El primer paso fue sencillo de superar. Mandé un mensaje y al momento me respondieron. Tenía que tomarme una fotografía de cuerpo completo y vestida, otra de la misma toma solo con brassier y una tercera del rostro. Que fácil, pensé mientras regresaba camino al departamento para arreglarme.
Como por ese tiempo aún tenía el cabello corto, mis intentos por parecer aún más preciosa de lo que era a voz de otro, fueron mayores. Esperaba que el asunto de mi cabeza no resultará contraproducente y sin dejar de hacer un esfuerzo grande por fin me decidí por las imágenes que enviaría. Regresé al ciber café y me conecté para cumplir lo solicitado. Resulté agradable a los ojos de quien tenía el trabajo de seleccionar y me avisaron por teléfono que al día siguiente debería presentarme.
- Pero ¿Cómo te vas a meter ahí, china? Van a terminar matándote por cualquier cosa - Deyanira no daba crédito a lo que escuchaba pues antes yo le hice saber que eso era algo que jamás haría y bueno, las circunstancias ahora no daban para más.
- No me queda de otra, no sé qué hacer. Por favor mantente al pendiente, por si no regreso ya sabes a dónde iba.- Fue todo lo que le dije al final.
El barrio era horrible. Una zona trágica que para fines turísticos no era más que el área de tolerancia, la zona rosa. Entre las calles llena de borrachos y drogadictos resaltaba el lugar. Un edificio que adentro parecía de lujo y no era para menos pues el prostíbulo era uno de los más exclusivos en todo Bogotá. Entré a la entrevista esperanzada de nuevo. Creía, como todas lo hacen, que al ser aceptada ahí podría mejorar mi estado económico y sobre todo plantearme un futuro a lograr. Así fue.
La explicación fue sencilla. Tenía dos opciones: Quedarme ahí a vivir y trabajar todos los días o hacerlo solo los fines de semana. Mi estancia incluiría además del alimento, pago diario, lo que contrastaba con la segunda opción que se pagaba solo en las quincenas. Por supuesto que no fue muy difícil decidir hasta donde iba a llegar. En los últimos días las constantes llamadas del dueño de la casa eran para decirme que era hora de pagar y yo no tenía nada de plata, ni un centavo. Ellos mismos al final de la entrevista me llevaron la maleta a donde sería mi dormitorio.
El primer día fue horrible. Ni siquiera llevaba buena ropa e incluso tuve que cortar uno de mis vestidos favoritos que a todos lados llevaba para estar a tono con las demás que andaban por todos lados casi desnudas. Me tocó despachar a un único cliente. Un gordo asqueroso que además de ser mi peor experiencia, suponía el inicio de algo que aunque no estaba muy segura, me sentía obligada.
Entramos a la habitación. Lo senté en la cama. Le pedí que me esperara mientras me desvestía en el sanitario y de regreso ya estaba bien acomodado para que me lo cogiera. Solo de recordar aquella cara expandida por la grasa bajo sus cachetes, la panza que apenas y me dejaba moverme adelante o atrás y el olor a perfume barato me hacen sentir algo de repulsión.
Por fortuna no duró mucho. Con apenas media hora de tiempo mi trabajo estaba hecho. Al día siguiente salí a visitar algunas tiendas para comprarme ropa y una peluca.
Los siguientes días fueron más amables conmigo. Si bien había noches que recibía apenas a un cliente, otras se amontonaban para ser de a dos o tres. Eso me provocaba una alegría inocente pues recibir cien dólares con tan poco esfuerzo y por algo que hacía gratis, era más de la cuenta.
Por supuesto que también estaban los días grises, aquellos en que no había más que subir al tejado a fumarme un porro de marihuana mientras las demás culeaban con dinero en mano.
En cualquier oficio que uno tome, siempre termina acostumbrándose a lo que implica. En el negocio más antiguo del mundo y hasta hoy uno de los más famosos, prácticos y mejor pagados, tendría que ser igual. Llegó un momento en que me sentía satisfecha con lo que hacía. Si bien, como le dije a Deyanira en otro tiempo, no pensaba quedarme en ello toda la vida, en parte también porque eso era imposible o repugnante, me la pasaba de maravilla. Y es que a comparación de otros momentos de la vida en que sufría hasta la médula, en esta ocasión ya podía vislumbrar un panorama distinto. Quizá hasta tenía razón el médico, mi ex novio.
Angelito, ¿Le ha preguntado a alguien como es un día común para esa persona? Bueno, a mí también me han cuestionado sobre eso siempre que me sincero con alguien sobre mi pasado. Hoy respondo con más tranquilidad que despierto, desayuno, me aseo, hago los quehaceres de casa y me pongo manos a la obra para vivir; pero durante mi estancia en el castillo era distinto. Se lo cuento.
Para empezar, mi día no era como hoy que empieza a las siete u ocho de la mañana, para nada. Mi día iniciaba a las siete de la noche cuando comenzaba a arreglarme para bajar a la zona de clientes. Hoy, si ves mis r************* , estoy segura que te sorprenderás por la cantidad de fotos que cuelgo en dónde me veo fantástica, hermosa, como pocas en realidad, pero esa imagen que por supuesto celebro tuvo que trabajar desde mi cabeza pues hace pocos años no me creía tan especial y sí, a esa hora que iniciaba mis actividades me empeñaba con una fuerza sobre natural en parecer más linda, más buena y tentadora.
Maquillaba mi rostro, me probaba dos o tres vestidos, tomaba los altos tacones que a veces alcanzaban los veinticinco centímetros y después de dar una ojeada a mi espalda para revisar que mis nalgas estuvieran al punto, bajaba por unas escaleras sostenida del pasador. A las ocho de la noche daba mi primera vuelta para ver si algún hombre caía rendido y claro que lo hacían, marica. Estaban vueltos locos por el desfile de mujeres que tenían frente a ellos, mujeres como las que no tenían en casa y eran incapaces de conseguir en otro lado porque eran hasta tontos para el ligue.
Así avanzaban las horas y al punto de las cuatro de la mañana si no había servicio especial, regresaba a mi habitación rajada de plata, ya sin los zapatos y súper contenta.
Encendía la televisión justo cuando comenzaba un capítulo de los Simpson y con las arepas que siempre han sido parte de mi comida favorita, esperaba a las seis para dormir. Abría mis ojos de nuevo hasta el mediodía. Bajaba al comedor de las putas y salía si era necesario para hacer uno que otro negocio pendiente.
Le voy a confesar que hay veces que los tipos me sacan de quicio. Para empezar, esta es la primera vez que lo cuento con apertura, por una u otra razón, jamás había pensado en decir cuánto me ocurre en relación a mis actividades pero si sucedía, los manes emocionados me escuchaban con la boca abierta. Pensaban, con estúpida lógica, que en esos lugares estábamos todas libres con un deseo s****l inacabable y no dejaban de verme como una máquina s****l. Se equivocaban todos. Al ser seres humanos como cualquier otro, reíamos, llorábamos, nos gastábamos tiempo en pláticas vanas e incluso una que otra hablaba sobre su pareja actual y la forma en que lo amaba.
Una de las noches en que decidí lucir espectacular, llegó hasta mi uno de esos tipos que andan buscando por todos lados prostitutas para llevárselas de mujer, es un clásico. Me invitó una copa, me preguntaba que hacía ahí, si mantenía a alguien de la familia, mi edad, que si tenía hijos y una serie de cuestiones que mejor dicho eran parte de un puto interrogatorio. Cómo sea, dado que llevaba buena intención, decidí seguirle el juego.