(Primera persona – April)
La mansión de Tamara en México era un paraíso de lujo desbordante: techos altos con vigas de madera tallada a mano, pisos de mármol italiano que brillaban bajo la luz del sol que se filtraba por ventanales enormes con vistas a jardines exuberantes llenos de palmeras y fuentes susurrantes. Cada habitación olía a jazmín fresco y a esa mezcla sutil de riqueza antigua y poder oculto. Me sentía como una intrusa en un mundo que Tyler había construido con sangre y astucia, pero al mismo tiempo, en sus brazos, todo parecía encajar. Esa mañana, mientras desayunábamos en la terraza —huevos rancheros con salsa picante casera, jugo de naranja recién exprimido y café n***o como la noche—, Tyler recibió una llamada de Thiago que lo hizo tensar la mandíbula.
—April, amor, tengo que ir a la finca ahora mismo —dijo, dejando el tenedor con un clink suave contra el plato de porcelana fina—. Thiago tiene al ladrón amarrado. No puedo dejar que esto se pudra más tiempo. Es un mensaje que debo enviar yo mismo.
Lo miré, mi corazón acelerándose un poco, no por miedo —ya me había acostumbrado a su mundo crudo—, sino por la frialdad que veía en sus ojos. Esos ojos que por la noche me devoraban con pasión, ahora eran como acero helado.
—¿Y yo? ¿Me dejas aquí sola? —pregunté, tratando de sonar ligera, pero mi voz traicionaba una pizca de inseguridad. La mansión era hermosa, pero sin él, se sentía como una jaula dorada.
Tyler se levantó, rodeando la mesa para tomarme el rostro entre sus manos fuertes, tatuadas. Me besó profundo, su lengua invadiendo mi boca con esa posesión que siempre me hacía mojarme instantáneamente.
—No estarás sola. Quédate con mamá y Tina. Hablen, rían, tomen sol en la piscina. Volveré antes de que anochezca. Y esta noche... esta noche festejamos el cumpleaños de Tina como se merece. En la disco del centro, con todo el lujo que pueda comprar. Te prometo que será inolvidable.
Tamara, sentada al otro lado de la mesa con su bata de seda bordada en oro, sonrió con esa elegancia maternal que ocultaba años de secretos.
—Ve, hijo. Nosotras nos encargamos de April. Tina y yo la haremos sentir como en casa. ¿Verdad, mija?
Tina, con sus 18 recién cumplidos —había sido un cumpleaños discreto en familia el día anterior, con pastel de tres pisos y champagne importado—, asintió entusiasta, su cabello n***o cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros bronceados.
—Sí, April. Vamos a la piscina. Te presto mi bikini nuevo, el rojo que compré en la ciudad. Y cuéntame más de ti... de cómo domaste a mi hermano el salvaje.
Tyler me dio un último beso, mordisqueando mi labio inferior con esa rudeza juguetona.
—Pórtate bien, pelirroja. Piensa en mí mientras nadas. En lo que te haré esta noche en la disco... o después.
Se fue en su Jeep blindado, rugiendo por el camino de grava, y yo me quedé con Tamara y Tina. Pasamos la mañana en la piscina infinita, el agua tibia como un abrazo, con cocteles de piña colada servidos por el personal en bandejas de plata. Tamara me contó anécdotas de Tyler de niño: cómo robaba mangos del jardín vecino, cómo siempre protegió a Thiago y Tina con uñas y dientes. Tina, más audaz, me interrogó sobre nuestra vida en Los Ángeles.
—¿Es verdad que Tyler tiene un hotel de cinco estrellas? ¿Y autos de lujo? Dios, debe ser como vivir en una película. Pero dime la verdad, April: ¿no te asusta su... lado oscuro? El cartel, las drogas, todo eso.
Suspiré, flotando en el agua con el sol calentando mi piel.
—Al principio sí. Pero ahora... lo amo tal como es. Crudo, peligroso, pero mío. Me hace sentir viva, Tina. Como si cada día fuera una aventura.
Tamara intervino, su voz suave pero firme.
—Ese es el secreto, mija. En este mundo, el amor no es rosas y chocolates. Es sangre y lealtad. Tyler te eligió a ti. Eso significa que mataría por ti... y lo ha hecho.
Mientras tanto, en la finca remota de Antioquia —un lugar que Tyler me describió después como un bunker disfrazado de hacienda, con laboratorios subterráneos donde procesaban la cocaína en "cocinas" camufladas entre viñedos falsos—, Thiago esperaba con el ladrón amarrado a una silla en un sótano húmedo que olía a tierra y miedo. El tipo, un hombre flaco de unos treinta años con tatuajes descoloridos y ojos inyectados en sangre, temblaba bajo la luz cruda de una bombilla colgante.
Tyler entró sin palabras, su presencia llenando el espacio como una sombra letal. Thiago, apoyado en la pared con los brazos cruzados, asintió.
—Jefe, lo pillé con dos kilos en su mochila. Intentaba venderlos por su cuenta. Dice que fue un error, que necesitaba el dinero para su familia.
Tyler se acercó al hombre, sacando su pistola —una Glock negra, fría como su expresión— con lentitud deliberada.
—¿Un error? —dijo Tyler, su voz baja, casi un susurro crudo que cortaba el aire—. Robar de mi cocina no es un error. Es traición. Y la traición se paga con plomo.
El hombre levantó la vista, sudando profusamente, las cuerdas cortándole la piel de las muñecas.
—Señor Black, por favor... fue solo una vez. Tengo hijos, una esposa enferma. No lo vuelva a hacer. Le juro por Dios...
Tyler lo miró fijamente, sin parpadear, jalando el gatillo de la pistola vacía solo para oír el clic seco y ver al hombre orinarse encima.
—Dios no está aquí abajo. Solo yo. Y yo no perdono. Thiago, ¿qué piensas? ¿Le damos una oportunidad?
Thiago escupió al suelo, su rostro endurecido por años en el negocio.
—No, hermano. Si lo dejamos ir, los demás pensarán que somos débiles. Mata al cabrón.
Tyler asintió, cargando la pistola con un sonido metálico que resonó en el sótano.
—Tienes razón. Mensaje enviado.
Apuntó a la cabeza del hombre, que empezó a sollozar.
—No... por favor... ¡No!
El disparo fue seco, crudo, el eco rebotando en las paredes mientras la cabeza del tipo se ladeaba, sangre salpicando el suelo de concreto. Tyler guardó la pistola sin inmutarse, limpiándose una gota de sangre de la mano con un pañuelo.
—Limpien esto. Quemen el cuerpo. Y avisen a los demás: quien roba, muere.
Thiago palmeó su hombro.
—Bien hecho, jefe. Ahora ve a festejar con la familia. Tina se lo merece.
Esa noche, la disco en el centro de la ciudad era un torbellino de luces estroboscópicas, música electrónica pulsando como un corazón acelerado, y botellas de Dom Pérignon fluyendo como agua. Tyler me recogió en la mansión, vestido con una camisa negra ajustada que marcaba sus músculos tatuados, y me besó en la puerta como si no hubiera mañana.
—Estás jodidamente hermosa —gruñó contra mi cuello, sus manos bajando a mi culo en el vestido rojo corto que Tina me había prestado—. Vamos a hacer que esta noche sea legendaria para mi hermana.
En la disco, reservamos la sección VIP: sofás de cuero blanco, mesas con cubos de hielo iluminados, y meseros sirviendo shots de tequila premium. Tina bailaba en el centro, rodeada de amigos, su vestido plateado brillando bajo las luces.
— ¡Feliz cumpleaños número 18, Tina! —grité sobre la música, abrazándola mientras Tyler levantaba una botella para brindar.
Thiago se unió, trayendo más shots.
—A mi hermanita. Que seas tan dura como mamá y tan astuta como Tyler. ¡Salud!
Tamara observaba desde un sofá, elegante con su collar de diamantes, sonriendo con orgullo.
—Mis hijos... todos juntos. Esto es lo que vale la pena.
Tyler me jaló a la pista, sus manos en mi cintura, moviéndose contra mí al ritmo crudo de la música.
—Siento tu calor, pelirroja —susurró, mordiendo mi oreja—. Después de esto, te llevo a la mansión y te follo hasta que grites mi nombre.
Gemí bajito, presionándome contra él.
—Hazlo ahora... aquí si quieres.
Rio, besándome salvaje mientras la multitud bailaba a nuestro alrededor.
Varios días después, decidimos escapar a Cancún para un pasadía en la playa. El yate privado de Tyler nos llevó a aguas turquesas, con arena blanca como nieve y palmeras mecidas por la brisa. Nadamos desnudos en una cala aislada, el sol calentando nuestra piel mientras hacíamos el amor en la arena, crudo y urgente, con el mar lamiendo nuestros pies.
—Esto es perfecto —susurré, recostada en su pecho después, escuchando su corazón latir fuerte.
Tyler me besó la frente.
—Contigo, todo lo es.
Mientras tanto, en Los Ángeles, en la mansión Lombardi, Alice caminaba de un lado a otro en su habitación, Vanessa la observaba desde la cama, con una copa de vino en la mano.
—Calma, Alice. Están en México, pero volverán. Tu venganza espera, pero no se evapora.
Alice se detuvo, tocándose el vientre con una sonrisa fría y ansiosa.
—Cada día que pasa, este bebé crece y no quiero que se note ante de. mi venganza. Y con él, mi plan. Cuando regresen, lo drogaré, lo fotografiaré, y luego... le diré que es suyo. April se romperá. Tyler sufrirá. No puedo esperar más. Es como un fuego quemándome por dentro.
Vanessa asintió.
—Paciencia, amiga. Pronto arderá todo.
Alice miró por la ventana, sus ojos brillando con odio puro.
—Pronto.