Lo miro de reojo una vez más, mientras el auto sigue en movimiento. No somos capaces de articular ni media palabra desde que salimos del restaurante. El hombre a mi lado es la personificación de un ángel, pero con cierta aura diabólica. Lo que me inspira es para nada sagrado.
Sin poder evitarlo, me siento abrumada por el montón de sensaciones que me recorren de pies a cabeza.
Lo miro de reojo, sin atreverme a decir nada. No sé de qué hablar. Este hombre me intimida en sobremanera. Noto que hace una mueca de desagrado cuando comienza a sonar una melodía en la radio. Estira la mano y veo que su intención es cambiar la emisora.
—Déjala —le pido al reconocer There's Nothing Holdin' Me Back de Shawn Mendes—. Amo esa canción —le confieso.
—¿Es enserio? —él frunce el entrecejo y me mira como si me hubiese crecido otra cabeza.
—Sí —asiento con la cabeza—. ¿Qué tiene de malo? La música de Shawn es linda.
Él se encoge de hombros y aferra sus manos al volante, fijando la mirada al frente.
—Si a eso se le puede llamar música —masculla.
—Siempre y cuando sea una secuencia de notas organizadas, que forman una melodía, con ritmo, cadencia y demás agregados, se puede considerar música —espeto. Como melómana que soy, defiendo todos los géneros musicales.
Sin embargo, no puedo evitar reír un poco al percatarme que a él no me agrada el tipo de música que suena. Comienzo a mover mis hombros al ritmo de la música y a cantarle a todo pulmón, solo para tocarle las narices. Si a él no le gusta, que se aguante.
—…I wanna let her take control. 'Cause every time that she gets close, yeah. She pulls me in enough to keep me guessing… mmm… and maybe I should stop and start confessing. Confessing, yeah…
No puedo evitar partirme de risa al ver como Noah me observa de reojo y arruga la nariz y mueve su cabeza con desaprobación.
Comienzo a bailar sobre el asiento, a medida que canto más fuerte.
♫ ♪ Oh, I've been shaking
I love it when you go crazy
You take all my inhibitions
Baby, there's nothing holding me back
You take me places that tear up my reputation
Manipulate my decisions
Baby, there's nothing holding me back
There's nothing holding me back
There's nothing holding me back♫ ♪
Al llegar a la quinta línea del coro, ya he comenzado a picarle el costado derecho con mi dedo. Él protesta y me dice que no lo haga, porque está conduciendo y podría perder el control. Finge estar molesto, aunque veo que una leve sonrisa se asoma en sus labios.
Cuando la canción llega a la mitad, ambos estamos riendo como un par de tontos. Yo sigo cantando, y Noah finge que se tapa el oído derecho, mientras sujeta con fuerza el volante con su otra mano.
—¡Oh vamos! ¡Canta conmigo! —le digo. Él niega con la cabeza—. Debes sabértela. Todo el mundo se la sabe.
—Pues yo no soy todo el mundo, dulzura —contesta con cierto aire de arrogancia.
—¡Oh! Discúlpame por ser tan común —bromeo.
Él clava su mirada en mi por una fracción segundo, el tiempo suficiente para sentirme observada con una intensidad increíble.
Veo que mueve los labios, para decir algo, pero es como si se arrepintiera, pues no dice nada. Tan solo se limita a sonreír y seguir conduciendo.
—Dilo —entrecierro los ojos y lo animo a hablar.
—¿Qué diga qué? —finge no saber de qué hablo.
—Lo que ibas a decir…
—No iba a decir nada.
—Sí que ibas a hacerlo. ¡Vamos! Ni te cortes —sin querer vuelvo a picarle el costado con mi dedo. Él me lanza una mirada de advertencia.
—Vas a hacer que choquemos —murmura—. Y te aclaro que para que yo me apene, es muy difícil. Si tengo algo que decir, lo digo.
—¿Entonces por qué no me dices lo que ibas a decir? —insisto.
Él sacude la cabeza con suavidad. Estira su mano y le baja volumen a la radio. El auto se detiene. Noto que estamos frente a Best Buy, una tienda de artículos electrónicos. Noah desabrocha su cinturón de seguridad con rapidez, se vira y se inclina sobre mí. Mi corazón se acelera. Su rostro se acerca tanto al mío, que siento su respiración sobre mi mejilla. Escucho un clic, y bajo la mirada para percatarme que ha desabrochado mi cinturón.
—Hemos llegado, linda —susurra, guiñándome el ojo—. Y lo que deseaba decirte hace unos segundos, no lo vi oportuno, pero ya que insistes, te lo diré—hace una pausa dramática y se relame los labios de forma descarada, mirándome directo a los ojos—. No veo la hora en que vuelva a follarte de la forma en que lo hice ayer, o mejor.
¡Madre mía! El corazón se me desboca. Trago grueso. Este hombre no tiene pelos en la lengua. Es directo, descarado y muy pervertido… y no sé porque, pero me encanta. Me hace sentir deseada, y esa sensación es muy placentera.
Él sonríe, pagado de sí mismo, y sin decir media palabra más, baja del vehículo y se apresura en abrirme la puerta. ¡Qué detallazo! Agradezco el gesto con un leve movimiento de mi cabeza.
Bajo del auto solo por inercia. Él me tiende la mano y la tomo. ¿Por qué? No sé. Tan solo siento que deseo estar lo más cerca posible de Noah.
En completo silencio entramos a la tienda, donde somos abordados por una morena de aproximadamente un metro con ochenta de altura, de gran trasero y cabello rojizo. No puedo evitar darme cuenta que la mujer se come a Noah con los ojos en cuanto ponemos un pie dentro del lugar. Lo mira como si fuese un suculento pedazo de carne que desea devorar. Eso me causa cierto desagrado, y me hace espabilar.
—Bienvenidos, ¿en qué puedo ayudarlos? —saluda ella.
—Bueno días —Noah sonríe—. Estamos buscando un teléfono celular para… —duda en que decir a continuación.
—Para mí —espeto, ahorrándole el momento incómodo.
—¿Algún modelo o marca en específico? —indaga la mujer.
—Huawei P20 Lite —le indico.
—De acuerdo, por este lado, por favor —la morena hace un ademán con su mano, mostrándonos el camino—. Creo que de ese modelo solo queda en color blanco.
Nos situamos frente a un mostrador y la mujer señala en dirección al móvil que solicité.
—Allí lo tienen —nos enseña.
Tomo el aparato entre mis manos y le echo un vistazo rápido para asegurarme que sea idéntico al que se me dañó.
—Bien. Lo llevo —comento al cabo de un rato y rebusco mi tarjeta de crédito en mi bolso. No quiero darle más largas al asunto, además nunca he sido del tipo de mujeres que tardan horas escogiendo lo que van a comprar.
Escucho que suena el móvil de alguien y no tardo ni dos segundos en notar que es el de Noah. Él contesta al segundo repique.
—¡Ryan! —escucho que dice—. Estoy en Best Buy. Iba a llamarte en un rato, pero… —se queda callado—.Vale, déjame buscarla y te la envío. ¿Qué? ¿Qué significa eso?
La chica de la tienda y yo nos miramos con cierta incomodidad cuando Noah levanta un poco su voz. Él me mira y me hace un gesto con la mano, para indicarme que saldrá un momento para atender la llamada. Asiento con la cabeza. Él se va.
—Serían trescientos ochenta y nueve dólares con noventa centavos —comenta la morena, haciendo que deje de mirar la espalda de Noah mientras se aleja.
—Tenga —le doy mi tarjeta.
Mientras espero que se emita el cobro, clavo la mirada en el hombre que está fuera, hablando por teléfono y agitando las manos en el aire. Lo veo a través de una enorme ventana panorámica.
«¿Por qué se ve molesto?», pienso.
—Disculpe —la voz de la mujer que me atiende me hace espabilar—. No pasó.
—¿Qué dice? No es posible. Debe ser un error. Intente de nuevo —comento y vuelvo a mirar en dirección a Noah. Veo que se lleva una mano a la cabeza. Percibo frustración en su gesto.
—No. Nada —dice la morena al cabo de un rato.
Rebusco en mi cartera y le entrego otra tarjeta, sin siquiera mirarla. Estoy muy concentrada viendo cada movimiento de Noah.
—Pruebe con esta, por favor.
Al girarme a ver dónde está mi acompañante, no lo veo. Frunzo el entrecejo y de repente, un mal presentimiento me embarga. «¿Se fue?».
—Esta tampoco pasó, señorita.
—¿Qué? No puede ser —me siento muy confundida. ¿Cómo es posible que mis dos tarjetas de crédito no funcionen? Es cierto que no tengo dinero para despilfarrar, pero la última vez que vi el estado de mi cuenta, en una me quedaban unos dos mil dólares y en la otra, más de quinientos dólares—.Debe tratarse de un error. Intente de nuevo con la primera.
—Llamaré al banco —masculla la mujer.
—No. No lo haga. Yo iré en persona mañana, para ver que está sucediendo —mascullo, mientras busco con la mirada a Noah—. ¡Oiga! ¿Qué hace? —abro los ojos como platos al ver que la mujer toma unas tijeras y se dispone a cortar mis tarjetas.
—Debo hacerlo.
—No. No debe. Son mías —estiro la mano para intentar quitárselas—. Démelas.
—No puedo hacer eso, es una política de…
—¿Qué es lo que está sucediendo? —se oye la voz de alguien, de repente. Siento un gran alivio al ver que se trata de Noah.
—Ninguna de las dos pasó —comenta la mujer, agitando las dos tarjetas en el aire. La tipa me mira como si yo fuera una criminal. «¡Estúpida!», pienso y me muerdo la lengua para no soltar un improperio, o sino empeoré las cosas.
—¡Oh, vamos! —Él extiende su mano en dirección a ella y le guiña el ojo—. Debe ser tan solo un mal entendido. No hace falta ser tan radical.
La mujer se queda petrificada ante los encantos de un hombre tan guapo como lo es Noah, que incluso estando en ropa deportiva y un poco sudado, da la impresión de ser un modelo recién salido de las páginas de un catálogo de Tommy Hilfiger. La dependienta no opone resistencia alguna y le entrega las tarjetas. Él me las entrega a mí.
—Intente con esta —él saca una suya de su billetera y se la da.
—¿Qué haces? —pregunto. Me siento contrariada.
—Soluciono el problema —susurra y se gira para mirarme. Me guiña un ojo.
—No debes hacerlo.
—Pero quiero hacerlo —musita.
—Te pagaré hasta el último centavo…
—No es necesario. Para mí es un placer poder ayudarte.
—No. Insisto. Te lo pagaré cuando sepa qué diablos pasó con mis tarjetas —digo entre dientes. Me siento tan tonta e incómoda. ¿Qué demonios pudo haber sucedido con mis cuentas? No tengo ni la más mínima idea.
—Listo —la morena sonríe—. Aquí tienen —me entrega una bolsita blanca con una pequeña caja y el móvil dentro.
—Gracias, linda —Noah le lanza una mirada pícara a la mujer. Yo pongo los ojos en blanco. «¡Hombres!».
Él se percata de mi gesto y ríe a carcajadas, mientras se hace a un lado para que yo pase.
Salimos de la tienda y una vez frente a ella, me apresuro a sacar el móvil de su empaque e introducirle mi tarjeta sim card. Todo esto de manera muy rápida, ante la mirada atenta de Noah.
—Muchísimas gracias por esto —agito el móvil frente a la cara de Noah—. Dame tus datos bancarios para hacer la transferencia en cuanto logré solucionar lo de…
—Yo no te estoy pidiendo el dinero —él me interrumpe.
—¡Oh vamos! No me la pongas difícil. Me hiciste un favor y es lo mínimo que puedo hacer; devolverte tu dinero.
—Si quieres retribuírmelo, cena conmigo esta noche —susurra, con ese tono seductor que hace que un cosquilleo recorra mi vientre.
—¡Vaya que eres insistente! —Lo señalo con mi dedo índice y lo agito de modo acusador—. Y muy astuto —agrego.
Él sonríe de oreja a oreja. Sé que se siente muy orgulloso de sí mismo.
—Así soy. No me doy por vencido tan fácil —vuelve a guiñarme el ojo.
—Veo que te gusta hacer mucho eso —le lanzo una dura mirada.
—¿Qué cosa?
—Guiñar el ojo.
—Solo lo hago cuando lo amerita la ocasión.
—¿Así como con la mujer de la tienda? —no puedo reprimir cierto tono de hostilidad en mi voz.
—¿Está celosa, señorita Eun-Yeong? —él me mira divertido.
—¡Pfff! —hago un mohín—. ¿Celosa yo? ¿Por qué debería estarlo? Tú y yo no somos nada.
—¿Y te gustaría serlo? —una sonrisa malévola se dibuja en los labios de Noah.
A él le encanta este tipo de juegos. Lo sé. Adora ver cómo me intimido frente a él. No pienso darle el gusto.
—¿Pero qué estás diciendo? Yo…
—Vi como hiciste con los ojos, allá adentro. No te gustó que le coqueteara a Chayna —él se acerca mucho a mí.
—¿A quién? —frunzo el entrecejo.
—Chayna. La chica de la tienda —contesta él y clava su mirada en mis labios. No puedo evitar humedecerlos con la lengua.
—¡Vaya! Hasta sabes su nombre —discrepo, y aunque trato de sonar indiferente, sé que mi voz suena hostil.
—Lo dice en el gafete que lleva puesto en su camisa —indica y no deja de sonreír con esa autosuficiencia tan característica de él—. Pensaba que ustedes las mujeres estaban más pendientes de ese tipo de detalles.
—Pues no —espeto y me cruzo de brazos—. No ando pendiente de cómo se llaman todas las mujeres que se atraviesan en mi camino.
Noah abre los ojos con fingido asombro, levanta los brazos y da un paso hacia atrás.
—¡Wow! Pero cuanta hostilidad —comenta.
—No es eso. Es que… —gruño de frustración. No sé por qué demonios este hombre me exaspera tanto—. Oye. De verdad agradezco mucho lo que hiciste allá adentro, y por el desayuno… te prometo que te lo retribuiré de alguna manera y…
—De acuerdo. Ya que lo prometes—él me mira con intensidad—,cena conmigo esta noche.
—¿Qué? Yo no dije… —entorno los ojos, agito un dedo en dirección a él y suelto un bufido de resignación. Es un hombre imposible—. De acuerdo —accedo por fin. No tiene caso discutir con alguien tan testarudo.
—Te enviaré mi dirección en un mensaje —musita.
«¿Qué? ¿Será cretino? ¿Ni siquiera piensa pasar por mí?». Sacudo mi cabeza con fuerza para sacarme esas ideas de la cabeza. No es momento de idealizar a ningún hombre. Los príncipes azules hace rato que están extintos. Además, las intenciones de Noah son claras. Yo tampoco quiero rollos sentimentales.
—¿Cómo? Si no te he dado mi número —sonrío con malicia. Siento que por primera vez en el día, le llevo ventaja.
—Tuve tu sim card por un buen tiempo, ¿crees que no averigüé cual era tu número? —responde él. Una sonrisita petulante emana de sus labios.
¡Aff! De verdad que me enerva la sangre.
«¿Cómo puede ser tan arrogante?», me pregunto.
—Como sea—me doy la vuelta. Necesito alejarme de él. No entiendo porque me hace sentir tan abrumada.
—¿A dónde vas? —inquiere él—. Puedo llevarte a donde vayas…
Agito la mano en alto y niego con la cabeza.
—No hace falta —digo. Me obligo a seguir caminando. Debo alejarme de Noah. Es un hombre que me incita a hacer muchas cosas atrevidas, y por el bien de mi cordura, lo mejor es que huya de esta tentación—. Tengo unas amigas cerca —vocifero a medida que me alejo—. Caminaré. Gracias por todo, de verdad.
Me encamino hacia…
«¿Dónde estoy?», me lo pienso un momento al darme cuenta que no reconozco la zona donde estoy, pero finjo que sí. Doy unos cuantos pasos y hago acopio de todas mis fuerzas para no girarme a ver a ese adonis que dejo atrás.
—Nos vemos esta noche —vocifera él, a mis espaldas.
—Ajá.
Levanto la mano derecha y la agito, indicando que lo he escuchado. Camino por unas cuantas calles más, hasta asegurarme que salí de su rango de visión. Al llegar a una esquina, le hago una señal a un taxi.
Le indico la dirección del departamento de Lara y Cinthia al chófer, en cuanto subo a bordo.