Límites y Verdades
El silencio en la terraza se volvió pesado, como si las palabras no dichas se acumularan entre ellos. Sofía mantenía la mirada fija en Sergei, tratando de encontrar en su rostro una explicación a sus palabras. Pero él, con esa máscara imperturbable que siempre llevaba, solo se mantenía cerca, dejando que la tensión hablara por él.
—¿Qué quieres decir con “las que vienen”? —preguntó Sofía, cruzándose de brazos para protegerse de la vulnerabilidad que sentía.
Los ojos de Sergei brillaron un instante bajo la tenue luz de la luna. Era una chispa que delataba algo más profundo, una emoción que él luchaba por mantener enterrada. Dio un paso atrás, como si el simple hecho de estar demasiado cerca de ella fuera peligroso.
—La familia está moviendo piezas, Sofía. —Su voz era baja, casi un susurro que se perdía en la brisa—. Hay alianzas que se están formando y otras que están en juego. Quiero que te mantengas alejada de todo esto.
Ella soltó una risa amarga, un sonido que resonó en la quietud de la noche. —¿Alejarme? ¿Cómo se supone que lo haga cuando mi vida está atada a estas alianzas? —Su tono se quebró un poco, y por primera vez, dejó entrever el cansancio que cargaba desde hacía tanto tiempo—. No puedes protegerme de algo en lo que nací.
Sergei la observó en silencio por un momento. Parecía debatirse internamente, como si considerara qué tanto podía decirle sin cruzar un límite que lo pusiera en peligro a él también.
—No voy a permitir que te vean como una debilidad —dijo finalmente, con un tono que no admitía réplica. Había algo en la manera en que la miraba, una mezcla de protección y algo más, algo que hacía que el corazón de Sofía latiera con fuerza.
—¿Y tú? —preguntó ella, atreviéndose a dar un paso hacia él—. ¿Qué es lo que tú ves cuando me miras?
Sergei la observó, y por un momento, la máscara cayó. Sus ojos mostraron cansancio, anhelo y una verdad que hasta ahora había ocultado. Pero tan rápido como apareció, volvió a cubrirse con su fachada de hierro.
—No importa lo que yo vea —respondió, desviando la mirada—. Lo que importa es lo que vean los demás.
Sofía quiso protestar, insistir, pero un ruido desde el interior de la casa los hizo volver al presente. La fiesta continuaba, y el sonido de una risa familiar le heló la sangre. Reconocía esa risa en cualquier lugar: Dimitri estaba cerca, y aunque normalmente la hacía sentir protegida, esta vez sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Necesito que confíes en mí, Sofía —dijo Sergei, sus ojos volviendo a clavarse en los de ella con una intensidad que la dejó sin aliento—. Pase lo que pase, confía en mí.
Y sin esperar una respuesta, se giró y desapareció entre las sombras, dejándola sola en la terraza, con el eco de sus palabras grabado en el corazón y una inquietud que no podía ignorar.