El silencio llenó el cuarto rojo tras nuestra entrega, roto solo por nuestras respiraciones todavía aceleradas. La intensidad del momento había pasado, pero las sensaciones permanecían, ancladas en cada rincón de mi cuerpo y de mi mente. No sabía cómo procesar lo que acababa de suceder; había sido como caer en un abismo que, lejos de ser aterrador, me había envuelto en una calidez que no conocía.
Él estaba junto a mí, su brazo descansando sobre mi cintura, como si temiera que pudiera desvanecerme en cualquier momento. Sentía su aliento, pausado y profundo, sobre mi cabello, mientras sus dedos trazaban círculos suaves sobre mi piel, dejando un rastro de calma donde antes solo había urgencia.
—¿Estás bien? —preguntó, finalmente, su voz es apenas un susurro, como si no quisiera romper la frágil atmósfera que nos rodeaba.
Quería responder con algo contundente, algo que expresara lo que sentía en ese momento, pero las palabras me eludían. Solo logré asentir, incapaz de encontrar mi voz, mientras mis dedos jugueteaban con las sábanas arrugadas bajo nosotros.
—¿Lo lamentas? —Su pregunta flotó en el aire, cargada de una vulnerabilidad que no había visto antes en él. Él hablaba como si no quisiera escuchar una respuesta decepcionante para su momento de hombría.
Lo miré, tratando de descifrar la expresión en su rostro. Había algo en sus ojos, una mezcla de satisfacción y miedo, como si él mismo no estuviera seguro de lo que esto significaba. Y, por primera vez, vi más allá de la fachada que siempre llevaba consigo desde hace un par de horas que nos hemos conocido en las más extrañas y aterradoras circunstancias. Vi al hombre detrás de la intensidad, al hombre que no quería que esto fuera un error.
—No lo lamento. Esto ha sido lo mejor que he vivido en toda mi vida —respondí al fin, mi voz suave pero firme. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa, un destello de alivio que se reflejó en sus ojos.
—Yo tampoco, Aria. Y me hace feliz saber que he sido el primer y que seré el único hombre que estará contigo —dijo, acercándose para besar mi frente con una ternura que contrastaba con la pasión que habíamos compartido momentos antes.
A pesar de sus palabras, una parte de mí no podía ignorar el peso de lo que habíamos hecho. Esto no era solo un momento fugaz, no podía serlo. Había cruzado una línea que no sabía si podía borrar, y aunque no lo lamentaba, tampoco podía ignorar el torbellino de emociones que se agolpaban en mi interior.
—¿Qué pasa ahora? —pregunté, mi voz casi un susurro.
Él se quedó en silencio por un momento, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras.
—Ahora... enfrentamos las consecuencias, juntos —respondió. Pero había algo más en su tono, una sombra de incertidumbre que no pasó desapercibida.
Me recosté contra su pecho, sintiendo el ritmo constante de su corazón. Por ahora, eso era suficiente. Las dudas y los miedos podían esperar, pero la realidad de lo que significábamos el uno para el otro ya no podía ser ignorada.
Y aunque el futuro era incierto, esa noche nos pertenecía.
— De acuerdo. Los enfrentaremos juntos, ya estoy aquí, ya no hay marcha atrás. Espero no arrepentirme de nada con el paso del tiempo, solo quiero que tengas presente una cosa — dije, mis dedos acariciaban con suavidad su pecho desnudo.
— ¿Cuál?
— Quiero que siempre tengas presente que aunque seré tu mujer, eso no te dará el derecho de tratarme como si fuera un objeto, que nunca serás grosero conmigo, y promete que me tratarás como la reina que soy. ¿Tenemos un trato?
Él sonríe y en lugar de quedarnos abrazados como estábamos, él se giró con delicadeza para quedar nuevamente encima de mí.
Mis brazos lo abrazaron, así como mis piernas rodearon su cadera.
— Claro que sí, mi reina. Así serás tratada siempre y cuando estemos juntos. Aunque eso sí, debo advertirte una cosa, cuando estoy enojado, soy insoportable, por favor, cuando me veas así, no te me acerques, deja que me tranquilice, que yo luego te buscaré, porque con mi rabia no tengo control, soy otro y no quiero que lo conozcas. ¿Te parece bien?
Lo miré a los ojos, y vi sinceridad en ellos, asentí. Me parecía justo, si yo quería que él me tratara bien, yo también tenía que seguir un par de reglas elementales para así llevar una sana convivencia entre nosotros.
—Me parece bien —respondí, mi voz apenas un murmullo mientras sostenía su mirada. Quería creer en sus palabras, en su promesa de tratarme con el respeto que exigía, pero también había algo inquietante en su advertencia. Una sombra que no podía ignorar.
Él sonrió, esa sonrisa encantadora que parecía capaz de desarmar cualquier duda. Se inclinó para besarme nuevamente, esta vez con una ternura que me estremeció. Era como si tratara de sellar nuestras promesas en ese momento, de asegurarse de que entendiera que, a su manera, estaba entregándome todo lo que tenía.
—Entonces es un trato —dijo, su voz más ligera ahora, como si un peso hubiera sido levantado de sus hombros.
Lo miré con una mezcla de esperanza y aprensión. Todo en él era un enigma, un laberinto que apenas comenzaba a recorrer. Sabía que este era solo el principio, que había mucho más bajo la superficie que aún no había descubierto. Y, sin embargo, me sentía atraída hacia él como una polilla hacia la llama.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, rompiendo el silencio que se había asentado entre nosotros. Mi pregunta no era solo sobre el momento presente, sino sobre todo lo que nos esperaba más allá de estas cuatro paredes.
Él se incorporó ligeramente, apoyándose en un codo mientras me miraba con intensidad.
—Ahora descansamos, mi reina. Mañana será un nuevo día, lleno de retos... y de respuestas —respondió, pero algo en su tono me hizo sentir que no me lo estaba contando todo. Como si supiera que el mañana traería algo más que retos, algo que podría cambiarlo todo.
Me mordí el labio, insegura de si debía presionar más o dejarlo estar. Decidí no insistir, al menos no por ahora. Había algo en su mirada que me decía que, cuando estuviera listo, me lo contaría.
—Está bien —murmuré, recostándome de nuevo contra su pecho. Sentí sus brazos envolverme, fuertes y protectores, y por un momento, me permití creer que estaría a salvo con él, sin importar lo que viniera.
La noche se deslizó en un sueño inquieto, poblado por imágenes vagas de sombras y luces que no lograba descifrar. Cuando desperté, el cuarto rojo estaba bañado en la luz tenue del amanecer, y él ya no estaba a mi lado. Me incorporé, sintiendo el frío de su ausencia.
Sobre la almohada, encontré una nota escrita con trazos firmes y decididos:
"Aria, tuve que salir antes de que despertaras. Confía en mí. Nos veremos esta noche, y entonces sabrás todo lo que necesitas saber. Hasta entonces, recuerda: eres mi reina, y haré cualquier cosa para protegerte. —E."
El miedo y la curiosidad se mezclaron en mi pecho. ¿Qué estaba ocultándome? ¿Y por qué tenía la sensación de que mi mundo estaba a punto de cambiar para siempre.