Capítulo 13

1287 Words
Ya borracho, sofocado por mi belleza y las piernas torneadas y lisas que bien puedo presumir, me preguntó si me iba con él a otro lado. Mi respuesta fue que sí, sin problema, solo que para poder hacerlo él debía pagar la multa que correspondía. Eran setenta dólares que dejaba en caja y además mi tarifa aumentaba a doscientos cincuenta dólares y aunque era por seis horas yo le reduje el tiempo a cuatro por cualquier cosa. Le pareció lo más correcto y me preguntó a dónde debía avisar. Salimos del lugar con dirección a un muy buen hotel a eso de las diez de la noche. Era aún temprano y en definitiva aquello iba a resultar mejor de lo que planee para ese día. Era el segundo cliente. Cuando estuvimos en la habitación nos instalamos. El sujeto me aseguró desde antes que no tenía intención de coger, más bien buscaba hacer plática y si se daba la química que correspondía, lo hiciéramos. Me reí silenciosa porque además de estúpido, era una ganga para mí. Y en efecto, hablamos tanto y de varias cosas que de pronto nos quedamos dormidos. Ni siquiera nos dimos cuenta y al despertarse, ahora sí con ganas y para aprovechar el pago, me dijo que se bañaría para salir y hacerlo. Le prometí esperarlo con ansias. Pero tonta no soy. Además habían transcurrido las cuatro horas. Solo al escuchar el sonido del agua caer sobre su cuerpo me agarré mis cosas y pelé la malla, como decimos en mi ciudad. Descalza usé las escaleras de servicio para llegar al estacionamiento y ahí hice la parada a un taxi. Pendeja si me quedaba. Al fin de cuentas ya había pagado por adelantado. Ni siquiera imagino la cara que ha de haber puesto al salir de la regadera y encontrar la habitación vacía. Esa noche fue la que decidí obtener mi pasaporte. Por supuesto que no iba a quedarme demasiado tiempo ahí. Había algo que me indicaba mi camino y en definitiva era un lugar muy lejos y es que hay algo importante que explicar. Aunque bastantes lo nieguen, en toda mujer hay una puta interior. Esa parte solo necesita de un impulso, una acción o incluso una simple canción para activarse. Esta dentro pero por más que le rebuscaba, no era lo mío. Es decir, he sido puta sin presión. Conocí a bastantes hombres y a muchos los he amado sin medida como para entregarme de la misma forma. En aquel tiempo el hecho de saber que necesitaba un trabajo y salir pronto de mis problemas era suficiente para hacer lo que debía. Y si, poco a poco me fui dando cuenta que hay cosas que no tolero y una de ellas es escuchar toda la mierda que los hombres van y tiran para hacerme caer. No lo saben pero no existe ni un hombre, uno solo, que tenga la labia suficiente para hacerme rebajar a sus impulsos. Era eso lo que me daba a entender que no podía seguir por mucho tiempo y lo confirmaba cuando veía a mis compañeras alegres bailando, echando la risa, platicando con toda calma para ir después a echarse un polvo de treinta minutos. Semejante desgaste para una culeada, no para nada, no era mi caso. Lo mío más bien era darle duro a cuánto se pudiera y en una de esas ser protagonista de esas anécdotas que contaban en dónde alguna trabajadora había sido descubierta por un extranjero y se la llevaba lejos. Tal vez ingenua la idea, pero nunca improbable. Pudo ser al final de cuentas la desilusión pero es la razón por la que no lo volví a hacer de nuevo. Llegados los quince días del primer contrato, yo aún no tenía mi cédula. Cómo le conté, fui a ordenarla en la registraduría en Santa Martha, cuando vivía con Nora, pero por cualquier motivo no fui por ella y como había solicitado la trasladaron a Bogotá. Qué necios son que cuando fui a recogerla acompañada de mi amiga, me avisaron que quedó en la otra ciudad. El lugar pintaba para bastantes cosas. El estar rodeada de muchas mujeres que como una habían sufrido una cantidad terrible de asuntos y que estaban en la búsqueda de salir adelante me permitió hacer una especie de amistad con algunas. En cada habitación nos concentraban a seis. Tres de cada lado. Ahí, con quién pudieras trabar plática, se hacía tu cercana y de eso podían salir incluso nuevas experiencias, como me sucedió con Yoselyn. Ella, colombiana de nacimiento, en una plática de comedor nos contó a otras que al cumplir el contrato que tenía iba a salir unos días para encontrarse con un extranjero que cada visita a Colombia le llama para acompañarlo. Estaría en Cartagena y disfrutaría. Que chimba, le dije mientras terminaba su relato y le pedí también que no dudará en avisarme porque si coincidían las fechas me gustaría acompañarla. Sonrío con un gesto afirmativo que cumplió. En aquel lugar no me fue tan bien como imaginé. Si acaso hice tres servicios y aunque bien pagados, no iba a alcanzarme para todo. Intenté saber la razón de mi baja popularidad y alguien me comentó que por allá los hombres las prefieren morenas, a diferencia de Bogotá en dónde las mujeres blancas llaman muchísimo la atención. Así que me quedé en el hotel mientras Yoselyn salía con su hombre. Ahí botada y sin oficio me arrepentí de haber hecho el viaje. En Bogotá al menos tenía hospedaje y comida, así hice lo que cualquier ex tóxica podría hacer mejor. Llamar por teléfono. Nora ya me había visitado en mi nuevo hogar. Cuando supo mi ubicación no dudó ni un momento para ir hasta mí. Me llevó drogas, alcohol y sobre todo un gran escándalo que terminó en su partida abrupta. Yo no quería ya nada con ella, la estaba pasando de maravilla y no iba a permitir que volviera a hacerme el mismo daño. Por eso de regreso a Santa Martha, después de que me dijo que con gusto me recibía, pensaba en mí como una mal agradecida, aunque no duró demasiado aquel sentimiento porque me quedé dormida. Ahí, lo primero que hice fue ir por mi cédula. Como burla del destino, me avisaron que la habían enviado a la nevera. Ante el escenario y lamentándome porque mi viaje había sido en exclusiva para eso, decidí quedarme más tiempo. Ocho días tuvieron que pasar para mi regreso. En ellos pasábamos el tiempo con gracia y sin pena. Nora y yo pasábamos por la playa, íbamos a comer y regresábamos de beber emocionadas. Por toda la costa se me veía en finito traje de baño que provocaba todos los sonidos de claxon de quienes pasaban. En el bar las miradas me perseguían lo mismo si bailaba como si me acercaba al baño. Era una locura y me daba cuenta pero en realidad eso me importaba un carajo. De manera estúpida volví a enamorarme de Nora. Mi enculamiento duro y fue lo suficiente como para antes de irme proponerle a la mujer que se fuera conmigo. Le pedí casi rogando que pensara en lo genial que estaríamos, ella ni siquiera tendría que trabajar porque yo me iba a ocupar de ella en lo que necesitará y cuando menos lo pensara ya estaríamos en México. Allá podría seguir con su oficio. Trate de animarla por varias opciones pero para mal mío no fue posible convencerla. Estaba decidida a dejarme ir. El camino de regreso fue doloroso. Otra vez con la frente pegada al cristal del camión, lloraba lágrimas de puro dolor, lágrimas reales, de las que sueltan la tristeza que deja de caber en el alma cuando estás herida.
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