El auto se pone en marcha y Noah conduce hasta Los Feliz Café, uno de sus lugares preferidos en Los Ángeles, y donde desayuna todos los sábados.
El trayecto es muy corto, así que no hay tiempo de charlar.
Optan por sentarse en una de las mesas que se encuentran fuera del establecimiento y así poder disfrutar de la bella mañana soleada. Un joven caballero se acerca a ellos en cuanto toman asiento, deja un par de menús sobre la mesa y se retira.
—¿Acá venden Waffles? —inquiere ella, tomando la carta. La pregunta la lanza al aire, con una espontaneidad tal, que Noah sonríe como tonto.
—¿Nunca habías venido para acá? —él contesta con otra pregunta.
Eun-Yeong se encoge de hombros.
—Mi padre era quien nos llevaba a comer, los fines de semana, y a él le gustaba ir a sitios menos… —mira el entorno—, ¿americanos? —ella ríe débilmente—. Él era amante de la comida asiática.
—¿Era? —Noah frunce el entrecejo.
—Murió hace un tiempo —contesta ella, sin querer dar más detalles.
—Lo siento muchísimo, Eun-Yeong. Yo… —él se siente muy apenado por su falta de tacto—. No quería…
—No te preocupes —ella le guiña el ojo.
Él carraspea la garganta.
—Sí. Acá venden Waffles —comenta él, contestando la pregunta de ella y tratando de disipar la incomodidad del momento.
—Vale. Tomaré eso —dice ella. No se toma la molestia de abrir el menú para leerlo.
Noah hace una señal al muchacho que los atendió al entrar y pide dos platos de Waffles con helado, frutas, huevo revuelto y tocino.
—¿Comes a menudo aquí? —indaga ella.
—Sí —responde—. Me agrada la atención —sonríe y lanza una rápida mirada a su alrededor.
Eun-Yeong asiente con la cabeza y cruza los brazos sobre la mesa, también mira alrededor. No sabe que más decir. ¿De qué se supone que debe hablar con alguien que apenas conoce?
—¿Tu hermano se molestó porque llegaste tarde? —la pregunta de él la saca de sus cavilaciones.
—¿Qué? —se siente confundida.
—La graduación de Hyun —aclara él—. Ayer me dijiste que ibas tarde a…
—¡Oh! Cierto —lo interrumpe—. Él se lo tomó bien. Le conté lo que pasó y lo comprendió.
—¿Le contaste todo? —inquiere Noah con cierta malicia y enarca una ceja.
Los recuerdos golpean la mente de Eun-Yeong y la hacen sentir un montón de cosas, entre esas, vergüenza. Se pone roja como tomate y se tapa el rostro con las manos.
—¡Oh por Dios! —exclama—. Esto es tan embarazoso. Yo…
Noah se parte de risa y se le hace adorable la reacción de Eun-Yeong.
—No hay de que avergonzarse —dice él—. El sexo es lo más normal del mundo —comenta con la intención de que ella se relaje. Obtiene el resultado contrario.
Ella abre mucho los ojos ante lo desinhibido que es él. Habla del tema como si se tratara de cualquier cosa. No puede evitar sentir algo muy extraño al percatar que tal vez él está acostumbrado a ese tipo de cosas. Mientras ella es un poco más reservada.
—Es solo que… —balbucea—. ¡Dios! Tal vez estés cansado de oír lo mismo tantas veces, pero jamás había hecho algo así…
—Si me pagaran por las veces que he oído eso, sería más rico que Bill Gates —bromea él.
—¡Ay no! —Ella se vuelve a tapar la cara con las manos—. Lo digo de verdad. Yo nunca había… —se quita las manos del rostro—, tenido sexo con un desconocido —susurra la última frase, asegurándose que solo Noah la escuche.
—En teoría no éramos desconocidos, porque ambos sabíamos nuestros nombres… —dice él, risueño.
—Me refiero a… —lo interrumpe.
—Sé a lo que te refieres, Eun-Yeong —es el turno de Noah para interrumpirla—, y de verdad te digo que no tienes nada de qué avergonzarte. Solo nos dejamos llevar por nuestra naturaleza, disfrutamos el momento y fuimos precavidos. Eso es todo.
—¿Por qué tengo la leve sospecha de que no fue tu primera vez? —masculla Eun-Yeong.
—Porque no lo fue —Noah responde por inercia, y enseguida se arrepiente de haber contestado de la forma en que lo hace e intenta remediarlo—. Digo, tampoco es que lo haya hecho muchas veces. Solo dos. Es solo que…
Eun-Yeong frunce el entrecejo. Le incomoda esa confesión.
—Eso fue hace mucho tiempo —agrega él, tratando de aclarar las cosas, pero sin darse cuenta, se hunde más. O al menos eso es lo que siente—. Lo que quiero decir es…
Eun-Yeong levanta la mano y sonríe.
—No hace falta que lo expliques. Ya entendí —dice ella.
Ambos se parten de risa y la creciente tensión se disipa.
—Tienes una sonrisa hermosa —musita él, al cabo de un rato.
Eun-Yeong se sonroja.
Algo dentro del cerebro de Noah hace clic. ¿Qué clase de cumplido es ese?¡Él no es el tipo de hombre que hace cumplidos de ese estilo! Le parece patético recurrir a esos métodos, para cortejar a una mujer. Él está acostumbrado a ser más directo y visceral. No se anda por las ramas, ni con rodeos ni frases cursis. Cuando quiere meterse entre las piernas de una mujer, lo dice de frente. No tiene necesidad de recurrir a trucos baratos.
—Noah —oye su nombre y no tarda en caer en cuenta que Eun-Yeong mueve la mano frente a su cara—. ¿Hola? ¿Hay alguien allí?
—Lo siento —sacude la cabeza.
—Te decía que gracias —musita ella.
—¿Por qué? —él la mira con los ojos entornados.
—Por… —ella menea la cabeza con suavidad—, tu comentario.
—¡Oh! Cierto —él asiente de manera cortés y se obliga a recuperar la compostura.
La comida llega a la mesa y ambos se dedican a degustar sus platillos. Eun-Yeong es la primera en llevarse un trozo de waffle a la boca.
—Mmm —lo saborea—. Esto está exquisito.
—Te lo dije —Noah la mira y sonríe. Manda a la mierda la poca templanza que ha logrado reunir.
La mujer frente a él es preciosa. Tan distinta al resto, con ese cabello enmarañado, esos ojos rasgados y muy oscuros, esas mejillas sonrosadas, esa pequeña nariz respingada y cuando sonríe… ¡Dios! ¿Por qué siente que el corazón se le acelera cada vez que Eun-Yeong le enseña su perfecta dentadura color marfil?
¿Qué mierda es lo que siente? Es una sensación desagradable, porque siente un vacío en el estómago, pero al mismo tiempo es agradable. No puede dejar de mirarla y desear con todo su ser, poder besar esa boca, tocar esa piel, hundirse en ella otra vez…
Eun-Yeong carraspea la garganta y vuelve a agitar la mano frente al rostro de Noah. Frunce el entrecejo. Nota que él está distraído. Seguro que piensa en el montón de cosas que tiene que hacer, y ella lo está haciendo perder el tiempo.
Quizás es el momento de ponerse a pensaren sus cosas, también, y no andar pendiente de esa mirada felina, esos labios tan apetecibles, esos brazos fuertes, esas manos grandes, esos dedos largos… ¡Dios! Ese hombre la descontrola de una manera descomunal. En su vida, jamás ha deseado tanto a alguien como lo anhela a él, sobre ella, debajo de ella, al lado de ella… tocándola, haciéndola gemir…
—¿ Eun-Yeong? —Le corresponde a Noah sacarla de su ensoñación—. ¿Te encuentras bien?
—¿Qué? ¿Cómo? —ella menea su cabeza.
—Te preguntaba si ya tenías en mente que teléfono te vas a comprar —habla él.
—Uno igual al que tenía —contesta ella y se lleva un pedazo de waffle a la boca.
—Cuéntame. ¿Eres de acá? —Noah suelta la pregunta. Trata de sonar muy informal. Desea saber más de Eun-Yeong.
—Sí. Nací y crecí acá —indica ella, luego de tragar.
—¿Y trabajas… o estudias? ¿Qué haces? —sigue él.
Eun-Yeong no puede reprimir sus ganas de reír a carcajadas.
—¿Dije algo gracioso? —Noah frunce el entrecejo.
—No. No es eso —ella niega con la cabeza—. Es solo que... me parece que tú y yo estamos haciendo las cosas al revés.
—¿A qué te refieres?
—Lo normal es, ya sabes salir a comer —Eun-Yeong mueve la mano. Lo señala a él y luego se señala a sí misma—, conocerse y luego… ya sabes… lo otro…
Noah se parte de risa por el comentario, pues ella tiene mucha razón. Lo normal es conocerse primero y luego el sexo. Aunque en su caso, él siempre suele saltarse el primer paso, y siempre que tiene sexo con una desconocida, o en su defecto, una recién conocida, sigue con su vida como si nada. Las veces que se encontró cara a cara con alguna de sus amantes furtivas, solo fingió que no las había visto nunca en la vida. No se enrolla ni mucho menos.
¿Por qué con Eun-Yeong no puede hacer lo mismo?
—Bueno —él carraspea la garganta—, si deseas que retomemos el orden de las cosas, podríamos ya sabes… —alza las cejas repetidas veces, de modo sugerente. ¡Este si es el Noah de siempre! —Ya podemos tachar la cita y saltar a lo siguiente en la lista.
—¡Oh por Dios! —ella se tapa la cara con las manos, otra vez, para ocultar su sonrojo—. Eres terrible.
Noah ríe a carcajadas.
—Un momento —ella lo mira con los ojos entornados—. ¿Esto es una cita? —Levanta una ceja—. Porque no estaba enterada —bromea.
El hombre ríe con tantas ganas, que hace que algunas personas se giren a verlos. ¡Dios! Se siente tan bien reírse de la manera en que lo hace. Hace mucho tiempo que no disfruta tanto la compañía de una mujer. Al menos, fuera de la cama.
—Bien. Entonces te llevaré a una cita como tal —comenta él, siguiéndole el juego—. Te invito a cenar. ¿Esta noche te parece bien?
Eun-Yeong deja de reír y lo mira con mucha seriedad. No entiende porque Noah actúa de esa manera. ¿Una cita? Debe tratarse de una broma, así que vuelve a reír a carcajadas.
—Sí, claro. Muy gracioso —lo apunta con el dedo—. ¿Y a donde me llevarías? ¿Al Birch? —sigue riendo.
—No te llevaría al Birch, sino a un lugar mejor.
—¿Ah sí? —Eun-Yeong abre los ojos y amaga una sonrisa—. ¿Un lugar mejor que el Birch?
—Sí. Mi casa, y luego podríamos, ya sabes… —él habla en ese tono seductor que lo caracteriza.
Eun-Yeong no puede parar de reír. No sabe si es porque encuentra la situación un tanto hilarante, o porque está muerta de nervios.
—Olvídalo —logra decir, entre risas—, eso no va a ocurrir.
—¡Oh vamos! Ya nos comimos el postre. No hace falta que nos pongamos pudorosos y todo lo demás. Podemos ahorrarnos tanto protocolo.
Ella deja de reír de golpe, al percatarse de algo. Noah está muy serio y la mira con detenimiento.
—¿Estás hablando en serio? —ella tantea.
—¿Tengo cara de estar bromeando?
—Oye, Noah, me agradas, de verdad, pero…
—Disculpen —el mesonero los interrumpe. Ambos levantan la mirada—, ¿puedo retirar los platos?
La conversación está tan entretenida que no se dan cuenta en que momento terminan de comer. Noah asiente con la cabeza y ayuda al muchacho a recogerlo todo.
Eun-Yeong aprovecha la disyuntiva para ponerse de pie. Ve el momento perfecto para escapar de la personificación de la lujuria. Es evidente que ese hombre solo quiere una cosa, y por más que ella no sea como las típicas mujeres puritanas que se escandalizan ante una propuesta como la que acaban de hacerle, tiene dignidad. Y sí, es cierto que actuó de manera impulsiva al tener sexo con un recién conocido en un baño público, y es algo que no logra entender cómo fue que sucedió, pero otra cosa muy distinta es aceptar y permitir ser el juguete s****l de alguien, por más guapo y sensual que sea.
—¿Te vas? —él la mira. Se siente inquieto y ansioso.
—Sí. Acabo de recordar que tengo algo que…
—No seas mentirosa, Eun-Yeong —dice Noah de manera juguetona—. Sé que estás inventándolo para irte —también se pone de pie—. Quieres huir —su voz suena más ronca de lo normal—, porque estás comenzando a sentir miedo de lo que puede volver a pasar si le haces caso a tus instintos —habla tan suave y pausado que parece el ronroneo de un gatito.
¡Por todos los cielos! Eun-Yeong siente un cosquilleo en la parte baja de su vientre. La voz de Noah es muy erótica.
—Niégalo —musita él, muy cerca de su oído—. Niégame que sientes unas inmensas ganas de saltarme encima y follarme otra vez, como lo hiciste ayer.
—Yo… emmm… no… —balbucea ella.
Las piernas de Eun-Yeong tiemblan, la boca se le seca y el corazón le late frenético en el pecho. No sabe que responder ni que hacer. Por fracción de segundo se convierte en una masa mono-sináptica.
—Niégame que deseas cabalgarme con el mismo ímpetu de ayer, que deseas que te haga gemir, mientras mis dientes y mi lengua torturan tu delicioso pezón…
La sola idea de todo lo que describe, hace que Noah comience a tener una erección.
—Ammm… —ella se queda muda.
Él se acerca más a ella y roza su entrepierna a la cadera de ella. Eun-Yeong da un respingo al sentir algo muy duro contra ella.
—Mira como me pones, Eun-Yeong —él se relame los labios con una lascivia sorprendente—. No he podido sacar el sonido de tus gemidos de mi cabeza. Anhelo tanto volver a entrar en ti y hacer que te olvides hasta de tu nombre.
Ella se muerde el labio para reprimir un jadeo.
Noah le pone una mano en el hombro.
—Hagamos una cosa —la voz de Noah suena como un susurro—. Déjame llevarte a comprar tu nuevo móvil y si al final de la mañana no he logrado convencerte para que tengas una cita conmigo, puedes olvidarte de mí y seguir con tu vida como si no hubiese sucedido nada entre nosotros —agrega él, sin alejarse del oído de ella.
Eun-Yeong traga grueso y tiene que sujetarse de la mesa para no desfallecer. Él la sujeta también. Sentir esas manos tocándola, aunque solo sea para evitar que se caiga, desencadena en ella un montón de sensaciones placenteras, y Noah lo nota, pues un par de pezones endurecidos bajo la tela de ese vestidito, lo pone en evidencia.
—Mira nada más como te pones con tan solo tocarte —masculla muy cerca de la boca de ella—. Tan solo imagina todo lo que puedo hacerte sentir con mi lengua —vuelve a relamerse los labios—, mis dedos —los pasa de manera suave por el borde de la clavícula femenina—, mi…
—¡Vale! —ella lo interrumpe—. Ya entendí —logra reunir fuerzas de no sabe dónde, para hablar.
—Déjame pagar la cuenta, dulzura, y nos iremos —dice él, le guiña el ojo y se aleja muy despacio.
Debe salir corriendo de allí y alejarse de ese adictivo hombre. Sabe que esto es lo correcto, pero prefiere hacerle caso a sus bajos instintos, una vez más. Pasión pura es lo que ese hombre le inspira.