El estruendo fue ensordecedor. Una carga de C4 detonó en la entrada principal del búnker, haciendo que las paredes de hormigón vibraran como si la tierra misma estuviera gritando. El polvo de yeso cayó del techo, empañando el aire, y las luces de emergencia rojas empezaron a girar, bañando el gimnasio en un tono sangriento. —¡Abajo! —rugió Dorian, lanzándose sobre Evangeline y cubriéndola con su cuerpo justo cuando una segunda explosión reventó los conductos de ventilación. Eva sintió el peso masivo de Dorian, el calor de sus músculos tensos y el olor a pólvora mezclado con su sándalo. Su corazón golpeaba contra sus costillas como un pájaro enjaulado. —Dorian... están aquí —susurró ella, su voz temblando mientras se aferraba a los hombros de él. —No por mucho tiempo —gruñó Dorian. Se p

