ESCENA: LA FINCA
El sol empezaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos cálidos. En la tranquila finca donde me encontraba, el aire fresco traía consigo un aroma a tierra mojada y hierbas frescas. Josefina, la cocinera de la casa, había terminado de servir el almuerzo. En la mesa, la charla fluía entre risas y anécdotas. Pero en mi mente, no podía dejar de pensar en él, quien estaba en la ciudad cerrando los últimos detalles después de la muerte de Almonte.
—Espero que esté bien. Ya pasaron algunos días desde que encontraron a Almonte, me preocupa un poco —digo, mirando mi teléfono sobre la mesa de madera.
—Sabes que es fuerte y capaz. Ya cerró ese capítulo con la muerte de Almonte. Pero, ¿qué tal si aprovechamos este tiempo para conocernos mejor? —dice la amiga que vino a visitarme, sonriendo con calidez.
—Tienes razón, ¡es hora de disfrutar! —me río un poco, aunque en el fondo sigo pensando en mi abuela y mi tío Ricardo en Los Ángeles—. Aunque no puedo evitar pensar en ellos —suspiro, mirando hacia la ventana.
Después de comer, decido llamar a Perla, mi amiga de confianza. Saco el teléfono y marco su número con los dedos un poco temblorosos de emoción.
—¡Hola, Perla! ¿Cómo estás? —digo cuando ella contesta.
—¡April! ¡Qué alegría oírte! Estoy bien, aunque echo de menos nuestras charlas. ¿Y tú? ¿Cómo va todo en la finca? —su voz suena alegre a través de la llamada, como siempre.
—Un poco raro sin él aquí, pero ya terminaron con lo de Almonte. ¿Y tu familia? ¿Cómo está la abuela? —pregunto, acercándome al balcón para sentir la brisa del atardecer.
—Ella está bien, aunque se siente un poco sola. Ha estado hablando mucho de ti, ¡diciéndome que le gustaría que vinieras a visitarla! —cuento ella, y puedo imaginarla sonriendo mientras habla.
—Sí, ya tengo que ir. A veces siento que el tiempo se me escapa y no puedo estar con ellos —digo con nostalgia, mientras el sol comienza a ocultarse detrás de las montañas.
Mientras conversábamos, el aire se llenó del canto de los pájaros que regresaban a sus nidos. Todo era un canto de campo. Justo en ese instante, mi teléfono emite un sonido diferente – es una videollamada.
—¡Es él! —exclamo emocionada, contestando rápidamente—. ¡Hola, mi amor!
—Hola, ¿cómo estás? —su rostro aparece en la pantalla, pero esta vez no sonríe tanto como de costumbre.
—Un poco nostálgica, pero bien. La finca es tranquila. Josefina y yo hemos tenido un tiempo agradable, aunque te echo de menos —digo, acariciando la pantalla como si pudiera tocarlo—. ¿Qué pasa? Se ve preocupado.
—Ya terminamos con los trámites de Almonte, está todo cerrado. Pero... acaban de llamarme —dice, mirándome a los ojos a través de la pantalla—. Me encantaría compartirlo contigo cuando regrese, pero ahora necesito estar atento.
—Eso suena serio. Cuídate mucho, amor —sonrío, aunque siento cómo se me encoje el corazón.
Mientras la tarde se esfuma en el horizonte, la conexión entre nosotros se fortalece, aunque estemos separados.
—¡April! ¡Es hora de preparar la cena! —llama Josefina desde la cocina, interrumpiendo nuestra charla.
—Vamos, no puedo perderme esto. Te llamaré más tarde. Cuídate mucho —digo, besando la pantalla antes de colgar.
—Lo haré. Te llevaré conmigo en cada paso —su voz suena seria hasta que la llamada se corta.
Respira hondo, agradecida por los lazos de amistad y amor que surgen incluso en los momentos de soledad. La vida sigue, pero sé que algo nuevo está sucediendo.
ESCENA: LA LLAMADA
El teléfono suena con urgencia. Agarro el aparato, mi corazón late rápido mientras escucho la voz grave al otro lado.
—Tenemos un problema. Apareció un cuerpo en la orilla del río, varios impactos de bala —dice el Capitán Ríos.
—¿Qué? Pero ya dimos por cerrado lo de Almonte —pregunto, frunciendo el ceño y sentando la espalda recta.
—Sé que ya resolvieron eso, pero tienen que ver esto. ¿Puedes ir a la morgue? —suspira él por el otro extremo.
—Estoy en ello. Llamaré a Mauricio —digo con determinación, colgando el teléfono y levantándome de un salto.
ESCENA: PREPARATIVOS EN EL CARRO
Encuentro a Mauricio en el garaje, ya listo con una chaqueta de cuero. Sabemos que ya terminamos con lo de Almonte, quien murió de un disparo hace pocos días.
—Alista el carro. Necesitamos llegar a la morgue. Acaban de encontrar otro cuerpo —digo con urgencia, mientras cojo mi propia chaqueta.
—¿Otro? Pero Almonte ya está... ¿qué está pasando? —pregunta con preocupación, cerrando la mochila con un clic.
—No lo sé, pero tenemos que averiguarlo. Te dejo a ti la radio —le entrego el aparato de comunicación mientras él enciende el motor del vehículo. El sonido resuena fuerte en el garaje.
ESCENA: EN LA MORGUE
Llegamos al edificio gris y lúgubre. Las luces parpadean en el vestíbulo. Nos acercamos a una puerta de metal donde el Doctor Vargas espera con unas notas en la mano.
—Estaba esperando. El cuerpo es una víctima reciente y... —empieza a decir, mirando sus papeles.
—¿No será alguien relacionado con lo de Almonte? —lo interrumpo, impaciente por saber la verdad.
—Sí. Es Rodrigo, su hermano —dice con seriedad, mirándonos a los dos—. También tiene un disparo fatal, igual que Almonte. Y... —hace una pausa dramática, bajando la voz—. Ha sido limpiado, igual que sucedió con su hermano.
—¿Limpiado? ¿A qué te refieres? —pregunta Mauricio, frunciendo el ceño con preocupación.
ESCENA: REVELACIONES
—Alguien se tomó el tiempo de eliminar cualquier evidencia en ambos casos —explica el Doctor, mirándonos con tristeza—. Parece que están acabando con toda la familia de Almonte.
—Esto no se acabó con la muerte de Almonte —digo, apretando los puños hasta sentir los nudillos blancos—. Rodrigo no se metía en estos asuntos, era el hermano más joven y se mantenía alejado.
—¿Y ahora qué hacemos? ¿Hay evidencias que podamos seguir? —pregunta Mauricio, mirando alrededor como si alguien pudiera estar escuchando.
—Puede que sí. Encontramos un papel con unas coordenadas escritas, igual que en el caso de Almonte —asiente el Doctor, señalando en sus notas y entregándonos un pequeño trozo de papel doblado.
ESCENA: DECISIONES SINIESTRAS
Me siento más decidido que nunca. Ya dimos por cerrado el caso con la muerte de Almonte, pero ahora se ha vuelto más grande – mataron a su hermano sin razón.
—Necesitamos ver el lugar donde encontraron a Rodrigo. Quizá haya algo más. Y esas coordenadas deben llevar al mismo lugar que las de Almonte —digo con firmeza.
—Sí, vamos. No podemos dejar que esto quede así. Ambas muertes tienen que estar relacionadas —contesta Mauricio, ya preparado para salir.
ESCENA: MÁS PREGUNTAS QUE RESPUESTAS
Mientras nos dirigimos hacia el lugar del hallazgo, el ambiente se siente denso, casi opresivo. Las luces del carro iluminan brevemente la oscuridad del camino.
—Almonte sabía más de lo que decía. Ahora su hermano... esto confirma que no fue un ajuste de cuentas aislado —medito en voz alta, mirando el camino oscuro que se extiende ante nosotros—. Alguien sigue buscando algo que tenía Almonte.
—Lo que me inquieta es que pensábamos que todo había terminado. Si han matado a Rodrigo después de Almonte, significa que el peligro aún está ahí —dice Mauricio, mirando por la ventana hacia los campos oscuros.
—No se detendrán hasta conseguir lo que buscan. Y si eso significa que tenemos que seguir el rastro que dejaron Almonte y Rodrigo, así lo haremos —miro fijamente el camino, listo para lo que venga.
ESCENA: EL ENFRENTAMIENTO FINAL
Finalmente llegamos al lugar donde localizaron el cuerpo de Rodrigo. La noche está en silencio, una calma que presagia lo que está por venir.
—Es aquí... ¿estás listo? —pregunta Mauricio, mirando a su alrededor con la linterna en la mano.
—Más que nunca. Vamos a descubrir quién está detrás de todo esto. Ni Almonte ni Rodrigo morirán sin que se sepa la verdad —asiento, bajando del carro y adentrándome en la oscuridad, decidido a llevar la justicia por ellos dos.