Capítulo 7

2040 Words
Durante todo el embarazo fue lo mismo: Una constante discusión sobre lo que representaba tener un hijo cuando se era irrespetuosa e irresponsable hasta el ridículo, en relación a los dos miembros de la pareja; el desvío de atención sobre lo menos importante que era el ser de nuevo madre soltera y también, sobra decirlo, las amenazas hechas para que la embarazada supiera que el trato para el bebé no iba a ser igual que a mí. Ya era demasiado complicarse conmigo como para volver a tomar una responsabilidad que no le correspondía a nadie más que a mi madre. Los plazos son para cumplirse y pobre de quien se atreva a no acatar los designios de la vida como corresponde, porque la factura es cara y el cancelarla supone bastantes sacrificios. Mi hermano nació rodeado de incertidumbre. La marea que crecía a pasos agigantados en tan corto tiempo no fue posible detener y ahí estábamos todos ahora, con un sentimiento que figuraba lástima, aunque podría jurar que más bien era rabia. Mamá, que hasta entonces no había resuelto los conflictos de familia, repetía las condiciones denigrantes y por mucho tristes que no había vivido desde mi nacimiento. Fiel al estilo que ella misma procuró, trató de tomar las riendas de lo que se aproximaba sin saber que su capacidad para lograr vender las adversidades era mejor dicho reducida. Por eso a nadie sorprendió verla siempre cabizbaja y sin orientación Los primeros años fueron difíciles. No tenía un trabajo estable, andaba siempre de un lado a otro sin conseguir mucho, la lejanía del padre de la criatura estaba más que definida y las esperanzas por realinear el sendero se perdía en sus ensombrecidos ojos de quién quiere todo, pero nada puede. Fue por un golpe de suerte que al llegar a los casi dos años de vida de mi hermano, la señora pudo conseguir un buen empleo en una multinacional. Sin caer en el error de evaluar la situación como algo que llegaba para quedarse comenzó a mejorar su estatus. Luego de pasar tanto tiempo a la deriva, tenía a la vista puerto seguro. Regreso ahora al asunto de verdad trascendental, porque ese es el objetivo de mis líneas. La pequeña Daniela, que para fortuna no tuvo que soportar el distanciamiento de nadie, volvía a ser un punto fijo a dónde la madre dirigía su desprecio. La cosa estaba clara, no iba a permitir que el niño cada vez más juicioso, tomara el ejemplo de una adolescente a quien creían perdida. Si bien mi hermano estaba todavía lejos de ser aceptado por completo, tampoco podían permitirse cometer los mismos errores que sucedieron conmigo. Ya era suficiente la vergüenza que les ocasionaba en cada una de las ocurrencias que supuestamente yo ejecutaba y que con extrañeza solo me di cuenta porque lo decían. Y voy a decirle algo. Eso que me hicieron desde aquel tiempo en relación a mi hermanito fue lo que de verdad me ocasionó un sentir de desprecio absoluto a lo que me rodeaba. Le juro que ni siquiera los chismes de mi tío, el profesor o mi comportamiento me afectaron tanto como lo fue el hecho de no permitirme estar ni siquiera cerca de aquel maravilloso ser humano. - Es temprano, debe estar en casa.- Le dije a mi amigo mientras salíamos de la central de camiones. - Igual camine rápido, no vaya a ser que nos topemos por ahí a su mamá y nos la pinte colorada - Me respondía con razón en complicidad a lo poco que sabía Llegué al pueblo a eso de las siete de la mañana. Estoy segura que si lo hubiera previsto así, no fuera posible, aquellos autobuses tardaban años en llegar al destino con tantas paradas. Pero las condiciones se forman como resultado de las fuerzas internas que uno expulsa a modo de vibraciones al mundo, Yo no quería, contrario a lo que después se llegó a pensar, quedarme demasiado tiempo, incluso contra mi deseo que en verdad era el no dejarlo jamás. La intención fue que después de un tiempo de silencio, mi hermanito me viera y yo a él, para saber que a pesar de todo estábamos juntos, ligados con el alma. - ¡Que no! No quiero que se le acerque y más le vale que haga caso porque soy capaz de montarle a la policía.- La voz de mi madre al teléfono de escuchaba sincera.- Y no le tiente, porque hasta una orden de alejamiento le pego a la cara. En el trayecto aquello me retumbaba en la cabeza, pero no por miedo sino como si buscara que algo sucediera para vernos de frente, en directo, y descubrir que tan perra podría ser. Quizá incluso ahí podría de una buena vez dejar de soñar con un día vivir juntas, como nunca fue, para ser feliz A las ocho con quince estaba de pie frente a la casa. La encontré igual, como si el tiempo se hubiera negado a hacer de las suyas con ella y con quienes ahí miraban. Con una emoción real choqué los nudillos de la mano derecha con el vidrio de la portezuela que daba al balcón, y tal como esperaba, mi pequeño se asomó para saludarme. Marica, no puede imaginar el gusto que sentí de verlo ahí parado tan completo y grande, con ese rostro que el destino condenó a ser inexpresivo. Estábamos respirando el mismo aire y eso para mí ya era un tesoro. - Mi amor, está hermoso ¿cómo le va?- Tantos gritos podrían haber delatado mi presencia pero estaba muy emocionada. - Hola hermanita, bien. ¿Y usted?- Seco a su estilo me recibía el muchacho de mis amores - Bien, amor, bien también. Estoy muy feliz de verlo. Ni se imagina. ¿Ya va a la escuela? - Aún no, voy a desayunar y salgo. ¿Me espera? Ni siquiera pensé en la respuesta. Algunas frases después estaba junto a mi amigo en un parque cercano esperándolo para extender la conversación. - ¿Pero qué vaina es esa, Daniela?- Mi acompañante no daba crédito a lo vivido.- Por un balcón. ¡Qué carajo! Yo ni siquiera noté, embriagada del sentirlo tan cerca, que habíamos trabado la plática a través de una pared, a escondidas, como si el mundo debiera temer mi presencia, y me acongojé. Cuando jovencita, allá por los años del colegio en que me divertía buscando nuevas experiencias, lo tuve tan cerca de mí y por el suficiente tiempo como para saciarme y a la vez extrañarlo demasiado. Recuerdo que a donde iba, me seguía. La mayoría de las veces por petición de mi abuela que no desperdiciaba oportunidades para acechar como policía detrás de capo. Solo mirando y juzgando. En esas ocasiones, aún con las limitantes intelectuales que implicaba mi edad, no gastaba el tiempo en vano y al mismo que la pasaba, le entregaba buenos consejos al pequeño. Aunque no lo creyeran si lo decía, buscaba siempre la firma de que entendiera qué estaba bien y qué no. - Lo que yo quiero es que usted sepa que aquí tiene a su hermana que lo ama y daría todo por usted.- Mis manos apretaban las suyas mientras le hablaba - Toda esa mierda que usted ha escuchado, sáquela de su cabeza porque no le hace nada bien, ¿entendido? - Si, hermana. Yo no le hago caso a nadie. Escucho lo que dicen pero no me importa porque yo la conozco.- Me respondía con una firmeza que incluso asustaba en un niño de su edad. - Y quiera mucho a su mamá. El regreso fue terrible. Ni los polvos de los días siguientes tuvieron la fuerza para alejar la carita hermosa de mi pequeño y sus ojos viéndome fijo como si quisiera decirme tanto, pero el miedo a ser rechazado lo limitara. Y se lo dejé bien claro, conmigo las cosas se decían tal y como eran, ni más ni menos, y jamás debía sentir temor o pena de hablarme. En el camión voltearon a verme dos o tres pasajeros en repetidas ocasiones. Entre mis ojos rojos y los sollozos que se escapaban, habrán creído que mi compañero me habría hecho algo, así que me acurruque con él para calmar los ánimos externos y ver si lograba aunque fuera un poco de consuelo. Al pasar los años las cosas volvieron a su estado natural, como siempre. Pero no se pierda, a mi pesar, porque aún es mi madre, no me refiero a que mejoraron sino que se transformaron al punto de confundirse con el momento de inicio. Justo cuando mejor se sentía y pensando que había logrado una estabilidad merecida, fue desocupada de su trabajo. Aquello, como podrá imaginar, la sumió en una crisis depresiva hasta el punto de hacer volver a los mismos vicios personales que tanto luchó por vencer. Cierto es que ya no era la misma muchachita que a los diecisiete años tuvo su primer embarazo para ser abandonada. Tampoco bebía con ansiedad cualquier botella de alcohol que se le pusiera en frente y ya ni siquiera salía a parrandear cómo era una costumbre bien puesta, pero los enojos y sus consecuentes disputas se volvieron la orden del día. Ahí estaba yo entonces para vivir de nuevo bajo su sospechosísimo y los inmerecidos desprecios que con ahínco recargaba en mi humanidad. Un día bastante gracia me causó un reclamo que me hizo sobre la visita a mi hermano. Una semana después del encuentro, supo que estuve en el pueblo y yo sin saberlo entonces, me enteraba que había puesto un candado aún más fuerte a su vida para evitar una situación igual en el futuro. Pobre de mi madre. Ella creía, en su mente que favorecía la desgracia, que yo estaba afanada en una persecución para maleducar a mi hermano y estoy segura que si tuviera una pequeña idea de todo lo que vivía en la época, esa boca que se llena de maldiciones se cerraría de una vez por todas. México me recibió incluso mucho mejor que como lo pensé o soñé y aunque es un tema que voy a detallarle más adelante, quiero decirle que ni eso pudo salvarme de tanta injuria, tanta farsa, de los fariseos. Me sorprendió por ejemplo cuando mi madre me visito muy a su conveniencia para limar asperezas y tratar de encontrar un punto medio a la reconciliación, para después, cuando se largó de nuevo, retomar el coraje que empeña sobre mí. - Ya le dije, mi amor. Quiero que sea feliz, pero para usted y nadie más.- Mis palabras estaban cargadas de amor y seguridad. - Yo lo sé hermana. Y yo también lo quiero. Para que lo sepa y esté tranquila, voy a estudiar muchísimo y dedicarme a mis cosas muy bien para demostrarle a mamá que no somos una basura como ella dice.- Cuando hablaba mi hermano, podía sentir todo el coraje que durante su corta vida había recolectado. - Pero piénsele bien. Acuérdese que usted es dueño de sus decisiones y lo que haga o deje de hacer es solo para usted. Estoy segura que va a lograr todo lo que se propone, nada más no deje nada por nadie. Y ya sabe que desde acá estoy esperando para traerlo pronto a vivir conmigo - Esa declaración no era nueva pero con más edad, mi hermanito ya pensaba diferente - Usted no se preocupe por eso porque yo de aquí del pueblo salgo para Bogotá a estudiar y cuando acabe voy a tener una gran casa con los coches a la puerta para que mejor dicho usted se venga conmigo. Yo de verdad prefiero quedarme en Colombia y que todo el mundo vea cómo somos de felices. Y tenía razón. En esos audios que nos enviamos durante la noche, a hurtadillas porque la mamá le había quitado antes su móvil para que no hablara conmigo, me dio dos lecciones para no olvidar: La primera es que no hay impulso más fuerte que el que nosotros mismos nos damos para lograr nuestros objetivos y la segunda que nadie tiene la fuerza para apagar la llama que poco a poco se enciende dentro de nosotros con el objetivo de ser felices.
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