Capítulo 17 - Eun-Yeong

984 Words
Miro una vez más la pantalla de mi móvil para cerciorarme de estar en el lugar correcto. Y en afecto, lo estoy. Bajo muy despacio del auto y agradezco mentalmente a mi madre por haberme prestado su Volkswagen del 89, luego de decirle que iría a una reunión familiar en casa de los padres de Lara, o de lo contrario habría tenido que pagar una alta tarifa para llegar hasta aquí. No es nada cómodo andar enfundada de un vestido blanco, tallado al cuerpo que me llega un poco más abajo de la rodilla y sobre un par de zapatillas plateadas de estilo d'orsay, como para tomar el subterráneo y subir toda la colina a pie. Levanto la mirada y miro la linda casa frente a mí. Una sensación de arrepentimiento comienza a invadirme. No estoy segura de sí haberle hecho caso a Cinthia y haberme disfrazado de ella haya sido una buena idea. No entiendo porque sigo pretendiendo ser algo que no soy. Resoplo con frustración cuando uno de mis pies hace amague de torcerse, y vuelvo a recriminarme por hacerle caso a Cinthia. ¿En que estaba pensando? ¡A duras penas sé caminar con mis converse! —¿Y ya tienes pensado que vas a ponerte? —pregunta mi amiga. —No lo sé. Sacaré cualquier cosa de mi armario —le contesto, sin darle mínima importancia al hecho. —¿Te volviste loca? —Cinthia me fulmina con la mirada—. No puedes ir vestida con cualquier cosa. —¿Qué tiene? Es solo ropa. —No, cariño. Debes ir majestuosa —continúa ella. —Si a majestuosa te refieres a que debo disfrazarme de ti, no gracias. Yo paso —meneo la cabeza en negación. —¿Qué tienes en contra de mi estilo? —Exactamente eso, que es tu estilo, no el mío —hago énfasis en la palabra “tu”. —¡Oh vamos! Será divertido —Cinthia está decidida a convencerme. —Que no. Ya tuve suficiente por esta semana con la graduación de mi hermano. No pienso volver a someterme a esa tortura… —Si ese tal Noah está tan bueno como dices, valdrá la pena ir vestida para matar —no se da por vencida. —Ningún hombre, por muy bueno que esté, vale tanto como para que renuncie a mi esencia —le digo—. Si le gusto, que sea por quien soy de verdad. —Ella tiene un punto muy válido —Lara, quien ha estado muy callada durante todo el proceso, decide intervenir. —Tú a callar —Cinthia entorna los ojos al mirarla—, que si fuera por ti, la mandas a esa cita en kimono. —Traje de monja sería mejor —bromea Lara. —¡Anda Eun-Yeong! ¡Anímate! —Cinthia se acerca a mí y me sujeta de las manos—. De vez en cuando es bueno sacar a relucir nuestro lado femenino. Pongo los ojos en blanco. Sé que no se rendirá, así que decido seguirle el juego, aunque sé que no me va a gustar para nada el resultado de ese consenso. —Sí —da brinquitos de alegría—. Ya vas a ver. Quedarás preciosa. Cuando ese hombre te vea, va a querer saltarte encima. La gélida brisa de la noche me recuerda que estoy frente a la casa de un hombre que me hace actuar de manera irracional. Miro la fachada y me percato de que es una casa muy bonita. El diseño es muy moderno con ciertos reflejos de luces que le aporta un toque dantesco. Hay un muro de piedra muy bien logrado que rodea la casa, pero no cierra el acceso por completo. De hecho, la entrada está despejada. Una escalera amplia con una inclinación muy leve marca el camino a la puerta principal, que es de madera. El trabajo de jardinería es sobrio y sencillo con arbustos palmitos en línea recta frente al muro de piedra. Percibo mucha paz y cierta magia. Esto hace que me tranquilice un poco. «No parece la residencia de un asesino serial». Rio ante este absurdo pensamiento. Sujeto con fuerza mi móvil, las llaves del auto y las meto en la pequeña cartera que cuelga de mi hombro derecho. Chequeo mi imagen en el vidrio de la ventanilla del coche, tomo una honda inhalación, suelto el aire muy despacio y me encamino a la puerta principal de esa casa, que a simple vista, se ve muy lujosa. «¿Qué coño estoy haciendo?». La pregunta reverbera en mi cabeza, a medida que el traqueteo de mis tacones contra el suelo empedrado me indica que me aproximo más y más. Me detengo ipso facto y me lo pienso mejor. —Esto es una locura —digo entre dientes y me doy la vuelta para marcharme, pero algo me detiene. Mi cuerpo se niega a obedecer lo que demanda mi cerebro—. Mierda —mascullo y cierro mis ojos con fuerza. Vuelvo a girarme y encaminarme hacia la puerta—. Espero no arrepentirme de esto después —musito. Muy despacio, levanto mi mano y presiono el botón del timbre. Mi corazón se acelera y mis manos comienzan a sudar de manera profusa. Vuelvo a respirar profundo para calmar un poco los acelerados latidos de mi corazón. Al cabo de unos segundos, la puerta se abre. Ante mí se materializa la estampa de un hombre muy apuesto, ataviado en un pantalón n***o de vestir, muy ajustado, una camisa azul rey, con los tres primeros botones de arriba desabotonados… Tragó grueso. Un par de ojos entre grises y azules me miran con intensidad. Olvido que es una locura estar en casa de un hombre al que apenas conozco desde hace menos de cuarenta y ocho horas. Mi cuerpo se llena de anhelos. Lo deseo de una manera impresionante.
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