CAPÍTULO 3 – MI HIJA

1782 Words
RAÚL Mi esposa Violeta está muy inquieta, no la veo bien, ya no está cómoda en la casa de sus padres, pero por el momento le toca permanecer allí, no tengo forma de llevarla a otro sitio, es necesario que termine la carrera, no puedo dejarla a medias, ella lo entiende y los entienden nuestros padres, solo un año más y ya estaré en condiciones de trabajar, para ese tiempo mi hijo ya estará con nosotros, tendré un motivo mucho más poderoso por el cual luchar, por ahora me inquieta la situación, pero no puedo hacer nada, no pienso abandonar mi carrera con tan poco para terminarla, sobre todo, después de haber sacrificado tanto, sé que ser médico es el sueño de muchos, pero en mi caso, no solo es mi sueño, es mi razón, porque mi profesión es algo que yo sí lo elegí de corazón, lograré graduarme y trabajaré en lo que siempre me ha gustado, por tanto, como dicen todos, nunca trabajaré. Sé que es injusto pensar así, Violeta me ama, pero si pudiera volver el tiempo atrás haría las cosas de diferente manera, no me involucraría con ella, esperaría, tal vez ese loco de Simón sepa lo que dice y en verdad exista la mujer que me robe el aliento, me desvele por las noches y me haga suspirar al escuchar una canción; pero, nunca me ha pasado, por tanto no puedo creer que eso sea real, a veces pienso que simplemente mi temperamento impide que pueda llegar a ese nivel de cursilería. Por ahora, Violeta es la única mujer en mi vida, cuando estoy con ella siento paz, quiero creer que esa es la forma como yo puedo amar, sin tanto adorno y sin tanta cosa; solo que al ver a Simón cómo mira a Sylvia, no puedo evitar sentir nostalgia y a veces hasta envidia, el amor se le sale por los poros, igual que a ella, me pregunto ¿Cómo un hombre tan inteligente puede llegar a perder la cabeza de esa manera por una mujer?, yo soy más práctico, creo que Simón es más soñador que yo y por eso llega a ese nivel de estupidez, sonrío, me burlo de él de vez en cuando, pero mi amigo solo mueve la cabeza, insiste en que algún día a mí también me pasará y que cuando ese día llegue me va a ver “estúpido de amor”; cosa que simplemente creo que nunca ocurrirá; en fin, mi realidad se llama Violeta y mi pequeñín que viene en camino, eso es lo único palpable y no hay nada más qué hacer, procuro que ella esté lo más tranquila posible, le digo que debe tenerme paciencia para poder formar nuestro hogar, Dios sabe que deseo darle a mi hijo lo mejor, pero tampoco puedo negar que en el fondo de mi corazón espero que ese día esté muy lejano, no veo a Violeta como la persona con la que quiero envejecer, me angustio de pensarlo, soy un miserable, lo sé, respiro profundamente, solo es el temor de lo desconocido, Violeta es mi esposa, espera a mi hijo, mi responsabilidad es estar con ella, deseo tanto poder decir algún día que mis temores se desvanecerán, que la palabra “obligación” nunca más volverá a aparecer en mi mente; pero, por el momento no puedo, mi corazón se arruga y me grita a diario que estoy cometiendo el peor error de mi vida, termino el día exhausto, llego a casa y mamá me sirve la comida, pero estoy tan cansado que apenas pruebo bocado, me voy a mi cuarto para descansar, dentro de poco mi bebé va a nacer, el miedo me invade, pero a la vez la emoción, voy a ser padre, mi hijo no será mal visto, le daré la mejor vida que pueda ofrecerle, por eso es importante que me gradúe, por eso me esfuerzo y Violeta permanece con sus padres, para que cumpla mis sueño y por consiguiente tenga la capacidad de mantenerlos y darles una buena vida. Una madrugada recibí una llamada angustiante, acababa de conciliar el sueño después de haber estudiado toda la noche, me costó contestar, en cuanto lo hice un muy enojado padre de la novia comenzó a gritarme. —Hola… — ¡Por qué carajos, no contestas!, te estoy llamando desde hace mucho. — ¿Quién es? — ¡¿Cómo que quién es?! ¿Acaso ya no reconoces la voz de tu suegro?, y, ¿Por qué tienes esa voz? ¿Estás con resaca? —Don Julio, no lo reconocí, lo siento no escuché el teléfono, no hace mucho que me acosté, estaba estudiando. ¿Sucede algo? —Estamos en el hospital con Violeta, algo le pasa, está sangrando mucho. —¿Quéeee? —Estamos en el hospital donde haces las prácticas, pensamos que estarías aquí. —No me tocaba, pero voy de inmediato para allá. —No tardes, ella te llama. Me vestí como pude, mis padres me acompañaron, estaba muy nervioso para conducir, al llegar Don Julio estaba visiblemente consternado y la mamá de Violeta no paraba de llorar. — ¿Qué ocurrió? —Violeta se puso mal, tenía dolores y sangrado, parecía que estaba por dar a luz. — ¿Qué?, todavía no es tiempo ¿Dónde está? —En la sala de partos, la están interviniendo. — ¿Pero, sin mi consentimiento?, soy su esposo. — ¡Un esposo que no vive con ella!, lo lamento, estaba en mi casa, bajo mi tutela, es mi hija, mi responsabilidad, no iba a dejar que se muriera esperando a “su esposo”. —Cálmate Julio, no es necesario el escándalo. —Lo siento Efraín, pero es mi hija, no sé qué haría si algo malo le pasara. —Mi hijo ha respondido, pero acordamos que siguiera con ustedes mientras terminaba su carrera, vimos que era lo mejor, tú más que nadie insististe en eso. —Lo sé, lo sé, solo que es muy difícil, Julio tú no tienes hijas mujeres, no sabrás nunca el sentimiento que me embarga. —Lo imagino, pero gritándole a mi hijo no se soluciona nada. En ese momento apareció el doctor, uno de mis maestros, me abrazó y me pidió que lo acompañara, no hizo caso a las preguntas de mis suegros, avanzamos rumbo a la sala de partos y sentía todo el peso del mundo en mi espalda. —Lo siento Raúl, hicimos lo posible, pero… —Dígame qué ocurrió, por favor, cómo está Violeta, mi hijo. —Violeta está bien, solo que la niña… — ¿La niña? ¿Mi hija? —Nació muerta Raúl, aún era demasiado pronto, lo lamento mucho, pero ahora debes ser fuerte para tu esposa. — ¡Oh no!, mi niña… —Son jóvenes, sabrán superarlo. — ¿Qué hago? ¿Qué le digo? —Abrázala, necesita al padre de su hija, pero sobre todo, eres médico Raúl, actúa como tal, entiende la situación y da consuelo a la madre. —Todo es mi culpa. —No es culpa de nadie, esto pasa frecuentemente, lo sabes, has estado conmigo en varios casos, el cuerpo humano es un misterio, no te culpes. —Si hubiera estado con ella, habría sabido qué hacer. —No te engañes Raúl, cuando se trata de seres queridos toda la formación se te olvida, lo sé mejor que nadie, no habría habido cambio en el resultado. —Debí estar con ella, con mi hija al nacer. —Es necesario que tengan un momento con ella, antes de la autopsia, pueden despedirse, abrazarla, consolarse, eso hace bien. — ¿Autopsia? —Es necesario muchacho. Ahora ve con ella. —Gracias, maestro. Me puse el traje adecuado para entrar a la sala de partos y respiré profundamente, me acerqué a Violeta quien al mirarme rompió a llorar. —Lo siento Raúl, no pude cuidar de nuestra hija. —Calma linda, no es tu culpa sino mía, por no estar contigo, por haberte dejado con ellos, era mi deber cuidarte, perdóname por favor. —No cariño, nada de eso, lo acordamos, no te sientas mal. En ese momento la enfermera trajo a nuestra bebé envuelta en una cobija rosa, era una angelita, con sus ojitos cerrados, no nos atrevimos a abrirlos, solo supe en mi corazón que eran igual a los míos, azules como el cielo, mi pequeña parecía estar dormida, no pudimos controlarnos, lloramos con todo el corazón mientras abrazábamos a nuestra pequeña. —Era tan hermosa Raúl, por favor, toma una fotografía para recordarla. —Sí Violeta, como quieras. —Pongámosle un nombre amor. —Sí, qué tal el tuyo. —No, que sea un nombre único. —Entonces, qué te parece Ángela. —Me gusta, porque eso mismo es ahora, un ángel que ya está en el cielo. —Mi linda Ángela, te juro que en tu nombre me esforzaré por ser el mejor médico y el mejor esposo del mundo, nunca volveré a descuidar a tu madre y espero que cuando llegue al cielo Dios me conceda verte a ti primero. —Yo también te prometo, mi amada niña que cuidaré de tu padre siempre, gracias por el tiempo que estuviste conmigo, acompañándome, adiós mi bella Ángela. Soy un desgraciado, me sentía un miserable por no haber podido estar con ella en ese momento, durante toda mi vida ese sentimiento me torturaba, sobre todo porque en medio de mi dolor se me pasó por la mente que tal vez, ya no era necesario que siguiera casado con Violeta, pero me avergoncé inmediatamente de ello y con mi hija en mis brazos volví a recitar mi voto de cuidarla, porque el de amarla aún me costaba decirlo. No fue fácil, pero el tiempo pasó, al fin pude graduarme y trabajar en el hospital, comencé a ganar dinero y lo primero que hice fue rentar un pequeño departamento para llevar a mi esposa, no puedo negar que el miedo me invadía, pero fue agradable dejar de ir a la casa de mis suegros para verla, Dios sabe que muchas veces esperé que Violeta me dijera que había cambiado de opinión y me pidiera el divorcio, pero ese momento nunca llegó, todo lo contrario cada vez que la veía me decía lo mucho que deseaba el poder reunirse conmigo, Violeta era una mujer que a más de uno le arrancaría un suspiro, ¿Qué pasaba? ¿Cuál era mi problema?, supongo que solo era el temor, me convencí que al vivir juntos las cosas cambiarían, mi esposa, mi mujer, la madre de mi hija, era ejemplar, no podía más que estar agradecido por su paciencia, devoción y cariño.
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