Mía dormía sobre mi hombro. Su frente ya no quemaba como antes, pero aún estaba débil, con ese cuerpecito tibio aferrado a mí como si no quisiera soltarme jamás. Max estacionó frente al edificio con seguridad. Un portero nos abrió la puerta y saludó con una reverencia. Apreté más fuerte a mi hija, incómoda, deseando que esa bienvenida no existiera. Caminamos hacia el ascensor y subimos en silencio hasta el último piso. Cuando entramos en el departamento, Mía se removió y alzó apenas la cabeza. A pesar de su agotamiento, sus ojitos brillaron. —¡Mami… es una casa gigante! —murmuró con una vocecita ronca. Y lo era. Techos altos, ventanales que daban a la ciudad, muebles minimalistas, todo impoluto. Un contraste brutal con la humedad y los muros descascarados del cuartito donde vivíamos. T

