Narrador.
“Corre lejos, enfréntalo, tú puedes, tienes el poder para hacerlo, eres tan fuerte como lo es él”
Escuchó Ayalen esa voz que le advertía una vez más, entonces en medio de una neblina muy espesa veía a esa figura que avanzaba hacia ella, mientras cambiaba de forma, de repente dejaba de ser un hombre con ojos grises muy aterradores para ser una bestia enorme con ojos dorados como el oro líquido.
“No te vayas, debes salvarme”
Ahora oía otra voz totalmente desconocida. Ese hombre en la oscuridad extendía una mano para que ella la agarrara, pero Ayalen no correspondía.
—¿De quién debo salvarte? — inquirió con voz trémula al sujeto que se encontraba tras la cortina creada por la neblina.
“De mi propia oscuridad, sálvame, te lo ruego”
Sobresaltada y con el cuerpo bañado en sudor, Ayalen despertó de ese extraño sueño, sentándose de golpe en la cama, y viendo que ese espacio es totalmente desconocido.
—¿Dónde estoy? ¡¿Me han secuestrado?! — musitó, con mucho miedo, viendo todo con recelo, y notando que ese dormitorio, es muy bonito y con una decoración elegante de color blanco, pero sin importar que tan hermoso fuera el espacio no dejaba de ser opresivo.
«Necesito irme a casa, volveré a nueva york» su cabeza era un caos llena de pensamientos desesperados, y esas ganas de huir le creaban una sensación extraña.
Posó los pies en el suelo frío, y fue en ese momento que se dio cuenta de que estaba descalza, y a su memoria llegaron los recuerdos de la discusión con ese hombre extraño que parecía querer asesinarla, y de los demás que lo seguían llamándolo alfa.
«¿Alfa?», esa palabra se quedó en su mente, y soltó un grito de espanto cuando recordó que ese hombre había mostrado un hocico lleno de dientes filosos que le daba un aspecto de bestia.
—¡Ayuda! — Gritó desesperada corriendo hacia la puerta, giró la perilla y al ver que la habían dejado encerrada con llave su terror incrementó.
Empezó a golpear la madera gruesa con ambos puños al punto de provocarse dolor.
—Ashs— se quejó acariciándose una mano y luego otra.
«Mocosa deja de lastimarte, eres patética y odio oír como te hieres para terminar lloriqueando», refunfuñaba Reynier escuchando y percibiendo cada cosa que hacía Ayalen. Peleaba en silencio como si le regañara y no era que sintiera pena, sino que le parecía absurdo que una persona quisiera ser fuerte aun sabiendo que no es capaz de nada.
—¡Hay alguien que me ayude a salir de aquí!, ¡¡por favor!!, ¡déjenme salir, no he hecho nada malo! — gritaba una y otra vez hasta que su voz quedó sumamente ronca de lo tanto que había forzado sus cuerdas bucales.
Derrotada, y notando que era una pérdida de tiempo pedir auxilio donde parecía ser ignorada, se pegó a una pared, y dejó que su cuerpo se deslizara por esta, quedando sentada en una esquina de la habitación sin dejar de abrazar sus propias rodillas. Y aunque no era su propósito terminó llorando.
—Mark amor, ayúdame a ser fuerte— soltó un sollozo lastimero.
Sin embargo, mientras ella no paraba de llorar asustada, y creyendo que estaba allí para ser asesinada por ese hombre cruel que encima es una bestia aterradora, Reynier estaba tomando una ducha con el propósito de eliminar de su cuerpo el aroma de Sonia, pero más que eso también buscaba que el agua fría le bajara un poco el enfado que tenía con su hija.
Pues tuvo que dejarla en su cuarto de juego para no terminar abofeteándola, sabe que al convertirse en ese ser vacío y carente de todo, ha arruinado la relación que tenía con sus hijos, y aunque le daría lo mismo que le dijeran que no lo quieren, igual no los quiere perder. Debido a que son una parte muy importante suya.
Por lo que debe tolerar a su hija terca, que lo quiere manipular como a un adolescente.
Estaba doblado con ambos brazos aferrados al costoso gres porcelánico, mirando al suelo a medida que la lluvia de agua generada por la ducha caía sobre su espalda, mientras el vapor creado empañaba la cabina de la mampara.
—¡Qué ruidosa! — Golpeó con el puño la pared escuchando cómo Ayalen no había parado de lamentarse y decidió minimizar su sentido auditivo para no escucharla más, puesto que perdería la paciencia.
★Alfa estoy esperando por usted★ le comunicó Dayanara a través de la conexión mental.
Él ni se molestó en responder, tan solo continuó secando su cuerpo con calma como si nada más tuviera importancia y analizando en la manera de obligar a Ayalen a confesar su crimen.
Mientras que Ayalen en medio de su penuria escuchó como algo rasguñaba la puerta del dormitorio en el que está y se aproximó a ella, suponiendo que se trataba de un animalito, por lo que en su cabeza algo se encendió.
—¿Chispita eres tú, y Xavier? ¿Son ustedes? — Le dio pena saber que quizás se trataba de ellos porque la extrañaban y los pequeños lloriqueaban al otro lado, lo que le dejó una respuesta clara.
—Cachorritos hermosos, quisiera tenerlos aquí, pero ese hombre me tiene encerrada.
Trataba de agacharse lo suficiente para verlos por la ranura que quedaba entre el piso y la puerta, al igual que ellos que trataban de meter los morros.
★Si. Tienes razón nuestro padre es aterrador, y no debió de encerrarte★, se quejó su pequeña chispita.
★No seas torpe Amira, ella no podría escucharnos★, le reclamó Ismael a través de su conexión, mientras que Ayalen solo escuchaba sonidos de gimoteos de su parte.
★Debemos castigar a nuestro padre por haber hecho llorar a Ayalen★, propuso chispita, aunque no es capaz de pararse enfrente de Reynier sin que le tiemblen las patas.
★Déjame eso★, le aseguro al pequeño tramando una travesura
—¿Están aquí? — habló Atzamara que lo estuvo rastreando, puesto que cuando llegó con la niñera, la loba inexperta le explicó que ellos se habían escapado, y como a la chica no se le da bien rastrear utilizando el olfato decidió esperarla, ya que apenas está desarrollando su poder.
— ¿Saben que nuestro padre tirará el grito al cielo? — Ella les guiñó un ojo, antes de emplear su fuerza para abrir la puerta. —Pero escucharlo rabiar es nuestro deleite.
Amira se acercó a ella y se sobó en su pierna como hermana pequeña agradecida, mientras que Ismael corrió hacia Ayalen, quién al escuchar a Atzamara hablar se alejó, y más se aterró cuando escuchó el sonido que creó la puerta al ser abierta de forma brusca.
—¡Preciosos! ¿Están bien?, pensé que ese hombre los dañaría— sonrió aliviada y llena de ternura cuando ambos lobos prácticamente brincaron sobre ella, aunque al segundo vio a Atzamara con desconfianza.
—No te haré daño.
Atzamara alzó ambas manos ya estando a su lado.
—¿Quién eres? — Ayalen se levantó cargando a su chispita como ella la nombró.
—Soy hermana de esos dos traviesos que parecen adorarte.
Atzamara estaba muy emocionada al ver como sus hermanitos al fin habían encontrado la persona que es capaz de darle amor puro e incondicional y aunque ella los adora muchísimo, parece no ser suficiente.
—Ja, ja, ja.
Ayalen se rajó en risas como si le hubieran contado el mejor de los chistes y vio a la chica hermosa delante de ella como se mira a una persona mal de la cabeza.
—Estás hablando igual que ese hombre que irrumpió en mi casa, ¡están chalados!
Atzamara no se ofendió, solo le acompañó a reír— Pues, así como lo dices parece que estamos loquitos, pero detente un momento y mira a Amara a los ojos.
—¿Amara?
Ayalen quedo tonta, no sabía de quién le hablaba hasta que ella señaló a la lobita.
—¿Chispita?
—Si, Chispita, como la has nombrado, es mi hermanita menor, ellos son gemelos, y ella se llama Amara, y este hermoso macho se llama Ismael. Somos seres especiales, que los humanos desconocen porque nos mantenemos aislados de ustedes en ocasiones.
Ayalen sentía que la cabeza le daba vuelta y justo como la chica le pidió ella vio a los ojos de la cachorrita dándose cuenta de que son muy parecidos a los de ella, entonces ancló una cosa con otra y recordó los ojos grises de Reynier.
—¿Por qué no estás igual que ellos, es decir?, tú eres humana y ellos lobos— no podía entender nada, era como algo que su mente no procesaba, ya que nunca pensó en la más remota posibilidad de que en el mundo pudiera existir seres como ellos y Atzamara con temor a espantarla, solo le mostró una garra, igual logrando que ella se hiciera hacia atrás.
—Como ya dije no te haré daño, al contrario, te protegeré.
A ella Ayalen le pareció muy tierna y cuando olió que en ella no había miedo le tocó el pelo y luego la cara.
—Tu cabello es muy hermoso— Ayalen se veía pequeña delante de ella.
—Necesito salir de aquí, ayúdame— La tristeza fue visible al instante en el rostro de Atzamara.
Y los cachorros empezaron a lloriquear pidiéndole a su hermana que le dijera que la necesitan, Atzamara le explicó detalladamente a ella; sin embargo, Ayalen sintió mucho pesar, quedarse en un lugar que no conoce bajo la mira de un hombre que parece odiarla y con criaturas que nunca ha visto y que no entiende no le pareció buena idea.
—Lo siento mucho. Estaba dispuesta a llevarlos conmigo, pero ahora es imposible, son personas que no entiendo, y si tienen hambre, o alguna otra necesidad como sabré entenderlos.
Ella miró hacia abajo encontrándose con Amara viéndola fijo y se le removió el corazón.
—Es que yo dudo que puedas volver a tu casa, mi padre no te lo va a permitir— le contestó muy segura, pero a los lobos le duele el rechazo y decir que se iría sin ellos, fue un golpe fuerte.
Ayalen salió dejando a Atzamara dentro de esa recámara y luego de caminar por un pasillo que le pareció muy largo, llegó a una escalera que no pensó dos veces en bajar para marcharse, pero sentado en un sillón con una tableta en la mano estaba Reynier.
Quién la observaba desde su ángulo con disimulo, por el aroma más intenso se había dado cuenta de que su terca hija dejó a la diminuta humana libre, mientras que ella se detuvo como si viera al mismo lucifer con su tridente esperando para llevarla a arder en el infierno. Sin embargo, segundos después retomó sus pasos, suspirando cuando vio que él ni se había parado.
«Me dejará ir», celebró emocionada al ver que Atzamara no tenía razón, pero poco le duró la gloria, ya que no lo escuchó, y menos lo vio venir, puesto que al dar dos pasos más su cabeza chocó con el duro pecho de Reynier.
Fría como un bloque de hielo, se quedó en esa misma postura y alzó el rostro para poder verlo, experimentando una sensación de sentir que se ahogaba al quedarse perdida en su mirada.
—¡Quítate de mi camino!
Reynier tenía una ceja alzada y una sonrisa macabra que se reemplazó por furia inmediata, quería oler su miedo y era todo lo contrario.
La marca de peonía en la espalda de Ayalen empezó a calentar tanto que le costaba respirar.
—Parece que no entiendes como son las cosas aquí.
Largó exasperado caminando para arriba de ella, haciéndola retroceder a pasos dobles, hasta que chocó fuerte con una mesa, dándose un golpe en la cadera que la hizo arrugar el rostro, pero igual lo rodeó tumbando dos jarrones muy costosos que a Reynier ni le importaban, total podría comprar millones de estos. Siguió reculando y él asediando como la bestia enojona que es hasta que la atrapó entre una pared y su cuerpo.
—Estás aterrada, ¿cierto? — Indagó con esa pizca de diversión abarcando su cuello, justo sobre la marca de sus dedos que aún ella tiene dibujada, debido a que todavía no se había borrado las que le hizo.
“Puedes enfrentarlo” escuchó esa voz a lo lejos dentro de ella.
—Porque debo estarlo—Ayalen a pesar del dolor se encogió de hombros. —Una persona no se come a otra.
—Sabes que no soy una persona común, yo sí te podría comer. — Mentía para verla temblar y ella, aunque casi caía muerta de un infarto al corazón, se mantuvo fuerte, logrando esconder su sentir.
—No tengo planeado ser el alimento de un monstruo tan indeseable como tú.
Eso descontroló a Reynier, llamarlo monstruo no era la mejor de las ideas, casi la aplasto con su cuerpo y por furia, con ímpetu y salvajismo, le mordió el hombro desnudo.
—Aaaah, salvaje, bruto, animal, idiota — Chilló tras sentir el ardor.
El plan de Reynier no era caer en lo íntimo, solo hacerla doblegarse y como es impulsivo terminó cayendo en su propia trampa, pues el sabor de la sangre de Ayalen le pareció electrizante.
No la había marcado, ni mucho menos ella es su mate, pero como advirtió su lobo hay algo que no es normal en esa chica y que lo arrastró por un instante creando millones de destellos en su cabeza, pues de estar hecho una furia, su manera de apretarla ahora era más de insinuación que de enfado.
—Te queda claro que yo soy quien manda— le susurró oliendo su cabellera y lamiéndose las comisuras de sus labios, ansiando clavar sus dientes nuevamente, para obtener una simple gota de esa sangre, pero no se atrevió hacerlo.
Ya que suponía tener claro que no la quiere en su cama, la encontraba muy frágil y sin importar que el morbo rondara en su cabeza buscaba razones para no cumplir con su instinto.
«Debes ser un conejillo de india de los hechiceros en busca de crear una distracción para los lobos, debo evitar morderla»
Sopeso internamente buscándole lógica a ese sabor tan delicioso. En cambio, para ella era una fuerte tortura que él la tocase porque cada cercanía aumentaba más el caliente de la peonía en su espalda, era como si le estuviera cortando un pedazo de carne con una daga calentada a una alta temperatura.
—¡Me importa un rábano, igual me largare!