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DORIAN: votos de Sangre

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Blurb

​Evangeline ha vivido entre muros de piedra y oraciones desde los siete años, ocultada por unos tíos que le robaron su herencia y su libertad. Su destino era el velo y el silencio... hasta que la noche se tiñó de rojo.​Dorian Volkov es el heredero de la Bratva, un hombre cuya alma es tan fría como el acero de sus armas y cuyos ojos azules son el último destello que ven sus enemigos antes de morir. Cuando una emboscada lo deja al borde de la muerte, busca refugio en una iglesia olvidada de Nueva York. Allí, una novicia de manos temblorosas y mirada pura le salva la vida, sin saber que está rescatando al demonio que reclamará su existencia.​Ella le dio la vida; él decidirá que ahora le pertenece. Entre votos rotos, secretos familiares y una guerra de mafias que amenaza con consumirlo todo, Evangeline descubrirá que el hombre que la rescató de su prisión religiosa es el mismo que planea encadenarla a su oscuridad.​¿Podrá la luz de una santa sobrevivir al fuego del infierno ruso?

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CAPÍTULO 1: SANTUARIO PROFANADO
El incienso siempre me había parecido el aroma del olvido. Se filtraba en los poros de mi hábito gris, se enredaba en mi cabello castaño oculto bajo el velo y llenaba mis pulmones con una paz que, a veces, se sentía más como una cadena que como una bendición. A mis veintiún años, las paredes de piedra de la Catedral de San Judas en Nueva York eran lo único que conocía con certeza. El mundo exterior era un rugido lejano, una mancha de luces y pecados que solo veía a través de las ventanas de arco ojival. —Evangeline, ¿estás escuchando? —la voz de Olivia rompió el silencio del claustro. Sacudí la cabeza, saliendo de mi trance. Olivia, mi única conexión con la vida que me habían arrebatado a los siete años, estaba sentada frente a mí en el banco de piedra del jardín interior. Ella no era una novicia; era la hija del jardinero, una chica llena de vida, con labios pintados de un rojo prohibido y ojos que siempre buscaban el horizonte. —Lo siento, Olivia. Estaba pensando en la ceremonia de los votos perpetuos. Falta poco menos de un mes —susurré, bajando la vista a mis manos entrelazadas. —No lo hagas, Eva. Por favor —ella se acercó y tomó mis manos. Las suyas estaban cálidas; las mías, como siempre, estaban frías como el mármol del altar—. Tu tío Theodore y esa mujer, Charlotte... ellos solo quieren que te quedes aquí para no tener que darte explicaciones. He visto los periódicos, Eva. La Fundación Miller está inaugurando otro edificio en el Upper East Side. ¡Es tu dinero! Tus padres te dejaron todo a ti, no a ellos. Un nudo se formó en mi garganta. Theodore Miller, el hermano de mi padre, me había dejado en este lugar bajo la promesa de que "aquí estaría a salvo de la tragedia que mató a mis padres". Nunca regresó por mí. Solo enviaba un cheque mensual al convento, una limosna comparada con la fortuna que manejaba. Mi prima Charlotte, por su parte, solo venía una vez al año para presumir sus vestidos de seda y recordarme, con una sonrisa cruel, que yo no era más que una "pobre alma consagrada". —Es mi destino, Olivia. No tengo a dónde ir —mentí, aunque el fuego de la duda quemaba mi pecho. —Tienes una vida por delante. Esas enfermeras que vinieron el mes pasado a darnos el curso de primeros auxilios dijeron que tienes un don natural. Podrías ser médica, podrías viajar... La conversación fue interrumpida por el toque de queda. Nos despedimos con un abrazo apresurado. Esa noche, el cielo de Nueva York decidió romperse en una tormenta eléctrica que hacía vibrar los vitrales de la catedral. Me asignaron la guardia nocturna en la nave principal, una tarea que consistía en mantener las velas encendidas y rezar por las almas perdidas de la ciudad. El silencio de la iglesia era absoluto, solo interrumpido por el trueno que retumbaba en las vigas del techo. Caminé hacia el altar mayor, mi sombra alargándose como un fantasma sobre las baldosas frías. De repente, un sonido que no era el de la tormenta me heló la sangre. Bang. Bang. Bang. No eran truenos. Eran disparos. Seguidos por el chirrido violento de neumáticos quemando asfalto justo fuera de las puertas principales. Mi corazón martilleó contra mis costillas. Me quedé inmóvil, sujetando mi rosario con tanta fuerza que las cuentas se clavaron en mi palma. Entonces, el mundo pareció estallar. Una de las pesadas puertas de roble se abrió de golpe, golpeando la pared con un estruendo que resonó como un cañonazo. Un hombre entró tropezando. La luz de los relámpagos lo iluminó por detrás, creando una silueta imponente y aterradora. Vestía un traje oscuro, hecho a medida, pero la chaqueta estaba desgarrada. Lo que más me impactó no fue su tamaño, ni la elegancia peligrosa que emanaba incluso en su debilidad, sino el rastro de sangre que dejaba a cada paso sobre el suelo sagrado. —¡Ayuda! —el grito murió en mi garganta antes de salir. Él no pidió ayuda. Se tambaleó hacia uno de los pilares, dejando una mancha roja en la piedra blanca. Sus dedos, adornados con anillos de oro pesados, se presionaban contra su costado izquierdo, donde la camisa blanca estaba empapada en un carmesí casi n***o. Me acerqué, impulsada por un instinto que no sabía que poseía. La formación que las enfermeras me habían dado en secreto pareció tomar el control de mis extremidades. —Señor... está herido —dije con voz temblorosa, acercándome a él. El hombre levantó la cabeza. En ese instante, un rayo iluminó el interior de la catedral y me encontré atrapada. Sus ojos eran de un azul gélido, tan claros y brillantes que parecían dos fragmentos de hielo arrancados del fondo del océano. Eran los ojos de un depredador, llenos de una furia contenida y un dolor punzante. A pesar de la sangre, su rostro era de una belleza cruel. Mandíbula marcada, barba de pocos días y una cicatriz pequeña que cruzaba su ceja. —No... te acerques... Ángel —gruñó. Su voz era un barítono profundo, con un marcado acento ruso que erizó los vellos de mi nuca. —Está perdiendo demasiada sangre. Déjeme ver —insistí, arrodillándome a su lado. Él intentó levantar una mano, y fue entonces cuando vi el arma. Una pistola negra y pesada que descansaba en su otra mano. Mi respiración se cortó. Estaba frente a un hombre que traía la guerra a mi santuario. —Si me tocas... te condenarás —susurró él, pero sus ojos se cerraron por un segundo y su cuerpo cedió. Se desplomó contra el pilar, cayendo sentado. Su mano derecha, la que sostenía el arma, cayó pesadamente al suelo, pero su mano izquierda se disparó hacia adelante y me sujetó por el cuello del hábito con una fuerza asombrosa para alguien que se estaba desvaneciendo. Me obligó a inclinarme hacia él. Estábamos tan cerca que podía oler el metal de la sangre, el perfume caro de su colonia y el aroma a pólvora. —Sálvame —me ordenó, más que pidió. Sus ojos azules me perforaron el alma—. Sálvame, y te prometo que desearás haberme dejado morir. Su cabeza cayó hacia un lado y su agarre se aflojó. Estaba inconsciente. En la distancia, las sirenas de la policía empezaron a aullar, mezclándose con el sonido de otros motores que se acercaban a la iglesia. Motores que no sonaban como la ley, sino como una amenaza. Miré al hombre, luego a la puerta, y finalmente a la sangre en mis manos. Si lo entregaba, moriría. Si lo escondía, mi vida nunca volvería a ser la misma. Evangeline escucha pasos pesados subiendo las escaleras de la entrada de la iglesia. No es la policía. Son hombres armados que gritan el nombre de "Dorian" con sed de sangre. Eva tiene solo diez segundos para decidir: ¿Abrir las puertas y entregarlo, o arrastrar al demonio ruso al sótano secreto de la catedral y sellar su propio destino?

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