Elegida por los príncipes.

2059 Words
Narrador: —Alpha con su permiso— solicitó la beta del alfa rey. —Habla Dayanara— le respondió tan frío como lo es desde hace 100 años luego de la muerte de su luna suprema. —No siento el reflejo del aura de un hechicero, aunque pueden ocultar sus esencias siempre queda rastro de ellos. Para simplificarlo no se siente que haya pasado un hechicero por este lugar propongo que busquemos fuera de los confines de la manada— le sugirió y Reynier rugió negado. —Su cuidadora dijo que lo perdió por estos lares, Dayanara, no perderé el tiempo saliendo de la manada, tal vez eso es lo que esperan los hechiceros. Reynier frunció los labios en una mueca de desagrado al mencionar a los hechiceros, le asqueaba con tan solo mencionarlo y ellos por igual aborrecen a los lobos. Ayalen se encontraba emocionada porque no había aparecido una persona dispuesta a reclamar a estos lobeznos. «Dios has escuchado mis pedidos», celebró internamente sin dejar de mostrar la felicidad que le causaba saberse la dueña de esos dos lobos tan tiernos. Sonreía encantada con ellos y estaba tan fascinada que pasaba todo el tiempo a su lado incluso los ponía a dormir junto a ella porque de alguna forma inexplicable esos dos encantadores lobos olían muy bien para ser animalitos salvajes. Y no solo tenían un rico aroma después de bañarlos sino en todo momento, y aunque eso le pareció extraño, igual dedujo que de seguro mantenían esa fragancia tan agradable debido a que todavía son bebés. —Hoy iremos a registrarlo como míos para poder llevarlos conmigo. Ustedes son mis bebés — le hablaba Ayalen a los cachorros y Bertha, la señora de servicio negaba sonriente cuando la escuchaba hablando con los animalitos. —Señorita Ayalen las personas la van a considerar loca si la escuchan dialogando con esos cachorros como si se trataran de humanos y quítele el nombre al macho que ese es un nombre de persona, póngale uno de animal. Le sugiero que le llame pulguita— El lobo le gruñó mostrando sus pequeños caninos superiores. Ayalen no aguantó la risa y rompió en carcajadas. —¡Ahí está!, dices que no entienden y mira lo ofendido que se muestra por el nombre que le has dado— manifestó divertida entre risa y tras finalizar le dolía la barriga de lo tanto que rió. —Ya veo que son bien inteligentes. — Bertha tenía una cartera enganchada en su hombro derecho. —¿Es hora de irte? — Indagó cómo se le ha hecho costumbre. —Sí, pero si necesitas algo me dices y te lo prepararé antes de marcharme. — La mujer le hablaba con confianza porque Ayalen es un ser sencillo que le gusta que las personas a su alrededor la traten sin distinción y como a un igual, nada de usted o señora. —No, muchas gracias doña Bertha, que tengas un excelente día. —Lo mismo te deseo a ti y a tus amiguitos. No pasó mucho desde que Bertha se marchó cuando Ayalen escuchó el sonido de la puerta al ser abierta y los cachorros corrieron hacia ella buscando protección. —No se asusten hermosos, debe ser Bertha que ha olvidado algo, siempre le pasa. — Ella le hablaba mirando hacia abajo y cuando alzó la vista se quedó totalmente inmovilizada al ver que frente a ella había un hombre bastante grande. Con un cuerpo tan perfecto que parecía ser una escultura elaborada a mano, pero lo que más impactada la dejó fue ver sus ojos; esos que desde que llegó a ese país no han dejado de seguirla cada vez que cierra los suyos. «Oscuridad, mucha bruma, como si cayera por un precipicio sin fondo» repitió en su mente desviando su mirada de esas dos pepas tan grises que congelan el alma. —¿Quién es usted? — La mirada de Reynier paso de la pequeña humana de pelo rubio rizado a sus hijos que se escondían tras sus piernas. —¡Señor está agotando mi paciencia! Le preguntaré una vez más antes de llamar a la policía ¿Qué hace usted en mi casa? — le amenazó ella sintiéndose asustada porque lo supuso un ladrón o quizás alguien más nefasto. Pero cuándo creyó que obtendría una respuesta Reynier hizo uso de su poder para aparecer delante de ella y con la misma agilidad le agarró el delgado cuello y la apretó sin consideración provocándole dolor y pánico. La empotró contra la pared más cercana dejando ver cómo sus ojos grises tan parecidos al cielo en medio de una tormenta pasaban a ser llamaradas amarillas y los pies de Ayalen quedaron en el aire. —¿Secuestras a mis hijos y me amenazas? ¡Qué osadía la tuya! — Reclamó soltando un espeluznante gruñido que provocó que Ayalen se estremeciera de puro susto. —Suélteme— pidió pegándole con sus débiles manos para que la bajara porque sentía que necesitaba respirar. — No sé de qué hijos habla usted esto es ilegal. ★Grrrr★ los gruñidos de Xavier provocaron que Reynier volteara a verlo y Chispita lloriqueaba agachando la cabeza entre sus patas delanteras. —¡¿Cómo se atreve una insípida humana a secuestrar a mis hijos?!— Le exigió muy convencido de que ella sabía bien a qué él se refería. —¿Ellos te han utilizado para dañar a mis cachorros? — indagaba con la errada idea de que los hechiceros utilizaban a esa pequeña humana para lastimar a su familia. «Este hombre está mal de la cabeza, ¿Qué debo hacer?» pensó angustiada tratando de tomar bocanadas de aire, sin éxito. — ¡RESPONDE MALDITA SEAS! — le solicitó con voz de alfa rey dejando ver sus facciones, pero Ayalen había volteado la cabeza porque él le gritaba muy cerca del rostro y aunque el aliento de ese hombre le parecía divinamente delicioso no estaba allí para besarlo, sino sintiendo como cada segundo que pasaba sus pulmones se iban quedando sin aire. El cachorro que le gruñía al ver qué su padre ese ser maquiavélico no soltaba a Ayalen trató de morderlo en el pie izquierdo logrando así que él volviera a prestarle atención, entonces la soltó de golpe. Ella cayó mareada, con el rostro sumamente enrojecido y no paraba de toser tocándose el cuello. Los cachorros le olfateaban y le pasaban la lengua buscando consolarle de ese modo, y cuando la vieron respirar con normalidad se pararon frente a ella doblando un poco las patas traseras para que sus pechos fueran más visibles y se vieran más aterradores. Le mostraban a su padre que estaban dispuestos a enfrentarlo si él se atrevía a lastimarla porque querían protegerla. ★Cachorros no sean insolentes, olvidan que soy su padre★ les exigió Reynier mediante la conexión mental que tenía con sus hijos y la cual le habían cortado el día que se escaparon de la niñera. ★Pa-pá eres malo★ le hablo Amira (chispita), la cachorra asustadiza que por defender a Ayalen había sacado valentía. ★Sí. Tenemos 100 años siendo cachorros bebé porque elegiste no amarnos, porque eres egoísta. Solo piensas en ti y ahora que encontramos quien nos brinde el amor puro que merecemos la quieres asesinar, primero deberás matarnos a nosotros. Somos pequeños, pero entendemos como adultos★ le reclamó Ismael (Xavier) dejándole claro a lo que tendrá que enfrentarse. Reynier que no posee ningún sentimiento, igual no sintió absolutamente nada con ese reclamo, pero como padre sabe que los hijos son muy importantes en la vida de un hombre. Ya antes de decidir ser tan vacío había conocido la felicidad absoluta que causan los hijos y aferrándose a esa sensación los protege con tanta intensidad. —Alfa los cachorros la han elegido a ella. Mire cómo la protegen — interrumpió Dayanara que se había mantenido en silencio. Y Ayalen fue justo en ese instante que se dio cuenta de que ese hombre no estaba solo, sino que había varias personas a su lado. —Es verdaderamente bueno que ellos le quieran, eso podría al fin acabar con la maldición — agregó el delta sonriendo a Ayalen y presintiendo que los cachorros salieron en busca de esa pequeña humana, sin embargo, no sé atrevía a decírselo a su alfa, ya que el mismo es irracional y piensa que su conjetura es la correcta. —¡Dejen sus idioteces! — Les amonestó Reynier sumamente irritado a su beta y delta. Dio dos pasos a Ayalen quien tembló por un momento, pero luego se mostró firme y fuerte. «Si te nota débil te matará y luego hará una fogata sobre tu cadáver y bailará al ritmo del tambor con sus amigos», se animaba a sí misma y como pudo agarró valor para ponerse de pie, teniendo que mirar hacia arriba para poder verlo a los ojos con desafío. —¿Qué hechizo les han hecho a mis hijos que te defienden de ese modo? — Reynier señaló a los cachorros y Ayalen arrugó el entrecejo mostrándose confundida. — ¿Cómo que sus hijos?, si son dos cachorros, y son míos. —A Reynier le costaba asimilar el atrevimiento de esa pequeña chica de cabello tan rizado que le provocaba agarrarlos. — A ver si son suyos, muestre los registros que comprueban que son sus animalitos. — Ella extendió la mano exigiendo una prueba, pero el Alpha no tenía ánimos y mucho menos humor. —¿Te atreves a decirle animales a mis príncipes?, ¡¡mocosa insolente!! La exigencia de Reynier retumbó dentro de esa casa cuando su voz salió gutural con ese ronco animal que le puso a Ayalen los pelos de puntas, se mostraba ofendido, totalmente fuera de sí hasta que Dayanara se atrevió a poner una mano sobre su hombro. —Alfa no olvides que ella es humana, no tiene idea de que existimos— le trataba de calmar la beta, percibiendo a través de la mirada cristalina de Ayalen que ella parecía confundida. —No seas boba Dayanara, si fue por mis hijos tiene claro lo que somos— le reprendió a la beta por ser tan confiada. — No olvides que durante muchos años los hechiceros utilizaban a los humanos para poder espiar nuestros pasos, ¿qué te asegura que no estén llevando a cabo el mismo truco ridículo? Volvió su atención a Ayalen, que los escuchaba con ceño fruncido, ya que ellos hablaban delante de ella como si no existiera y consideraba que ese acto es una gran falta de educación. Igual Dayanara, que era más pasiva que su alfa, lo sabía, pero también tenía presente que cuando su alfa está de ese modo entablar una comunicación con él mediante la conexión de lobos es imposible. —Soy poseedor de poca paciencia, será mejor que empieces a hablar— Reynier volvió su atención a Ayalen quien estaba buscando con la mirada el teléfono fijo con planes de marcar a emergencias y tanto era el pavor que estaba sintiendo que se olvidaba por completo que en el bolsillo de su pantalón tenía su móvil. —Pues fíjese que somos dos, yo también soy impaciente y en unos minutos mis amigos entraran por esa puerta y cuando lo vean intimidándome le van a pegar — le amenazaba como última estrategia para que no la lastimaran. «Este hombre es tan malvado que parece no tener corazón». Reflexionó Ayalen sin dejar de ver esa mirada profunda, y tenebrosa que provoca frío al verlo detenidamente. —¡¿Te atreves a desafiarme?!— Reynier intentó pasar de sus hijos para apretarla por los hombros hasta hacerla arrodillarse para pedir disculpas, pero los cachorros gruñeron en advertencia y tanta fue su rabia al no poder descargar su enojo que volvió a mostrar sus fauces de lobos en medio de una transición logrando que Ayalen abriera por demás los ojos de la impresión y no pasó mucho para que cayera inconsciente. Los cachorros una vez más les pasaban las lenguas, mostrándose angustiados, y Reynier analizo todas las probabilidades de que los dos cachorros necios se tornaran incontrolables si la dejaba tirada, pero como no quería reconocer que necesita de ella para que les dé a sus hijos ese amor que requieren anunció a sus guerreros. —Nos la llevaremos a la manada. Esta humana oculta algo y lo puedo presentir.
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