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Hijos del Silencio

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Blurb

En una ciudad donde la luz solar es escasa y cada joven recibe al nacer una "marca del alma" -una habilidad especial que define su futuro. Lía, de 17 años, descubre que su marca está incompleta. Mientras busca respuestas, conoce a Ezra, un chico marcado por la oscuridad que debería ser su enemigo. Juntos, comienzan a desentrañar una conspiración que conecta sus almas, sus marcas y un pasado prohibido.

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1: El despertar
El amanecer sobre Helvorn no era más que una manta espesa de nubes grises, con un cielo tan opaco que incluso el sol parecía haberse rendido. Las calles adoquinadas vibraban suavemente con el sonido lejano de las campanas del Consejo, seis tañidos que anunciaban la llegada del día más importante en la vida de cualquier joven de la ciudad. La ciudad de Helvorn parecía tallada en piedra viva, con torres de piedra blanca que se alzaban como lanzas hacia el cielo. Puentes colgantes conectaban barrios enteros sobre el canal central, por donde corrían barcazas con símbolos dorados y banderas con la insignia del Consejo: un ojo abierto sobre un fondo estrellado. Ese día, sin embargo, todo estaba más silencioso de lo habitual. El aire tenía algo extraño. Como si supiera lo que estaba por ocurrir. Pero para Lía Thorne, el día no traía luz. Solo presión. Sentada en el borde de su cama, con los pies descalzos sobre el piso frío de madera, Lía miraba sus manos por décima vez. Las giraba, se las frotaba. Nada. Ni una línea. Ni una marca. Su piel seguía siendo la de siempre: lisa, pálida, inmutable. Apretó los puños. Recién entonces notó que sus uñas estaban clavadas en las palmas. —Estás temblando —dijo una voz suave a sus espaldas. Su madre, Neria, estaba en la puerta, con el cabello recogido y un abrigo de lana sobre los hombros. En sus manos, sostenía una taza de té con ambas palmas, como si necesitara ese calor más que el contenido. Lía asintió. La marca del alma solía manifestarse al despertar, incluso mientras uno dormía. Un estallido de energía, un dibujo incandescente, una señal de que había sido elegida para algo. Pero ella había abierto los ojos en la madrugada y solo encontró silencio. Y vacío. El espejo en la habitación le devolvió el reflejo de una joven con el rostro afilado por la ansiedad. Cabello oscuro atado en una trenza que le colgaba sobre el hombro derecho, ojos grandes que intentaban mantenerse firmes. Aún no había llorado. No pensaba hacerlo. Al menos no delante de nadie. La joven se dejó caer sobre el sillón junto a la ventana. Desde allí podía ver parte del Barrio Alto, donde los aprendices entrenaban con sus mentores en amplios patios custodiados por runas flotantes. Siempre había querido estudiar allí. Siempre se había preparado. —¿Y si soy... una nula? —preguntó, por fin, en voz baja. Era la primera vez que se atrevía a decirlo. Su madre no respondió de inmediato. Solo bajó la vista, fingiendo que la taza necesitaba su atención. —¿Recuerdas cuando era chica y me inventaba marcas con tinta? —dijo Lía, sin reírse. —Y te hacías pasar por heredera de la Luz Eterna. Hablabas como una reina y hacías que tus amigos te llevaran en carretilla —sonrió Neria, pero los ojos le brillaban con tristeza. Un largo silencio se instaló entre ambas. —Si no tengo una marca —dijo Lía finalmente—, ¿quién soy? Neria se acercó, se arrodilló frente a ella y le tomó las manos. —Eres mi hija. Eres fuerte, justa, inteligente, y más valiente de lo que quieres admitir. Y nadie —dijo, apretando las manos con fuerza— va a decirte qué eres por una marca o la falta de ella. Pero Lía solo pudo asentir. Las palabras de su madre eran hermosas, pero sentía que pronto no serían suficientes. Lía se vistió en silencio, con la túnica de ceremonia que cada joven debía usar en su Despertar. Era blanca, sencilla, con bordados plateados en los puños y en el cuello. La tela, sin embargo, no pesaba por su grosor, sino por la carga simbólica: ese vestido estaba diseñado para resaltar la marca. Para que todos pudieran verla. Para que la ciudad supiera lo que uno era. Pero Lía no era nada... La caminata hasta la Plaza del Eclipse fue la más larga de su vida. Atravesó el Mercado del Este, donde los comerciantes apenas disimulaban las miradas. Los rumores ya corrían como agua sucia. Una chica sin marca, justo el día de su ceremonia. Ni siquiera los mendigos parecían querer cruzarle la vista. En Helvorn, nacer sin marca era peor que una maldición. Era un error. El Consejo decía que las marcas no se equivocaban. Que todo tenía un orden. Un propósito. ¿Qué significaba entonces no tener ninguna? La plaza estaba colmada. Familias enteras, aprendices, maestros, incluso algunos centinelas del Consejo. Todo Helvorn parecía haber acudido para presenciar el Despertar de los siete jóvenes del día. La plaza era enorme, abierta, rodeada de columnas con fuego azul flotando en sus puntas. En el centro, un gran círculo de piedra con símbolos grabados: los elementos, los oficios, las casas de poder. Allí se manifestaban las marcas. Allí subirían uno por uno, y se manifestarían. Al llegar, los otros chicos fueron subiendo uno a uno. Cuando lo hacían, el círculo reaccionaba. Una explosión de luz. Un símbolo. Un aura. Los aplausos no tardaban en llenar el aire. —Lía Thorne —llamó una voz con eco mágico. Su nombre flotó en el aire por unos segundos. Ella tragó saliva y caminó con lentos pasos hacia el escenario. Bajo sus pies, el círculo de piedra reaccionó a su presencia. Emitió un leve zumbido. Pero nada más. Mientras tanto, los seis otros jóvenes brillaban con marcas de fuego, viento, luz o agua. En sus rostros había lágrimas, gritos, euforia. La gente aplaudía. Lía temblaba. Esperó. Cerró los ojos. Nada. Ni una chispa. Ni un cosquilleo. El silencio se volvió opresivo. Un murmullo recorrió la plaza. Desde el estrado, un miembro del Consejo —alto, de túnica azul con inscripciones doradas— se acercó lentamente. —Lía Thorne —repitió—. No hay marca visible. Según protocolo, será derivada al Comité de Marcas Especiales para su evaluación. En tanto, queda bajo observación. La multitud no supo cómo reaccionar. Algunos simplemente se quedaron en silencio. Otros bajaron la mirada, avergonzados. Al fondo, una mujer se santiguó con miedo. Un niño preguntó en voz alta: "¿Qué le pasa a esa chica?" Y nadie tuvo el valor de contestarle. Fue entonces cuando lo vio. Entre la multitud, un joven con chaqueta negra, pelo desordenado y una mirada intensa que parecía perforarla. No tenía la túnica de ningún aprendiz, ni parecía estar con nadie. Observaba. Solo eso. Pero en sus ojos había algo... como una pregunta sin hacer. Ezra. Lía no lo conocía. Y, sin embargo, sintió que ya había estado bajo esa mirada antes. Esa noche, Helvorn apagó sus luces temprano. Pero en el corazón de una joven sin marca, algo comenzaba a brillar por dentro. Un brillo que nadie más podía ver. Aún. El regreso a casa fue breve. Neria caminó a su lado, sin decir nada. Ya no había palabras que alcanzaran. Pero esa noche no fue como las anteriores. Tres golpes secos en la puerta interrumpieron el silencio. Neria abrió. Del otro lado, una mujer de túnica granate esperaba con un pequeño portafolio metálico. —Lía Thorne —dijo—. Fuiste citada por el Comité de Marcas Especiales. De inmediato. —¿Ahora? —preguntó Neria, con un paso al frente, defensiva. —Es urgente. Neria la miró, luego a Lía. Asintió. Lía se puso su abrigo sin discutir. El comité estaba oculto en el subsuelo de la Torre Observatorio, en una sala sin ventanas, iluminada solo por orbes flotantes que zumbaban levemente. El aire tenía un olor metálico, como si las paredes respiraran hierro. Había cuatro personas en la sala, sentadas tras un escritorio largo de piedra negra. Ninguna se presentó. —Eres consciente de que no se manifestó ninguna Marca —dijo uno de ellos, un hombre calvo con una voz tan plana como su expresión. Lía asintió. —Sin embargo —continuó otro, una mujer de rostro alargado y uñas afiladas como garras—, el círculo vibró. Levemente. Eso no sucede con los no-marcados. —¿Qué significa eso? —preguntó Lía, sintiendo una punzada de esperanza. —Que quizás hay algo más. Algo que no sabemos leer aún —dijo el tercero, más joven, con una leve sonrisa torcida que le daba un aire peligroso. La cuarta persona, una anciana de piel color madera, no hablaba. Solo la observaba con ojos que parecían saber demasiado. —Vamos a hacerte preguntas —dijo el calvo—. Algunas no tendrán sentido para vos. No intentes entenderlas. Solo responde. Y así comenzó un cuestionario extraño. Le preguntaron si había soñado con fuego. Si alguna vez sintió que su sombra se movía sola. Sí, había oído voces en la piedra. Si el agua la evitaba. Si alguna vez había visto un símbolo en el cielo. Lía respondió con confusión, pero sin mentir. —Última pregunta —dijo la mujer de uñas largas— ¿Viste a alguien mirarte hoy desde fuera del círculo? Lía parpadeó. La imagen de Ezra volvió con fuerza. —Sí... un chico. No lo conocía. Tenía un abrigo n***o y una bufanda. Estaba lejos, pero me observaba fijo. Los miembros del comité intercambiaron miradas veloces. —Eso es todo —dijo el calvo—. Puedes irte. Pero mantente disponible. —¿Qué era esa última pregunta? —Solo una confirmación —respondió la mujer, y le cerraron la puerta en la cara. Lía salió de la Torre con un nudo en el pecho. Caminó sin rumbo. Terminó en los barrios bajos, donde el aire olía a hollín y la niebla parecía más densa. —¿Te siguen? —dijo una voz detrás de ella. Ella giró en seco. Lo vio. El mismo chico de la ceremonia. El que la había mirado desde fuera del círculo. —¿Qué dijiste? Ezra salió lentamente de entre la niebla. Sus pasos eran suaves, casi silenciosos, como si flotara. Llevaba el mismo abrigo n***o que antes, y la bufanda le cubría parte del rostro, dejando ver sólo unos ojos intensos, con una mezcla de cansancio y lucidez. —Pregunté si te siguen —repitió—. A veces lo hacen, cuando algo no les cuadra. —¿Quién eres? Ezra alzó la cabeza con una leve sonrisa. —¿Quién creés que soy? —Un tipo raro que me observa desde lejos —dijo Lía, cruzándose de brazos—. ¿Por qué estabas en la ceremonia? —Por tí. Silencio. —¿Qué? —preguntó ella, la voz le tembló un poco. Ezra se acercó un paso. No amenazante. Medido. —No sabés lo que pasó ahí adentro, ¿no? —No me pasó nada —respondió Lía, aunque las palabras le pesaron—. No tengo Marca. —Eso es lo que ellos creen —dijo Ezra, inclinando levemente la cabeza—. Pero tú lo has sentido, ¿no? Un segundo. Como si algo se activara... y luego se apagara. Lía no respondió. Sí, lo había sentido. Como si el suelo hubiera latido bajo sus pies. Como si una energía la rozara, le susurrara algo incomprensible. Pensó que era su imaginación. —¿Qué sabes de eso? Ezra metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó una pequeña ficha de obsidiana. Tenía el mismo símbolo que apenas se había dibujado bajo sus pies durante la ceremonia: una espiral incompleta, con una línea quebrada en el centro. —Esto apareció en mi habitación el día después de que no se activara mi Marca —dijo—. Hace cuatro años. Lía lo miró, boquiabierta. —¿Tú también...? Él asintió. —Y no soy el único. Hay más como nosotros. Los que no encajan. Los que el sistema ignora porque no puede clasificar. Pero algo se mueve. Tú lo sentiste. —¿Por qué me seguías? —Porque cuando tu círculo vibró... sentí algo. Como si me llamara. Como si tú... —Ezra vaciló—. Como si estuvieras conectada conmigo. Eso la desconcertó. —¿Esto qué es? ¿Una secta de no marcados? Ezra sonrió, pero sus ojos permanecieron serios. —No. Esto es una advertencia. Y antes de que ella pudiera responder, él desapareció entre la bruma otra vez.

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