudiando, Juliette no quería irse puesto que tenía esa gran oportunidad en Ámsterdam y ya que Pierre no se iba a casar con ella no pensaba rechazarlo. Días antes de que llegaran se resolvió que solo Eliette, Alizée y yo iríamos a Reino Unido, Camile se quedaría en Marsella y Juliette se iría a Holanda apenas llegara septiembre. ¿Aún tiene tiempo? __ le preguntó ella interrumpiéndose. __ Pues estamos rosando el toque de queda __ aclaró el periodista algo alarmado. __ Bien entonces lo veo mañana en el barrio latino, lo esperaré a la entrada. __ Nos vemos mañana y si le es posible traiga algo de papel __ ella asintió y como desconocidos se marcharon en distintas direcciones. Tuya
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