Un aroma especial.

2106 Words
Narrador: Reynier no quiso tocar a Ayalen, en cambio, se quedó viéndola fijamente durante un minuto con el ceño fruncido a medida que examinaba cada una de sus facciones, pero tratando de disimular su interés delante de los guerreros que lo estaban acompañando. Entonces en su escrutinio sintió un fuerte deseo de tocar su pelo dorado para comprobar si es tan suave como se ve, y cuando pudo despertar de su ensoñación, se dio cuenta de que su interés lo estaba arrastrando hacia algo que normalmente no haría por lo que apretó los puños con la finalidad de alejar el impulso. «¿Por qué debo querer tocar su espantoso cabello?», se cuestionó internamente y recriminándose porque no puede negar que en parte la fragilidad que ve en Ayalen le causa cierta morbosidad; no obstante, en cuanto recordaba como de esos pequeños labios cremosos color rosa intenso salían palabras que solo causaban su enfado volvió a su postura de macho insufrible. Con un pensamiento contradictorio a suponer que si la toca podría querer romperla a su estilo lujurioso le ordenó a su delta llamado Oliver que la cargara para llevarla a la manada, disponiendo de la vida y libertad de esa chica a su antojo, mientras que Dayanara llevaba a los cachorros. —Esta humana tiene un olor peculiar. — Comentó Oliver sin detener sus pasos y Reynier, que ya había notado el aroma dulzón de Ayalen, soltó un bufido pareciéndole desagradable, pero ciertamente sabía qué ella olía distinto a todos los humanos con los que ha tratado. —Tienes pareja, así que no es tu mate— bromeó Dayanara con Oliver, quien negó al instante, por el contrario, con lo celosa que es su loba, no tenía idea de cómo explicaría que esa humana a la que terminará oliendo es una chica que ha caído en las garras de su alfa. «Pobre muchacha» pensó sintiendo pena por Ayalen, quien le parecía inocente e indefensa aún su líder se empecinará en verla como al enemigo. En el momento que pasaron los perímetros que cubren la barrera de la manada muchos de los habitantes que veían a esa mujer desmayada entre los brazos del delta se mostraban asombrados, puesto que era la primera vez que un humano era llevado por el alfa. —Alfa, ¿dónde debo dejarla? — preguntó Oliver refiriéndose a Ayalen. Reynier la vio por el rabillo del ojo antes de contestar con repudio. —Déjala en la recámara más pequeña del ala oeste. — Oliver asintió, aunque le parecía que Reynier está siendo demasiado duro con Ayalen, puesto que esa área está completamente vacía, ya que eran los antiguos aposentos de los hijos adultos de Reyneir quienes se marcharon luego de que él le asignó sus propios territorios dónde han creado sus manadas. — ¡Mientras más lejos de mí dejas a esa criatura insoportable, mejor! — farfulló torciendo los labios. Aún le causa enfado recordar cómo Ayalen lo había desafiado. En el momento que Oliver se llevaba a Ayalen los cachorros empezaron a lloriquear desesperados tratando de zafarse de los brazos de Dayanara para ir tras ella y Reynier los veía con fastidio. No por ellos sino porque no le agradaba para nada saber que ellos se han encariñado tanto con esa chica. —Alfa. — lo llamo Dayanara con ganas de soltar a los pequeños para que fueran detrás de Ayalen y Reynier soltó un gruñido de advertencia percibiendo las intenciones de su beta. —Llévalos con su hermana mayor— demandó tajante para luego volver a ordenar. — También ve con las primeras, pídeles que vengan, deben romper cualquier enlace o unión que mis hijos hayan creado con esa criatura tan débil y patética. Con eso último Reynier se fue dejando a Dayanara consternada, aunque su alfa ha sido un ser frío desde que decidió eliminar sus sentimientos, igual tenía mucho que no lo veía mostrar tanto desprecio por alguien como lo estaba haciendo con Ayalen. Reynier, que es un hombre ocupado, olvidó por completo todo lo que tenía planeado hacer ese día, y fue rumbo a su cuarto de juego. Al llegar tomó una bola de billar, con exactitud el ocho y lo tiró contra la pared, ocasionando que se incrustara en la misma mientras su bestia interior gruñía. Ofuscado, la vista se le oscurecía y su instinto asesino solo quería sangre, pero se limitaba a ir con Ayalen y hacerle tanto daño como quería, puesto que debía pensar en el bienestar de sus hijos y no sabe cuándo volverán a ser capaces de encontrar a alguien que los ayude a romper la maldición con la que nacieron. —¡Esa maldita daga!, no solo me arrebató a mi amada, sino que condenó a mis hijos y ahora como si fuera poco debo aceptar a esa mocosa respondona— soltó en un bufido frustrante, encontrando más razones para pelear con el universo. Estaba de ese modo porque de ser una persona a la que nadie había desafiado y quienes lo han intentado terminaron pagando las consecuencias. Ver que una criatura tan pequeña y frágil no solo lo reta, sino que lo insulta, por lo que está más picado de lo que ha podido lograr enfadarlo un hechicero. —Esa pequeña mujer aprenderá a tenerme miedo, y a dirigirse a mí con respeto, soy el rey de los lobos y he doblegado a legiones. Ella no será la excepción— aseguraba tomando otra bola en la mano. ★Debemos investigar por qué huele de ese modo★ Insistía su lobo Itzae si dejar de percibir el aroma de Ayalen aun estando en un lugar alejado. ★No me interesa su olor, lo único que quiero es verla arrodillada frente a mi rogando por clemencia★, dejó claro, aunque su bestia está de acuerdo con él en ese sentido también siente que su humano se está dejando manejar por el enfado. Miró a su izquierda y decidió que tomaría algo para despejar su mente, por lo que se sirvió un whisky a la roca y sonrió perverso cuando notó el aroma acostumbrado. —Alfa Reynier— gritó esa loba a su espalda y él apretó con la mano libre la cabina decorativa de su bar y lo siguiente que sintió a su espalda fue unas manos rodearle la cintura. —¡¿Qué haces aquí?!— el gruñido retumbó en el cuarto, haciendo un eco que se repitió tres veces. Sin embargo, ella igual no lo soltó, conocía su mal humor y una de las cosas que le atrae de Reynier es su temperamento frío. —Necesitaba verte, supe que has traído a una humana a tu palacio, me causa celos. — Mientras se quejaba con voz lamentosa y zalamera a la vez, la promiscua mujer le acariciaba su hombría buscando excitarlo. Pero el cómo sí nada le afectase, se dio otro trago. —Sabes que no tienes permitido venir aquí sin mi orden, para la próxima que no cumpla con mi mandato te dejaré sin cabeza. — Ella se apartó y tragó grueso, dejándose caer de rodillas, provocando que Reynier se diera la vuelta y sonriera lleno de satisfacción. —Obediencia. — Saboreó esa palabra sin dejar de ocupar su mente en Ayalen, deseando que en esa postura estuviera ella. —Puedes levantarte. Ahora ven, aquí necesito que me complazca. — La jaló del brazo y ella intentó besarle en la boca y él giró el rostro. Ninguna hembra tenía permitido hacerlo. Esa era una de sus reglas a la hora de tener un encuentro s****l con una hembra, ya que el último beso dado y recibido fue por parte de su luna. Nadie valía lo suficiente para tener el derecho de conocer el sabor o las caricias que causan sus labios. A pesar de ser rechazada todo el tiempo cuando Reynier evadía sus besos, siempre le causaba esa desagradable sensación de no ser suficiente para su alfa, aunque es la loba más hermosa de la manada. —¿Por qué eres tan serio y frío como un témpano de hielo? Necesitas a una luna y yo solo busco serlo. He sido tu mejor amante durante 80 años, te complazco en todo, ¿qué debo hacer para que veas que soy la loba indicada? — Se quejó con terquedad, porque no era la primera vez que habían tenido esta misma conversación. —No quiero una luna, y menos alguien que fue capaz de rechazar a su pareja por obtener grandeza. — Ella abrió los ojos de golpe, no sabía que Reynier estaba enterado de ese suceso, aunque es el alfa, no creía que su poder lo hiciera capaz de adivinar que ella había hecho tal cosa. —Lo hice por ti. No tienes pareja, consideré qué si me igualaba a ti, podrías aceptarme. — Creó un puchero a medida que le introducía una mano por debajo de la camiseta, palpando sus pectorales y fue descendiendo mientras delineaba con las puntas de sus dedos el abdomen bien trabajado. Y cuando Reynier le dio la vuelta, la dejó contra la barra, alzó la falda de su vestido y de un solo tirón brusco y salvaje, rasgó su ropa interior. —Este es el Reynier que me gusta— jadeo Sonia. —¡Silencio! —Ordenó con voz de alfa y lo siguiente que ella sintió fue como él se enterró en su ser con ímpetu, y salió a la misma velocidad para cargarla, haciendo que gimiera con fuerza y apretaba los muslos alrededor de sus caderas. —Sí, Reynier… no te contenga mi alfa— su brutalidad le arrancó el primer orgasmo. La pasión desbordaba sus cuerpos, caliente y líquida, inundando ese cuarto con el olor del deseo salvaje. —Cometiste el más grande error de tu existencia porque nunca serás igual a mí, sufrirás por haber despreciado a tu pareja, en cambio, yo no siento nada. Tras culminar se aferró a su cadera y la embistió con furia desmedida, tan incapaz de ser empático, únicamente buscaba su placer, era lo único que le importaba. —Aaarrgh… —bramó apretando los dientes. Su cuerpo convulsionó un poco y explotó sin poder evitarlo. En cambio, ella siguió moviéndose incontrolable, esperando obtener otra oleada de placer, sin embargo, él parecía aburrido y la iba a alejar. Sonia lo impidió aferrándose a sus fuertes hombros, como gata cuando clava las garras en un árbol. — No pares, por favor— rogó. El placer era demasiado a pesar de que poco a poco se transformó en una sensación dolorosa que debilitaba su voluntad. Pues el cuerpo del alfa como espécimen dominante expulsa una feromona que cuando deja de sentir placer provoca que la hembra perciba dolor y culmine la actividad s****l. Hecho por lo que la pelirroja se detuvo, y a pesar de todo le sonrió de manera provocativa, solo para desplomarse después sobre su pecho, pero como si le causara alergia, Reynier la alejó, detectaba lo melosa que pretendían ser las mujeres después del sexo. —Eso estuvo maravilloso—lo elogió mientras recuperaba el aliento y viendo como él volvía a acomodarse la ropa. —Lo fantástico empezará ahora— se mofó él antes de que la puerta de su cuarto de juego fuera prácticamente tirada por el estruendoso golpe que le dieron. —¡Largo, loba regalada! — Un rugido retumbó en el lugar y Sonia tembló como no toda gelatina antes de salir corriendo horrorizada, con la esencia del alfa qué resbalaba entre sus muslos y se escurría por sus piernas. —Papá, ¿tanto te cuesta mantener tu tercera pierna en su sitio?, ¿es que has olvidado que esa loba está mal de la cabeza? —Itzamara soy tu alfa, no lo olvides, cuida tu tono— reclamó a su hija que parecía ser su hermana en apariencia adulta, pero es su penúltima hija, quién nació antes de que nacieran los mellizos. La diferencia de años entre ellos solo son 20 años, ya que Itzamara pudo crecer y desarrollarse, en cambio, los dos lobeznos no han tenido tal dicha. —¡Carajo!, Reynier eres mi padre antes que mi alfa, si mi madre viera en lo que te has convertido desearía morir mil veces más. — Esas palabras calaron profundo en Reynier y aunque no remueven sentimientos que no tiene saber que su hija utilizaba el recuerdo de la única mujer que fue su todo le molestó y en un abrir y cerrar de ojos estaba a su lado con la mano alzada y abierta con clara intención de abofetear su cara. —¿Me vas a pegar por qué estoy diciendo la verdad?
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