Como si aquello se tratara de un mal chiste, la señora de cabello cándido y manos temblorosas, sufría de mala precisión y de pésima puntería, había logrado herirme, pero para mi mala suerte no había quedado inconsciente y debía soportar el dolor de la herida. De forma sencilla, contando del uno al diez, diría que estaba a 5 de diez. Contando la distancia de aquí a la luna, digamos que ya iba llegando a la atmósfera, de la A a la Z iba ahí como por la M y midiendo con palabras, me sentía hecha polvo, por no decir más. Esas eran mis formas de medir mis estados de ánimo y de dolor en estos momentos. La bala apenas había rozado un costado de mi abdomen y la sangre que perdía era muy poca, pero me seguía sintiendo del asco, adolorida, débil y mareada. Ni siquiera trabajando para la CIA me h

