La tarde se había teñido de un dorado cálido, y el aroma de las parrilladas llenaba el aire, creando un ambiente festivo en la finca. Habíamos regresado temprano en la mañana después de pasar toda la noche en el lugar donde encontraron a Rodrigo – no encontramos nada que nos ayudara a descubrir más detalles, pero estábamos seguros de que todo era obra de Rubén Darío. Al parecer, él sigue buscando lo que tenía Almonte y está dispuesto a eliminar a cualquier persona que se interponga en su camino. Tyler, con una sonrisa que iluminaba su rostro a pesar de la tensión de la noche anterior, había terminado con los entrenamientos de los guardias de la finca y ahora era tiempo de celebrar – necesitábamos un momento de alegría para olvidar, aunque sea por un rato, el peligro que nos acechaba. La música sonaba de fondo, y la risa de nuestros amigos resonaba en cada rincón.
Mientras todos disfrutaban, Tyler se acercó a mí, su mirada intensa y llena de complicidad. Sabía que ambos necesitábamos sentirnos cerca, un refugio el uno en el otro después de lo sucedido con Rodrigo. Sin previo aviso, me besó tiernamente, un beso que combinaba la dulzura con la pasión acumulada durante la larga noche de búsqueda. Cerré los ojos, dejándome llevar por el momento, correspondiendo a su beso con la misma intensidad, poniendo toda mi emoción en cada roce de nuestros labios. Era un instante perfecto, un oasis en medio de la tormenta que se avecinaba.
Después de ese mágico encuentro, Tyler me tomó de la mano y me llevó hacia la habitación principal de la finca. Decía que quería ponerse cómodo para la celebración, pero su mirada me decía todo lo que necesitaba saber – quería estar a solas conmigo, sentir mi piel contra la suya, recordar que la vida sigue y que nuestro amor es más fuerte que cualquier peligro. Mientras él se quitaba la camisa, me quedé observando el paisaje desde la ventana, sintiendo la brisa suave acariciar mi piel. La finca era un lugar encantador, lleno de vida y color, y en ese momento, todo parecía estar en su lugar a pesar de todo.
—Ven aquí, amor —me susurra él, acercándose hasta mí y envolviéndome con sus brazos fuertes. Sus manos deslizan por mi cintura, subiendo lentamente hasta mis hombros, donde se queda apretando la tela de mi vestido. Sus labios rozan mi cuello, dejando un rastro de besos calientes que hacen temblar mi cuerpo.
—Tyler —susurro, volviéndome hacia él y dejando que mis manos recorran su pecho musculoso, sintiendo cada latido de su corazón contra mis dedos.
Nos besamos de nuevo, esta vez con más urgencia, mientras sus manos desabrochan mi vestido con cuidado, dejándolo caer suavemente al suelo. Mis dedos se enredan en su cabello mientras él me lleva hacia la cama, sus besos recorriendo mi cuerpo con dedicación, explorando cada curva como si fuera la primera vez. La luz dorada del atardecer entra por las ventanas, bañando nuestra piel en un brillo cálido que hace que cada caricia se sienta más intensa.
Sus manos son firmes pero tiernas, recorriendo mi espalda, mis caderas, mientras sus labios nunca dejan de besarme. Yo respondo a su pasión con la misma intensidad, abrazándolo con fuerza, sintiéndolo cerca, sintiendo que en ese instante no existe nada más que nosotros dos. Nuestros cuerpos se mueven en perfecta armonía, un baile antiguo y eterno lleno de amor y deseo, donde cada movimiento es un susurro de lo mucho que nos amamos.
Después de que la pasión se apague dejando lugar a la calma, nos quedamos acurrucados uno junto al otro, su pecho contra mi espalda y sus brazos envolviéndome con seguridad. La brisa del atardecer entra por la ventana abierta, refrescando nuestra piel mientras escuchamos el murmullo de la fiesta que sigue en el jardín.
—Te amo más que nada en este mundo —me dice él, besándome la cabeza.
—Yo también te amo, Tyler —respondo, cerrando los ojos por un instante antes de levantarnos para volver a unirnos a los demás.
Al salir, Tyler lucía relajado, con una camiseta ligera y pantalones cortos. Se unió a mí en la piscina, donde el agua tibia nos envolvía como un abrazo. Nos sumergimos, riendo y chapoteando, disfrutando de la libertad que nos ofrecía ese espacio. Era como si el mundo exterior se desvaneciera, dejándonos solo a nosotros dos, sumidos en nuestra burbuja de felicidad.
Doña Cristina y doña Ramona estaban en la parrilla, conversando animadamente mientras preparaban deliciosos cortes de carne y chorizos. María y Teresa, siempre atentas, llevaban bandejas llenas de bebidas frías y snacks a los hombres que se habían reunido alrededor de la mesa grande junto a la piscina, disfrutando de la comida y la compañía. El ambiente era de camaradería y alegría, y yo no podía evitar sonreír al ver a todos tan felices – después de los días difíciles que habíamos pasado, se necesitaba un momento así.
Tyler y yo nos recostamos en el borde de la piscina, con los pies sumergidos en el agua. Él me miró con ternura y, en un susurro, me dijo cuánto significaba para él ese momento, tener a todos los que quería cerca y estar a salvo en la finca. Yo sonreí, apoyando mi cabeza en su hombro y sintiendo que, efectivamente, todo estaba marchando de maravilla a pesar de los peligros que nos esperaban. La fiesta apenas comenzaba, y con Tyler a mi lado, sabía que sería una noche inolvidable.