El aire se volvió espeso a su alrededor, como si el tiempo mismo se hubiera detenido. Los latidos de mi corazón se fundían con los suyos, creando un ritmo que marcaba el pulso de todo lo que nos rodeaba. Su presencia era tan envolvente que era imposible pensar en otra cosa, y, sin embargo, era algo más: se había convertido en la única realidad que existía. El cuarto rojo, con sus sombras que parecían observarnos, se transformaba en un universo donde solo quedábamos él y yo, atrapados en una danza que no podíamos detener.
Me empujó suavemente contra la pared, y el contacto de mi espalda con la fría superficie me trajo de vuelta a la realidad, aunque solo por un instante. Sus labios, ahora bajos y firmes, se movían con una urgencia inconfundible: él no tenía intención de soltarme. Y, aunque sabía que no debía, yo tampoco lo quería.
Su mano recorría mi cuerpo, explorando cada rincón con una familiaridad que me llenó de una mezcla de miedo y deseo. Mis pensamientos se desdibujaban, siendo incapaces de resistir la marea de sensaciones que me embargaban. No podía pensar, ni quería hacerlo. Solo importaba el calor que nos unía, la necesidad de estar más cerca, de fundirme en él. Pero, en el rincón más oscuro de mi mente, una pequeña voz susurraba que esto era peligroso, que no era la decisión correcta para mí.
—No tienes que temerme, Aria —susurró cerca de mi oído, su aliento es cálido haciendo que mi piel se erizara. Pero sus palabras no ofrecían consuelo, sino que eran un recordatorio de que ya no había vuelta atrás de la decisión que ambos hemos tomado.
Lo miré a los ojos, buscando alguna grieta en su fachada, alguna señal de duda.
Pero lo único que encontré fue una determinación aún más feroz, más palpable que antes.
—No puedo hacer esto —dije, y mis palabras sonaron vacías, incluso para mí misma.
Él se detuvo por un segundo, evaluando mi resistencia, pero no retrocedió. No dio ni un paso atrás. Sus dedos se deslizaron hacia mi cuello, levantándome la barbilla con suavidad y obligándome a mirarlo.
—Sí, puedes —respondió, su voz suave pero firme. Sus ojos brillaban con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. No me estaba forzando, no. Me estaba llevando, guiándome con su mirada, sin necesidad de palabras. En ese momento, su voluntad era la única realidad que existía.
Respiré hondo, sintiendo cómo todo dentro de mí se rendía a su toque. No había miedo, no había lucha. Solo el deseo de sucumbir a lo inevitable. La corriente entre nosotros era tan fuerte que cualquier intento de resistirla era inútil. Quise decir algo más, algo que pudiera detenernos, pero las palabras se desvanecieron en el aire, incapaces de salir de mi garganta.
Y luego, sin previo aviso, sus labios se encontraron con los míos nuevamente, esta vez con más fuerza, más necesidad. No fue suave, no fue tierno; fue feroz y posesivo, como si estuviera reclamando algo que sentía que le pertenecía. Y, por alguna razón, supe que él sentía lo mismo.
Mi cuerpo reaccionó al instante, abrazándolo con la misma urgencia que él me ofrecía. Ya no había espacio entre nosotros. Nada que pudiera interponerse. Solo el roce de nuestras pieles, la vibración de nuestras respiraciones y el ardor que nos consumía lentamente.
En su beso no solo había deseo; había promesas, había la sensación de que lo que estábamos compartiendo no era algo pasajero. Era algo más profundo, algo que ninguno de los dos podía comprender del todo, pero que nos envolvía de tal forma que no queríamos soltarlo.
Finalmente, se apartó, pero solo lo suficiente para mirarme una vez más, con esa intensidad que me desbordaba. Sin palabras, me condujo hasta la cama, donde todo lo que quedaba de mí era la necesidad de perderme en él, de rendirme a lo que ya no podía evitar.
Me tumbó con suavidad, pero sus manos siguieron firmes, explorando cada centímetro de mi piel, como si quisiera asegurarse de que todo lo que estaba sucediendo entre nosotros era real. Su mirada, fijada en la mía, nunca vaciló, y supe que nada de esto era un accidente, que cada paso había sido cuidadosamente dado para llegar a este punto.
—Aria —dijo mi nombre una vez más, esta vez con un tono más grave, más lleno de promesas. Y en ese susurro, comprendí lo que significaba estar atrapada, no solo en el juego que él había comenzado, sino en todo lo que él representaba.
— ¿Sí…? — pregunté. Fue lo único que pude decir en ese momento.
— Por favor, dame la oportunidad de hacerte mía. Te prometo que será una noche que jamás olvidaremos — él respondió, sus labios besaban cada parte de mi cuello, y su mano acariciaba mis pechos por encima de mi vestido, provocando que mi cuerpo se retorciera en un absoluto placer.
— Hazlo. Hazlo antes de que me arrepienta de haber tomado esta decisión — respondí.
Finalmente, La Rata me quitó el vestido, lo tiró al suelo, y cuando me vio luciendo ropa interior negra y de encaje, su mirada perversa se intensificó. Sus ojos no dejaron de mirarme, aunque yo estaba completamente perdida en el placer que él estaba dándome en ese momento en que sus labios se acercaron a besar mis piernas con delicadeza, hasta que luego, besaron aquella zona sensible de mi cuerpo que aún estaba siendo cubierta por mi panti.
Poco a poco, mis gemidos fueron haciéndose mucho más fuertes, sus manos tocaban con fuerza mis pechos, y sus labios continuaban con su trabajo. Mis ojos se mantienen cerrados, y siento el preciso momento en el que su lengua finalmente hace su trabajo tocando la piel de aquella zona, pues en un abrir y cerrar de ojos, él había quitado mi panti, dejándome la libertad de moverme como pudiera mientras él trabajaba en conseguir que yo no me resistiera ante sus encantos sexuales.
— Dios… ¡Eres muy bueno! ¡Sigue así! — digo entre gemidos.
Él seguía en lo suyo, hasta que, de pronto, se apartó. Se puso de pie, se quitó el cinturón de su pantalón, mirándome directamente a los ojos mientras lo hacía, al tiempo en que se lame el sabor de mis jugos de sus labios, como si bien fuera su sabor de helado favorito que acaba de comer.
Me acomodo un poco, y abro más las piernas cuando siento que él se pone encima de mí.
Siento como su m*****o duro y erecto se presiona contra mi delicada zona, y mis jadeos y gemidos se hacen más incontrolables, casi pidiéndole a gritos que me hiciera suya de una vez, sin tantos rodeos.
Pero el juego s****l entre nosotros era divertido, se percibía el deseo y no quería que eso parara nunca.