El invierno había llegado a la costa de Maine con una ferocidad inusitada. El viento aullaba entre los pinos y la nieve comenzaba a cubrir el acantilado con un manto blanco que ocultaba las huellas. En la casa de madera, Evangeline descansaba frente a la chimenea, con su vientre de siete meses moviéndose bajo el tejido de lana de su jersey. Yelena le servía un té, ambas sumidas en un silencio pacífico que Dorian envidiaba desde la distancia. Porque Dorian estaba allí. No en la casa, sino a dos kilómetros de distancia, oculto en una cabaña forestal abandonada que había convertido en su centro de mando táctico. —Dorian, los drones térmicos han detectado movimiento en el sector sur —la voz de Austin llegó por el intercomunicador, nítida y tensa—. No son turistas perdidos. Se mueven en forma

