IV Sin duda, para festejar esta noticia, había pedido que nos sirviesen una garrafa de Champagne helado, golosina siempre deliciosa, y más cuando empezaba a apretar el calor y a requemarse la atmósfera madrileña. Tenía yo en la mano la ligera copa colmada de aquel fresco oro líquido, y al oir lo de la boda hice un movimiento de sorpresa y derramé una cascadita sobre el mantel. El novio evitaba fijar sus ojos en los míos, que se clavaban en su rostro dilatados por la sorpresa. Fingió recoger migas de pan y afianzar la servilleta en el ojal del chaleco, pero de soslayo me observaba. Viendo mi silencio añadió de mala gana y sin franqueza: —Celebraré que mi boda merezca la aprobación de tu madre... y también la tuya. Yo entretanto discurría. «Vamos, se entiende. Este tenía algún tapujo...

