Encuentros y Advertencias
El eco de las risas y los murmullos llenaba la sala, pero para Sofía, todo sonido se desvaneció cuando sus ojos se encontraron con los de Sergei al otro lado del salón. Había algo en la intensidad de su mirada, algo que ella no entendía pero que sentía profundamente. Intentó desviar la vista, concentrarse en las conversaciones que la rodeaban, pero su mente ya estaba atrapada en la red de preguntas y emociones que Sergei provocaba.
Dimitri, siempre atento, no dejó pasar el intercambio. Con un movimiento elegante, se acercó a Sofía, su sonrisa encantadora oculta tras un aire de misterio. —Pareces distraída esta noche, hermana menor —dijo, con un tono que podría parecer casual, pero que estaba cargado de intención.
Sofía levantó la barbilla, forzando una sonrisa que no alcanzó sus ojos. —Solo disfrutando de la velada, Dimitri. No siempre tenemos la oportunidad de reunirnos todos.
—Es cierto. —Dimitri tomó una copa de una bandeja cercana y le dio un sorbo, sus ojos observándola con una mezcla de curiosidad y advertencia—. Pero estas reuniones no son solo para disfrutar, ¿verdad? Siempre hay algo más.
La joven lo miró fijamente, intentando descifrar qué tanto sabía o sospechaba. Dimitri, con su habilidad para leer a las personas, era tan desconcertante como protector, y eso la hacía sentir vulnerable.
—¿A qué te refieres, Dimitri? —Sofía lo retó, aunque su voz tembló ligeramente.
Antes de que él pudiera responder, una mano firme se posó en el hombro de Sofía. Ella giró la cabeza y se encontró con Sergei, cuya proximidad la hizo contener la respiración. Había algo en sus ojos que la hacía sentir desnuda, como si viera más allá de su fachada controlada.
—Dimitri, necesitamos hablar —dijo Sergei, sin apartar la vista de Sofía.
El hermano de Alexander levantó las cejas, divertido. —Por supuesto. Pero no te la lleves lejos, Sergei. Esta noche es especial.
Sofía sintió cómo el calor le subía al rostro, una mezcla de confusión y rabia. Pero antes de que pudiera protestar, Sergei la tomó suavemente del brazo y la guio fuera del bullicio, hacia una terraza apartada. El aire fresco de la noche la envolvió, aliviando el calor de sus pensamientos desordenados.
—¿Qué crees que estás haciendo? —Sofía rompió el silencio, liberándose de su agarre.
Sergei la miró, su rostro endurecido y sus ojos como dos centellas de acero. —Protegiéndote.
Ella se quedó sin palabras. Nunca había esperado que Sergei, de todos los hombres, se preocupara por su bienestar más allá del deber. Pero ahí estaba, frente a ella, con una sinceridad que la desarmaba.
—No necesito tu protección —susurró, aunque la firmeza en su voz no logró ocultar el temblor que sentía en su interior.
Sergei se acercó un paso más, lo suficiente para que sus respiraciones se entrelazaran. —Lo sé, Sofía. Pero esta noche, y las que vienen, necesitarás mucho más que eso.