CAPÍTULO 1¡Vacaciones al fin!
Ring, ring, ring, ring…
El timbre del aula estalló como una liberación colectiva. Mochilas se cerraron con cierres metálicos, risas brotaron de cada rincón y el peso del semestre desapareció en un suspiro. Yo sonreí guardando mis cuadernos de arquitectura —era la última clase del año.
Mi nombre es April Stuart. Veintiún años, cabello rojo como el fuego y ojos grises que ven más de lo que dicen. Mis padres murieron en un accidente cuando tenía diez años, así que vivo con mi abuela Mónica y mi tío Ricardo. Estudio arquitectura, como mi madre antes que yo.
—¿Te quedas ahí sentada todo el día, April? —Alice me empujó suavemente. Su cabello rubio corto y su vestido floral la hacían imposible de ignorar.
—Claro que no. ¿Cuál es el plan?
—El Underground. Área VIP reservada. Celebración en grande —anunció con esa sonrisa que prometía travesuras.
En la cafetería encontramos a Vanessa, morenita alta y atlética, retocándose el maquillaje como si fuera una alfombra roja.
—Tommy vendrá por mí, así que quiero lucir bien —dijo mientras guardaba su bolsa.
Pedimos un Uber y la ciudad nos recibió con su ruido y promesas de verano. Treinta minutos después, el Underground vibraba con música alta que se escuchaba desde la calle y luces de colores que se filtraban por debajo de la puerta. El local estaba en un sótano de un edificio antiguo del centro histórico, y la cola de gente esperando para entrar era interminable. Pero nosotros pasamos directamente: el portero nos reconoció cuando vio a Alice.
—¡Alice, cariño! Tu primo ya me avisó. Pasa, pasa —dijo con una sonrisa.
Al cruzar la entrada, el ruido de la música nos envolvió por completo. Paredes de ladrillo visto, luces de neón azules y rojas, mesas de madera oscura que parecían sacadas de una vieja factoría. Mi tío Ricardo nos esperaba en el área VIP, detrás de una cortina de terciopelo rojo, junto a Tommy y algunos amigos suyos del mundo de la música.
—¡Por fin! Mis tres princesas —exclamó Ricardo levantando su vaso—. Brindemos por el fin del semestre y por el verano que viene. ¡Que sea inolvidable!
Bebimos cócteles con nombres divertidos: Huracán Tropical, Rosa Salvaje, Noche de Estrellas. Vanessa pidió un cóctel sin alcohol porque tenía entrenamiento al día siguiente, pero se dejó llevar por la emoción y acabó probando el nuestro. Alice se lanzó a la pista de baile de inmediato, moviendo sus caderas al ritmo de la música electrónica que ponía el DJ. Pronto la siguieron otras chicas, y hasta Tommy se animó a bailar con Vanessa —aunque sus pasos eran más bien torpes.
Yo me quedé un rato en la mesa, observando la multitud mientras me tomaba un cóctel de piña y ron. El alcohol me calentó la garganta y me hizo sentir más ligera, así que me levanté y me uní a mis amigas en la pista. Bailamos juntas, riendo y cantando a todo pulmón aunque no conocíamos las letras. Alice se subió a una mesa baja para bailar, haciendo que la gente la vitoreara, y Vanessa demostró por qué era jugadora de voleibol con movimientos ágiles y llenos de gracia.
Cuando el DJ cambió la música por un ritmo más lento, Tommy llevó a Vanessa a un rincón de la pista para bailar abrazados. Alice se acercó a mí con una sonrisa traviesa.
—¡Mira qué buena onda está todo! —gritó por encima del ruido—. ¿Ves ese grupo de chicos en la barra? Han estado mirándonos desde hace rato.
Seguí su mirada, pero no les presté mucha atención. Me fui a la barra a pedir agua, necesitaba refrescarme un poco. Mientras esperaba, me tomé un trago de cerveza que me ofreció uno de los amigos de mi tío, y conversé un rato con ellos sobre sus proyectos musicales.
Entonces lo vi.
Alto, cuerpo trabajado, tatuajes asomando por el cuello y las mangas cortas de su camisa negra ajustada. Cabello oscuro casi n***o, peinado hacia atrás y húmedo bajo las luces del bar. Sus manos eran grandes y fuertes, con uñas cortas y limpias. Pero sus ojos… eran azules, muy azules, pero fríos como el hielo del norte. No sonreía, no hablaba con nadie. Simplemente miraba el lugar con una expresión impasible, como quien evalúa cada detalle… hasta que sus ojos se detuvieron en Alice.
El aire se volvió más denso, como si una tormenta se avecinara. El hombre se acercó sin decir nada y tomó a Alice de la mano. Ella lo miró a los ojos, sonrió como si hubiera encontrado algo que buscaba desde hace mucho tiempo, y no se resistió. Al contrario: cogió su mano con fuerza y lo llevó hasta el centro de la pista.
Bailaron. No era un baile como los demás —no alegre ni desenfrenado. Era lento, intenso, casi una danza ritual. El hombre la sostenía por la cintura con una mano fuerte, mientras la otra se perdía en su cabello rubio. Alice movía sus caderas contra las suyas con una gracia que yo nunca había visto en ella, con una mezcla de deseo y algo que parecía miedo en su rostro. La multitud se apartó para dejarlos espacio, como si instintivamente supieran que esa escena era privada.
Alice lo besó. Un beso largo y provocador, con los labios abiertos y los cuerpos pegados como si fueran uno solo. La música bajó de golpe, como si el DJ supiera lo que estaba pasando, y el beso se alargó hasta que pareció que el tiempo se detuviera. Luego, el hombre le dijo algo al oído, ella asintió con una sonrisa traviesa, y desaparecieron entre la multitud.
—Esto no me gusta —murmuré, apoyándome en la barra y pidiendo otro vaso de agua.
—Relájate, April —dijo Vanessa, que acababa de llegar con Tommy—. Es solo diversión. Alice sabe lo que hace, siempre lo sabe. No te preocupes tanto.
Asentí, aunque no estaba convencida. Miré hacia la puerta por donde se habían ido, pero no los veía. El aire seguía estando pesado, cargado de una tensión que no lograba entender. Mi tío Ricardo se acercó y me puso una mano en el hombro.
—¿Estás bien, niña? Te veo un poco pálida. ¿Quieres que te lleve a casa?
—Estoy bien, tío. Solo necesito un poco de aire —respondí.
Tommy y Vanessa me llevaron a casa poco después. Mi abuela Mónica ya dormía, pero había dejado un vaso de agua y pastillas para la resaca en mi mesita de noche, junto a una nota que decía: “Duerme tranquila, mi amor”.
Desperté con un dolor de cabeza infernal. La luz del sol colaba por la ventana: once de la mañana. Me senté en la cama, masajeando mi sien, cuando el teléfono comenzó a sonar.
—¿Sí?
—¡April! ¡Despierta! —sonaba eufórica Alice—. Empaca todo lo necesario para unos días. Nos vamos de viaje a una villa cerca del océano. ¡Vacaciones en serio!
—¿Viaje a dónde? ¿Con quién? —pregunté, aún medio dormida.
—Conmigo, contigo, con Vanessa… y unos amigos más. Nada de excusas, ya estoy por tu casa para buscarte.
Me quedé en silencio unos segundos… y sonreí. Una villa. El mar. Mis amigas. Parecía perfecto.
—Dame unos minutos, ya bajo —respondí.
Colgué y me dejé caer sobre la cama. No sabía que esas vacaciones no nos devolverían iguales.
Algunas historias comienzan con risas. La nuestra comenzó con una mirada… y una mentira.