Por desgracia no fue así, el vivir juntos solo empeoró mi sentimiento, la culpa me invadía, Violeta merecía un hombre que se desviviera por ella, que la amara sin descanso y ahí estaba yo, disfrutando de su amor y sus atenciones, era agradable tener un hogar al que llegar después de un día cansado a una casa limpia, recibir una comida caliente, tener mi ropa lavada, planchada y doblada; sé que mi madre también lo hacía, cuando era niño, luego dejó que me atendiera yo mismo, pues no siempre viviría con ella, de hecho en mi mente imaginé que tendría mi apartamento de soltero, que viajaría, haría mi especialidad —sin saber cuál— y mi vida sería una gran fiesta, pero no, no fue así, todo por mi incontinencia, por querer saber lo que se sentía ser el semental, mis amigos iban y venían, disfrutaban con una y con otra, nunca me pareció buena idea, pero quise intentarlo, me ligué a Violeta para demostrarme que era capaz de conquistar a una mujer, soy un imbécil, debí protegerme, confié en el método que Violeta me dijo que usaba, es hermosa, me encantaba estar con ella, estaba a punto de ligarme a otra, entendí que era momento de tomar distancia con Violeta para evitar enamorarme, despacio, la visitaba un día sí y otro no, veía mi alejamiento, me preguntaba qué sucedía, trataba de justificarme, me creía, terminaba disculpándome y haciéndole el amor después, luego pasó lo que pasó, quiero creer que no lo hizo a propósito, quiero pensar que solo fue accidental, porque de lo contrario, la odiaría y Dios sabe que cuando lo hago, no perdono.
Así soy yo, soy incapaz de amar de la forma como Simón me lo decía, simplemente no es posible para mí, mi diseño original tiene ese impedimento, no hay de qué preocuparse; de todas formas, Violeta parecía ser feliz, estaba tranquila, comenzó a estudiar, no puedo evitar sonreír cuando la miro, pues me recuerda a mi hija, mi pequeña Ángela, una mañana en el desayuno me encontré con una sorpresa, mi esposa estaba nuevamente embarazada, el temor nuevamente me invadió, pero a la vez una alegría, la abracé, la besé y lo supe, supe cuál sería mi especialidad: Pediatría.
Me gradué con honores, todo iba bien, le di a ella y mi hijo una gran vida, los años pasaron, llegó una niña a nuestras vidas, son la razón de mi existencia, todo lo demás seguía igual sin cambio, Violeta culminó su carrera, ejerce medio tiempo, el resto se lo dedica a nuestros hijos, estoy bien, hasta podría decir que soy feliz, me dediqué a trabajar, conseguí empleo en un dispensario pequeño, soy su Director, tengo grandes planes para desarrollarlo, busco financiamiento para remodelarlo, tengo en mente algunos convenios con escuelas locales, voy a entrevistarme con el Director General de estas instituciones, nos atiende una muchacha delgadita y muy educada, nos sirve café y me mira, le devuelvo la mirada y noto que se sonroja, sonrío, luego se marcha, estoy ansioso por la cita y miro a Simón, quien me acompaña, me apoya como siempre, tengo un nuevo propósito y estoy lleno de emoción.
ALEJANDRA
Viviana —mi mejor amiga— está inquieta, no me ve muy convencida del paso que voy a dar, la fecha se acerca, pero no me siento nada ilusionada, piensa que es mejor que me aleje de Gustavo y lo piense bien, no entiendo qué tanto debo pensar, él y yo somos pareja desde hace mucho, es normal que surjan dudas, creo que todas las parejas las tienen, me pide que al menos termine mi carrera para hacerlo, no es necesario, la verdad es que ya no es cómodo estar en casa de mis padres teniendo una vida en pareja tan activa, no está bien, es momento de vivir de acuerdo a lo que somos, es lo que sigue, es lo correcto; sin embargo, si soy sincera conmigo misma, me da temor.
Gustavo está preocupado, uno de sus tíos tuvo un accidente, está muy delicado, los preparativos han quedado de lado, lo entiendo, todos lo entienden, mi propia familia me ha dicho que lo haga, es una persona muy querida para él —como un padre—, en verdad no le veo inconveniente, de alguna forma me sentí aliviada, debo estudiar, me falta poco para terminar la carrera, Viviana tiene razón, es mejor para mí el terminarla y luego dar el paso, tenemos que esperar, ojalá que su tío se recupere, nada cambiará, estoy segura que Gustavo cumplirá y finalmente nos casaremos, de ese modo no veré la mala cara de mi madre cuando regreso de una cita con él, sabe que estuvimos íntimamente y aunque no hubiese pasado nada, su mirada me recrimina, me reclama el que haya sido débil, el que no haya podido decir que no, la única forma de que sus ojos dejen de acusarme es casándome, así el honor de su hija quedará resguardado y su familia honrada.
Los meses pasan, fue muy difícil para Gustavo y su familia el sepultar a su tío, estaba deshecho, no podía pensar en nada que no fuera el dolor de ya no contar con la presencia de alguien tan importante, respeté su luto, no mencioné nada respecto al matrimonio, para nadie fue una sorpresa que lo hayamos pospuesto, hasta mi madre lo entendió, solo dijo que tendríamos más tiempo para prepararlo, que no le saliera con sorpresas, me di cuenta a lo que se refería, le dije que estuviera tranquila, no estaba en mis planes tener hijos, no en ese momento, quería terminar mi carrera, hacer un postgrado, viajar, creí que todo podría hacerlo casándome o no, finalmente Gustavo me apoyaba en todo, o al menos, eso me decía siempre.
Estoy en mi penúltimo año de la carrera, está muy complicada, en medio de las circunstancias veo la mano de Dios en todo, no cabe duda que nada pasa sin la voluntad de Él, habría sido muy difícil cursarlo y estar casada, aún sigo en casa de mis padres disfrutando de las atenciones y cuidado de mis progenitores, sobre todo después de mi último examen, el estrés hizo que el brazo derecho se me paralizara, volví a ser como un bebé, necesitaba ayuda para vestirme, bañarme, peinarme, maquillarme, mi madre me cuidaba con mucho amor, estaba muy consternada por ser tan inútil, seguí trabajando, pero dejé de viajar, me asignaron un puesto fijo en la oficina, pero por mis salidas a consultas médicas y la rehabilitación mis horarios se complicaron, no me decían nada, no era legal despedirme, pero la hostilidad se volvió más fuerte, hablé con mi jefe, me dio tres meses para recuperarme, fue atento y gentil, pero sus palabras tenían una connotación, si en los tres meses no me recuperaba, debía presentar mi renuncia, así lo entendí y así lo acepté, no hubo ningún acuerdo escrito, extendí mi mano, él la estrechó y se selló el pacto entre una dama y un caballero.
Me retiro de la oficina de mi jefe y me encuentro con dos médicos que tienen una entrevista con él, Patricia, la recepcionista no está en su puesto de trabajo así que los atiendo yo misma, le aviso a mi jefe y me pide que lo esperen, les ofrezco café mientras los recibe y aceptan, me impresiona la mirada de uno de ellos, tiene unos ojos azules profundos y limpios, recuerdo a las personas que dicen que los ojos son las ventanas del alma, puedo decir que lo entendí en ese momento, cuando saludó conmigo y estrechó mi mano sentí como si me sumergiera en el océano, sentí paz, es raro, nunca me había pasado, les sirvo el café en la sala de espera, mi jefe llega, me pide otro café, se lo doy y me retiro, no puedo evitar volver a mirarlo y como si lo hubiera adivinado me devuelve la mirada, siento que toda la sangre acude a mi rostro, me despido y me marcho, sonrojada y nerviosa, Patricia se ríe de verme así, sonrío con ella y vuelvo a mi escritorio a recoger mis cosas.
Los tres meses pasaron sin mucho cambio, mi brazo se recuperaba demasiado lento, creo que en el fondo de mi corazón esperaba no volver a la oficina, ya no me sentía bien y estaba cansada de ver a mis compañeros molestos por todas las “atenciones” de las que era objeto. Mi madre me decía que solo era justo, pues era dedicada, trabajadora, cumplida, era obvio que mis jefes no quieran perder a una funcionaria como yo y eso siempre acarrea envidias; de todos modos, mi brazo no sanaba a la velocidad requerida y como se acordó, presenté mi renuncia y me fui, recibí las despedidas de todos y me quedé en casa por un par de meses, recuperándome y descansando, mi brazo mejoraba y ya casi no tenía molestias, pero se quedó débil, tenía dificultad en hacer ciertas cosas como el escribir a mano, pero no para la computadora; estaba sanando, dentro de poco volvería a la universidad a cursar mi último año, Gustavo estaba mejor de su pena, no se mencionaban los planes pero ambos sabíamos que era temporal, las cosas seguían su rumbo y era momento de buscar otro empleo.