La música seguía girando en el aire como un eco distante, pero mi mente ya no registraba las notas. El mundo se había reducido al peso de su mirada, al calor que aún latía en mis labios, al murmullo de su respiración tan cerca de mi oído. No era un beso casual; era un fuego que había encendido algo más profundo, algo que no sabía cómo apagar.
Me aparté apenas un paso, intentando recuperar el control, pero su mano seguía en mi cintura, firme, como si temiera que huyera, que me apartara de su lado. Más no lo haría. No podía hacerlo.
—Esto es una mala idea —murmuré, sin saber si estaba hablando para él o para mí misma.
Su sonrisa, que era pequeña, pero devastadora, apareció de nuevo. No había rastro de burla, solo una calma que me inquietaba más que cualquier juego de palabras.
—Las mejores cosas en la vida siempre empiezan como malas ideas —replicó. Su voz era un susurro, como si compartiera un secreto que nadie más debía escuchar y del que nada más quería era compartirlo conmigo, con nadie más.
Quise responder, decir algo que lo alejara, que pusiera una barrera entre nosotros, pero entonces lo sentí: su pulgar está trazando un círculo suave en mi cintura, como si quisiera asegurarme que aún estaba ahí. Era un gesto pequeño, casi insignificante, pero hizo que todo mi cuerpo se tensara.
—¿Qué es lo que quieres, de verdad? —logré preguntar, mi voz suena más firme de lo que esperaba.
Él inclinó ligeramente la cabeza, como si analizara mis palabras. Durante un segundo, pensé que no respondería. Pero entonces, su expresión cambió. La máscara que tanto había estudiado se desvaneció por completo, y por primera vez vi algo real en sus ojos.
—Quiero que dejes de luchar contra esto —dijo, sin apartar la mirada de mis ojos.
Mi pecho se contrajo, y el silencio que siguió fue peor que cualquier ruido. Quería negarlo, quería decir que no había "esto" entre nosotros, que todo era una ilusión creada por el ambiente, por la música, por la cercanía. Pero sabía que sería una mentira. Todo era real.
Lo que sea que había entre nosotros, ya había echado raíces, y no iba a desaparecer simplemente porque yo lo deseara.
—¿Y si no puedo? —pregunté, incapaz de evitar el temblor en mi voz.
—Entonces yo lo haré por los dos —respondió.
No había tiempo para procesar sus palabras, porque en ese instante su mano dejó mi cintura y subió a mi rostro. Su toque fue suave, casi reverente, como si temiera romper algo frágil. Sus dedos trazaron la línea de mi mandíbula, y luego se detuvieron justo debajo de mi barbilla, inclinándola ligeramente hacia él.
¿Quién diría que un hombre como él puede tener ese toque de romanticismo aun viviendo dentro de sí después de toda su reputación?
Todo dentro de mí gritaba que debía retroceder, detener esto antes de que fuera demasiado tarde. Pero no lo hice. En cambio, cerré los ojos y dejé que su cercanía me envolviera.
—Aria… —susurró, mi nombre sonando como una plegaria en sus labios.
El momento parecía eterno, una pausa entre dos mundos. Cuando finalmente se inclinó, y sus labios rozaron los míos por segunda vez, no hubo resistencia. Me rendí completamente, dejando que la sensación me envolviera, dejando que él me guiara en este juego del que ya no sabía si quería salir.
No éramos dos desconocidos compartiendo un beso. Éramos dos almas atrapadas, luchando contra algo más grande que nosotros. Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí libre.
Lo que siguió fue una espiral de sensaciones que me dejó sin aliento.
Cada paso hacia el cuarto rojo parecía más un descenso, no hacia la perdición, sino hacia una aceptación que ya no podía evitar que sucediera en ese momento.
Sus dedos, firmes y cálidos, se deslizaron por mi piel, y cada roce me parecía un recordatorio constante de que no había vuelta atrás.
La decisión ya estaba tomada; yo había caído profundamente en su juego, ambo habíamos perdido nuestras partidas.
Cada movimiento suyo, cada palabra, solo me empujaban más cerca de la inevitable rendición.
La distancia entre nosotros se redujo a una fracción de milímetros cuando llegó al umbral de la puerta. Mi respiración se volvió irregular, mi piel está muy caliente, como si el aire alrededor de nosotros se hubiera vuelto espeso, siendo cargado de una electricidad que ya no sabía cómo manejarla.
—No tienes que hacerlo, Aria —dijo, pero su voz sonaba más como una invitación que como una advertencia, o en pocas palabras, como una amenaza.
Me miró con esos ojos que parecían ver más allá de mi exterior, atravesando cada murmullo de mis dudas. Y ahí estaba, la misma mirada que me había desarmado antes, la que no me dejaba pensar con claridad. Y, sin embargo, fue esa mirada la que me empujó a avanzar. Era como si me estuviera pidiendo que no tuviera miedo, pero, ¿cómo no tenerlo? ¿Cómo no temer a lo que ya había comenzado a arrastrarme y de lo que ahora no había marcha atrás?
El cuarto rojo me recibió con su atmósfera densa, pesada, como si las paredes mismas estuvieran al tanto de lo que estaba por suceder.
Me tomó de la mano con un gesto firme, pero no rudo, como si quisiera asegurarme de que no escaparía, aunque, en el fondo, ni siquiera yo lo deseaba. Cerró la puerta tras nosotros con suavidad, dejando que el sonido de la cerradura se desvaneciera en la oscuridad.
Yo ya no le temía.
Sus labios volvieron a buscar los míos, esta vez con una intensidad que me desbordó. No era un beso romántico ni apasionado en su totalidad; era la mezcla de desesperación y deseo contenido, de promesas calladas que se entendían sin necesidad de palabras. Cada vez que se apartaba, solo lo hacía para mirarme, para medir cómo reaccionaba, cómo cedía ante él.
—¿Te asusta esto? —preguntó, su voz grave vibrando contra mi oído.
Mi respuesta se ahogó en la sensación de sus labios bajando por mi cuello, dejando un rastro ardiente que me obligaba a mantenerme quieta, a quedarme inmóvil mientras mi mente luchaba contra el deseo que no podía controlar. Cada caricia suya, cada presión de sus dedos, me recordaba lo frágil que me había vuelto en ese instante.
Quería contestarle, quería decirle que sí, que me asustaba. Pero no podía. Las palabras se me escapaban como agua entre los dedos. En lugar de eso, me aferré a él, permitiendo que su cuerpo me rodeara, me aprisionara, sabiendo que no quedaba nada más que dejarme llevar.
El ritmo de mi respiración era errático, y no podía decidir si lo que sentía era miedo o algo mucho más potente, algo que deseaba profundamente a pesar de mis intentos por negarlo. No sabía si estaba perdiendo el control o si, de alguna manera, lo había encontrado.
—Eres mía, Aria —dijo con una suavidad que hizo que me estremeciera, pero en su tono había algo más que posesión. Había un deseo absoluto, una certeza que no tenía cabida para el rechazo.
Mis piernas temblaban, mi mente estaba a punto de colapsar bajo el peso de sus palabras y su cercanía. Lo que fuera que estuviera sucediendo, ya no importaba. Era un torrente que me arrastraba, un remolino de sensaciones y emociones que me atrapaban sin remedio.
El roce de sus dedos en mi piel, el calor de su cuerpo acercándose al mío, todo me consumía sin piedad. Y cuando finalmente me besó de nuevo, ya no pude detenerme. Ya no quería hacerlo.
El cuarto rojo, con su atmósfera cerrada, se volvió nuestra única realidad. Y en ese momento, supe que todo lo que había sido antes de ese beso, de esa caricia, ya no existía.