Trisha estaba de pie, mirando la puerta cerrada. Se sentía completamente confundida, y aquello era algo que la cabreaba. Siempre había podido controlarse. Su padre le había enseñado que perder el control podía significar la diferencia entre la vida y la muerte, aunque tampoco es que en aquel instante estuviera en una situación de vida o muerte. Era más bien una batalla de voluntades, pensó con una gran sonrisa. Volvería a casa con su padre, de un modo u otro. Ya habían pasado años, pensó con aire distraído mientras iba hacia el baño, desde la última vez que se había sentido tan viva. Desde antes de su accidente. Miró a Bio con una sonrisa divertida, que había vuelto a adoptar la forma de un perro gigantesco de párpados caídos. ―¿Sabe Kelan lo malo que eres en realidad? ―preguntó bromista

