Berna, Suiza 12 de septiembre 1965

2491 Words
Esa noche ella se vistió de rojo y se retocó el tinte rubio en el cabello, hacía un poco de calor y sus sandalias a juego le asegurarían una buena ración de alcohol y quizá algo más. Tal vez cigarrillos, no tabaco para fumar ni papel para liarlos, cigarros, además de pasar la noche en una cama con un colchón verdadero. Al día siguiente ella usaba un vestido nuevo y llevaba el cabello rizado, la entrevista sería rápido, pero la pequeña libreta del periodista se había quedado sin hojas limpias y tocaría buscar recovecos vacíos en el periódico. Caminaron el uno al lado del otro en silencio esperando que las pocas parejas que aún se agolpaban en la fuente se marcharan. __ ¿Sabe? Nunca me gustaron las noches de verano, mucho calor para dormir y horas infinitas de ocio, el ocio es peligroso __ comenzó a decir __ Seguía molesta con Pierre, especialmente porque él no estaba en Marsella, no sentía la salinidad en las almohadas cada vez que abrían las ventanas, seguramente habría estado haciendo algo mucho más interesante que yo y eso me molestaba, estaba obligada a rondar sin mucho propósito la ciudad por la paranoia de mi madre a la guerra, especialmente desde que los alemanes habían entrado en Austria, pero nada estaba definido. Una tarde de junio mientras Camile (quien se había convertido en una bonita jovencita que sabía lo bella que era y lo usaba para su beneficio) y yo jugábamos tenis de mesa, Theodore llegó corriendo por la avenida y con una instintiva familiaridad entró por el jardín delantero hasta la puerta principal, Alizée hacía vasijas de barro en la primera estancia, que era más como una extensión de la casa con varios ventanales y algunos helechos colgantes; recuerdo oírlo gritar después de que Alizée intentara calmarlo. “¡Este niño tonto se ha enlistado en Saint Cyr!”. Pierre había optado por hacer su especialidad, cirugía, en el ejército, puesto que el sr. Fayolle lo obligaba a volver a Marsella en el verano, Camile y yo bajamos las escaleras alarmadas por los gritos. “¿Tú sabías de esto?” me acusó moviendo enfurecido la carta de aceptación a la academia, que además decía que era necesario que se presentara al concluir junio, negué con la cabeza y sentándose derrotado en un pie de cama que no cabía en mi habitación, comenzó a explicarnos que la guerra era inminente y su hermanito se había metido en las fauces del león, también mencionó que el sr. Fayolle no sabía nada y seguramente la noticia le caería como un balde de agua fría, lo tranquilizamos con té de tila, lo retuvimos hasta que mamá volvió y con su ayuda le indicamos cómo debía dar la noticia sin ocasionarle un infarto a su padre, al día siguiente llegó un telegrama de Pierre anunciando que iba camino a Marsella, enviaron al chofer por él y la cena para celebrar su graduación en la Sorbona fue cancelada, una semana después y tres días antes de que Juliette llegara se marchó iracundo a Bretaña, no dijo si volvería, Juls se llevó un gran fiasco cuando llegó y él no le esperaba con su luminosa sonrisa en el andén; el tiempo que yo me había esforzado en tratarlo mal e ignorarlo, mi hermana se había acercado a él, si la memoria no me engaña fue un día de agosto seis años atrás, acabábamos de volver del internado y habíamos terminado de leer un ejemplar único del Gran Gatsby, discutíamos el complejo personaje que es Jay Gatsby y cómo se enamora de una persona que cuando la encuentra ya no existe, la conversación fueron sus indirectas que yo refutaba con lo primero que me asaltaba la mente y que terminaron en un Pierre completamente colérico y decepcionado, antes de salir de la sala dijo casi en un susurro: “Es cierto ya no existe” cerró la puerta y a pesar de que afuera el cielo se estaba cayendo no dimitió en su decisión, en la calle se encontró con Juliette que volvía de una fiesta de cumpleaños, Pierre estaba muy enojado para llegar hasta su casa en una pieza y ella le pidió que esperaran en una parada de autobús a que la lluvia pasara, después de esa tarde la relación se fue deteriorando hasta no hablarnos, sus visitas eran a Juliette y si llegábamos a cruzarnos asentíamos y continuábamos, cuando se fue a la Sorbona ese otoño mantuvieron constante correspondencia, Juliette tenía sabiendo que Pierre pensaba ir a Saint Cyr más de un mes, pero ni ella sabía cuándo volvería. Volvió un mes después vestido en un uniforme café, botas de cuero altas y un coscacho con un broche dorado en la izquierda, el tema de la academia militar seguía siendo un argumento sensible, pero nada muy importante, sus problemas siempre se solucionaban dejándolos pasar. Una noche mientras trenzaba el largo cabello castaño de Juliette entre sus anécdotas de Cambridge y el contenido de las cartas que intercambiaba con sus amigos ingleses aquí y las que intercambiaba con sus amigos franceses en Gran Bretaña dijo: “Creo que Pierre se ve mucho más atractivo en ese uniforme militar” parecía que había pensado en voz alta porque hizo un movimiento de cabeza y me siguió hablando de una de sus compañeras y de lo brillante que era, del empleo que había conseguido en Ámsterdam antes de venir y que el neerlandés era muy difícil de aprender. Para mí el acto de Pierre en lugar de osadía, me parecía un capricho y una forma absurda de dejar en claro lo terco e impulsivo que era, me resultaba infantil y desesperado por llamar la atención, pero lo que más me molestaba era que mi hermanita estaba hondamente aficionada a él; era una joven ilustre con un prometedor futuro, era políglota y muy bonita, y estaba tratando de involucrarse con un vago que tomaba decisiones a quemarropa; Pierre se quedaría dos semanas antes de volver a Bretaña, habría una fiesta sorpresa para su despedida, que tendría lugar en nuestro jardín que asumía la carga de un quiosco en el centro y azaleas en todos lados, Juls lo invitó a un picnic, un día en la playa, otro en la piscina, a jugar criquet y monopolio, estaba harta de tenerlo en casa, hasta que el miércoles decidí ignorarlo, Camile se había recostado a lado mío para tomar algo de sol: “¿Por qué ya no hablas con Pierre?” me preguntó mientras a unos metros Alizée, Juliette y él sacaban el agua de la piscina chapoteando, me subí las gafas de sol y giré la cabeza en dirección del ruido. “No tengo de qué hablar con él” le respondí secamente. Sentía su mirada, como alguien que espera que mientras está distraído lo miren, pero que continuamente te ve por el rabillo del ojo, sabía que cada que podía me miraba tirada en el prado; a eso de las cuatro mientras esperaban la comida en la terraza, escuché sus pasos amortiguados en el césped, tenía los ojos cerrados y dormitaba, sentí como su sombra cubrió el sol que me daba en la cara, se acuclilló y comenzó a hablar. “Hola, Marie” recuerdo que dijo mientras se ponía entre los dientes un cigarrillo marca Camel, me senté y me ofreció uno, los encendió con un mechero cubierto en oro que su abuela le había regalado en su graduación. “Hola” respondí después de haber dado varias caladas al cigarro. “Quiero saber qué tan despreciable te soy como para que ahora mismo no me mires a los ojos” arguyó, parecía herido y no sonreía, estaba serio y se había sentado al lado mío. “Lo siento, creo que me insolé y no quiero quitarme los lentes, pero supongo que tienes algo qué decirme” él frunció los labios y arrugó la nariz. “Estoy pensando en proponerle matrimonio a Juliette” dijo volviendo la mirada. “¿La amas?” le pregunté esperando una buena respuesta, no quería que dijera que sí, pero tampoco que no. “Es bonita, simpática y tendríamos una linda familia” respondió desviando nuevamente la mirada. “Si no te casas por amor, entonces ¿por qué te casas?” volví a preguntar, esperando que se retractara; Juliette tenía grandes proyectos en puerta y si él se lo pedía ella habría aceptado quedarse en la solitaria ciudad de Rennes, mientras él estaba en Saint Cyr, no volvería a escribir y pensar que mi más prometedora hermana se casaría tan joven me hacía un hueco en el estómago. “Por conveniencia, por complacer y…porque tú no te casarías conmigo” confesó arrancando con sus dedos el pasto. “¿Cómo estás seguro de que te diría que no?” esperaba que se diera por vencido, que no pensará en casarse ni con Juls ni con cualquiera otra de mis hermanas por puro despecho. “Porque me has evitado, no has respondido a mis cartas y esa tarde después de Fuveau me dejaste en claro que no pensabas en el romance, aunque lees a Jane Austen todo el tiempo” argumentó bajando cada vez más el rostro y señalando el ejemplar de ‘La Abadía de Northanger’. “Pues no des todo por sentado con tanta facilidad y sé menos egoísta, que bien podrías arruinar la vida de alguien más, a parte de la tuya” concluí haciendo caso omiso de su disposición a mostrarme sus sentimientos, me levanté y entré en la casa, el rostro me ardía y toda esa tarde me unté cremas refrescantes, tenía los lentes de sol marcados en la piel. Al día siguiente, camino de la panadería me encontré con una ex compañera de liceo, Alïne, venía a visitar a sus padres, se había casado y me invitaba a ir a la playa con ella y su familia, tenía un irritante hijo de tres años y su esposo era un payaso, ella seguía siendo la misma de antes, con su risa discreta y su esbelta figura, sus hermanas llevaban trajes de baño a juego y yo había pedido el suyo a Eliette, quien tenía sus propios planes, maquinados por mamá, a quien le alarmaba que su hija favorita fuese a quedar soltera. Antes de que anocheciera comenzó a llover, iba camino a casa y ya estaba empapada, aún me faltaba un largo tramo y la lluvia no parecía dimitir, me refugié debajo de un puente, caían cascadas por ambos lados, alguien atravesó las cascadas y también pasó a refugiarse allí. “Antoinette” dijo la persona en la oscuridad, era Pierre. “Pierre” respondí. “Te estuve buscando todo el día, no me casaré con Juliette, quiero casarme contigo y espero que algún día tú quieras casarte conmigo” mencionó mientras se exprimía la camisa. “¿Por qué quieres casarte conmigo?” le pregunté expectante, lo que dijo esa noche nunca lo olvidé. “Porque me gustas, me gusta tu cabello, tus ojos que se vuelven violetas a la luz del sol, tu boca, cómo frunces los labios y se hacen un par de hoyuelos en tus comisuras, me gusta verte reír y cuando intentas cantar en alemán, la mirada inquisitiva que tienes cuando lees y cómo te emociona hablar de historia. Me gusta que te muerdes los labios cuando piensas y la arruga que se hace en el tabique de tu nariz cuando te molestas. Me encanta tu carisma y buen humor, la forma en la que defiendes tu postura en una discusión y cómo no te cohíbes al hablar ante un gran público, lo irritantemente organizada que eres, cómo sacas chistes de las situaciones más serias y consigues que todos rían. Me gustas tú, tu acento marsellés y ¡Dios tu cuerpo me quita el sueño, Antoinette! Por eso quiero casarme contigo” concluyó con un ímpetu que nunca volví a escuchar en nadie, la lluvia se había vuelto leve, pero ninguno de los dos reparaba en ello, nos miramos un momento y comencé a llorar. “¿Por qué lloras?” preguntó después de que intentara alejarlo, sé muy bien que soy patética cuando lloro, Eliette se veía hermosa cuando lloraba, pero a mí se me hincha la cara. “Porque yo estaba molesta contigo y creí que desaparecería cuando te fueras a Saint Cyr y no tendría que verte, pero te querías casar con Juliette y luego me dices esto y no sé cómo no pude verlo” logré explicar una vez que ya podía hablar, apenas terminé Pierre estaba muy extático frente a mí y creí que pronto se retractaría y hablaría del clima o sencillamente se daría la vuelta. “Estoy siendo patética” aseguré limpiándome las mejillas, estaba demasiado oscuro como para ver su expresión, pero estoy segura de que no era de desagrado. “¿Por qué lloras?” volvió a preguntar, sollocé un poco más y estaba dispuesta a irme, a decirle que dejáramos morir aquello debajo de ese puente y desposara a otra muchacha, dio unos cuantos pasos y una vez frente de mí me tomó por el cuello y me besó, sus labios eran tan suaves cómo había imaginado y sus pestañas tocaron mis mejillas, nunca antes había besado a un chico, alguna vez Alizée besó a un niño en el colegio y dijo que había sentido náuseas, pero Pierre sabía besar, su lengua tocó la mía y lo empujé, corrí hasta casa y supongo que estaba igual de conmocionado que yo porque no me siguió __ ¿Eso es todo? __ preguntó indignado. __ Esa noche fue todo lo que pasó y los siguientes cuatro días estuve enferma con catarro y supongo que él igual. Respecto a que se iba a casar con Juliette, dejó de hablarle. __ No entiendo ¿por qué su hermana estaba enamorada de él? __ Pierre era un hombre muy guapo, no era como el común de hombres franceses: tenía grandes ojos verdes y una nariz pequeña y refinada, su cabello cambió de color durante toda su vida y por aquel entonces era de un rubio oscuro, aunque naturalmente vacilaba en el castaño rojizo, era un poco más alto que el común y tenía un gran sentido de la libertad y la valentía, era intrépido y por sobre todo muy simpático, todo lo que un francés no es; nunca llegué a escuchar a alguien que dijera que era aburrido, así que Juliette estaba loca por él como muchas, era uno de esos muchachos que se hacen notar y que les gusta hacerse los tontos, una de las razones por las que irritaba a Teddy. __ Y ¿usted se enamoró de él? __ Si le digo no querrá verme mañana, tengo que irme, lo veo a las cuatro afuera de la catedral de Notre Dame. __ Por su puesto. Tuya
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD