El reloj de pared de la habitación de los mellizos marcaba las tres y cuarto de la tarde. El caos textil y emocional dominaba el ambiente. Katrina, agotada y despeinada, vestía una sudadera gris holgada y pantalones cortos, la armadura de una madre en combate. Sus manos, con restos de pintura acrílica seca, contrastaban con el encaje de los vestidos de las niñas.
-¡No, Margaretã, no toques el vestido de encaje! ¡Ya te lo dije! ¡Y tú, Elizabeth, si te quitas ese calcetín una vez más!"
Margaretã, de cuatro años, se retorcía mientras Katrina luchaba por ajustarle el lazo. La niña usaba su energía para molestar a su hermana melliza, Elizabeth, de un año, que mordisqueaba un juguete.
¡-Patrick, por favor! Eres el mayor, tienes seis. Ayuda a tu hermanito, Philips!-
Patrick, ya impecable, intentaba torpemente ponerle un zapato a su hermanito, Philips, que pataleaba. Las respiraciones de Katrina eran cortas; llevaba más de una hora lidiando sola. El peso de la hacienda, el museo y la maternidad sin apoyo profesional la estaba aplastando.Una sombra se proyectó en el umbral. Arthur estaba ahí, observando, con vaqueros y camisa de cuadros, oliendo al campo y al éxito de su negocio. Acababa de cerrar la venta de ganado. Se apoyó en el marco de la puerta, con una expresión de irritación contenida.
Katrina se enderezó. -Ah, has vuelto,- dijo, agotada.
-Parece que tienes problemas. Deberías haber llamado a Clara. Es su función.-Clara ayuda con la limpieza, Arthur. No es niñera. Como te dije, necesitamos a alguien profesional. ¿Lo ves? Esto es de lo que hablo. -Señaló el desorden.-Cuatro niños, dos trabajos demandantes. Necesito una niñera. Lo necesitamos-Arthur dio un paso. -Te ves... desordenada. No lo entiendes. No quiero a una extraña husmeando. Eres la madre. ¿Es tan difícil vestirlos?-
-No es difícil. Es agotador. Y es agotador que tú lo trivialices. Eres director de la Academia y manejas la hacienda, pero yo tengo que ser la única cuidadora 24/7. -¿Dónde está tu compromiso con la crianza?-
-Mi compromiso está en asegurar que tengan un futuro. Acabo de vender cincuenta cabezas de ganado. Eso es compromiso.-¡Eso es negocio, Arthur! Esto de aquí es vida. Y si no puedes diferenciar uno del otro, estamos perdidos.-Él suspiró con frustración. -Estás siempre a la defensiva. Me ducharé. La gente llegará pronto.-Arthur se giró.-¡No he terminado! El cumpleaños es de los mellizos, no una excusa para evadir la conversación.-Ocúpate de la casa, Katrina. Yo me ocupo del resto,-zanjó, saliendo de la habitación.
A las cuatro y media, Katrina se permitió quince minutos. Los niños estaban listos. Entró en su baño de diseño, encendió la cascada de la ducha y sintió el vapor. Estaba a punto de entrar en la cabina cuando la puerta se abrió. Arthur estaba ahí, recién afeitado, envuelto en una toalla.
-Justo a tiempo,-dijo él, con una sonrisa penetrante.
Katrina se cubrió con la bata. -Arthur, no. Dame un minuto. Estoy agotada, y enojada.-
-¿Enojada? Llevas toda la semana fría. Ahora, necesito el calor de mi esposa.-Intentó acercarse, pero ella retrocedió.
-No, Arthur. No tengo humor.-Su expresión se ensombreció. -Mi propia esposa me niega un simple baño. ¿Quién te crees que eres? Eres mía, Katrina, y la fiera que tengo dentro no espera.-
-Soy tuya, pero también soy una persona. ¡Y estoy agotada! Necesito un espacio.-
-¡Y yo necesito mi derecho como marido!-Su voz se elevó, dura y cortante.
-¡No le grites a mami!-
La voz aguda y pequeña de Patrick rompió el aire tenso. Patrick estaba en la puerta del baño, sus ojos grandes llenos de lágrimas.
Arthur se detuvo, furioso. Agarró al niño del brazo con una fuerza innecesaria. -¡Fuera, Patrick! ¡Esto no es asunto tuyo!-Lo empujó y cerró la puerta con violencia.Katrina no lo intentó detener. Su foco estaba en Arthur, lista para domar o ser domada. El arrepentimiento y la rabia luchaban en los ojos de él.
-Lo has empeorado ,-susurró ella.
Arthur la acorraló contra el espejo. -Lo empeoro, ¿o te excita que lo haga?-La rabia se había transformado en un deseo posesivo.
Ella no respondió. Arthur le quitó la bata con un solo tirón, observándola. Sus manos viajaron con una intensidad conocida, buscando una respuesta, un gemido de sumisión. Él besó su Monte de Venus con devoción, subió a su vientre dejando un rastro de besos oscuros. Luego, ascendió a sus pechos, mordiendo uno y luego el otro con una posesión salvaje. El dolor y el placer se encontraron en el punto exacto de la dominación. Arthur buscó un condón. La giró, poniéndola boca abajo sobre la cama con suavidad brusca.
Katrina ya no sentía la fatiga, sino la necesidad de enfrentarse a la fiera. Ella solo sentía los arrebatos de Arthur, la intensidad de sus estocadas que la elevaban y la sometían. Él suspiró, su voz rasposa, y susurró a su oído. Arthur deslizó una mano hacia su cabello y tiró, obligándola a levantar la cabeza, a mirarlo a los ojos, un gesto de absoluta crueldad psicológica.
-Ahora sabes por qué lo que pasó antes es una simple sombra. Creí que habías madurado, Katrina. Pero eres débil. Eres mía, y si no me das el placer que necesito por amor, lo tomaré por obligación. Ahora sabes qué es el sado y por qué lo practicaba con Melina.- Las palabras, más que cualquier acto físico, destrozaron a Katrina. Él se levantó, dejando a Katrina temblando, exhausta por la batalla física y emocional. Él se vistió rápidamente, con la indiferencia del que ha cumplido un "deber".
Dos horas después, la Hacienda "El Edén" vibraba con el murmullo elegante de una fiesta de cumpleaños. Katrina estaba abajo, radiante, inmaculada, con un vestido de seda azul y el cabello recién peinado. Su rostro era una obra de arte, una fachada impenetrable de porcelana fina que la mantenía erguida.En el salón principal, el ambiente era cálido. Los niños jugaban con sus regalos.
Habían llegado los primeros invitados: Molly y Bruno, con su pequeña Isis de seis Emma de dos años. También estaban Jandey y Sergi, con su hija Chloé de seis años también. Marie Josephine y Samuel se hicieron presentes con Sáhara de tres y Moisés de cuatro años.
Desde el ámbito de la hacienda, Aldo, el capataz, asistió con su esposa, Agnes, y su hijo Valter de seis años.
Y la familia de Arthur: Su hermano Richard, con su esposa Geraldine, y los niños Isabella de nueve años y los gemelos Kevin y Ken de cinco años.
Elizabeth, madre de Arthur, delegaba la organización del catering.Arthur, con una copa de whisky, reía con Richard. Parecía el anfitrión ideal.
Katrina se acercó a la mesa de los pasteles, forzando una sonrisa. Miró a Patrick. Él la miró de vuelta, sus ojos grandes y tristes. Él había visto la rabia de Arthur.Y ahora, ella tenía que pretender que el paraíso que habían construido no se había consumido, dejando solo las cenizas.