Max Llevaba treinta minutos observando a Julieta dormir en el sofá de mi oficina, acurrucada sobre sí misma. Se veía adorable, linda y tan hermosa que lastimaba. El cabello esparcido por toda la tela, como un abanico que quería enredar en mis dedos. Sus labios rosados un poco abiertos por el sueño profundo, sus parpados se movían como si estuviera soñando. Nunca la había visto dormir, y quería ser su almohada, acariciarla, grabar este momento en mi retina. Que fuera mi canción de cuna cuando cerrara los ojos todas las noches. Ojalá esa pudiera ser la imagen que mirara todos los días a mi lado en la cama antes dormir. Había venido a mi oficina cuando terminó con su trabajo, como todos los días, esperando por mí para ir a casa. Quería creer que solo lo hacía porque yo era su único medio

