CAPÍTULO 2 La invitación

1819 Words
—¿Ah? ¿Cómo así que nos vamos para una villa? —le dije a Alice, aún sentada en la cama, con el cabello revuelto y la cabeza pesada por la resaca que me quemaba las sienes. Alice se apoyó en el marco de la puerta, sonriendo con una satisfacción que me pareció demasiado intensa. Llevaba un vestido corto de seda negra que le quedaba a la perfección, resaltando sus curvas como siempre. —Sí, April. El chico de anoche nos invitó —respondió con la misma naturalidad con que hablaría de ir a tomar un café. Me incorporé de golpe, haciendo que la cama crujiera. —¿El chico de anoche? Alice, ¿te acostaste con él sin conocerlo? ¿Ni siquiera sabes su nombre? —Claro que sé su nombre: Tyler —dijo sin el menor rastro de culpa, pasándose una mano por su cabello rubio corto—. Tuvimos una conexión increíble, April. Además… —se encogió de hombros con una sonrisa traviesa— sabe hacerlo muy bien. Es un adonis, te lo juro. Tatuajes por todas partes, cuerpo de escultura y esos ojos miel que… bueno, ya verás. La miré, entre admiración por su valentía y alarma por su imprudencia. Sabía que Alice nunca había sido de andar con rodeos, pero esto se sentía diferente. —Alice, estás loca. ¿Cómo te metes en la cama de un tipo que ni siquiera sabes de dónde viene? Podría ser cualquiera. Ella rodó los ojos con impaciencia. —April, relájate. No es cualquiera. Es rico, muy rico, y parece una buena persona. Además, no solo me invitó a mí —hizo una pausa para crear expectativa—. Nos invitó a todas. Dijo que quería conocer a mis amigas. Un fin de semana completo en su villa en Malibú: piscina, playa, todo pagado. Empaca bikinis y algo bonito. ¿Vas o no vas? Dudé. Tenía guardias en el café donde trabajaba los sábados, y mi abuela no iba a estar contenta. Pero la idea de escapar del día a día, de alejarme de los recuerdos que vivían en cada rincón de nuestra casa, era tentadora. —Tengo trabajo… —Invéntate algo. Diles que estás enferma, punto. Ya se lo dije a Vanessa y ella está lista. No te quedes atrás. Suspiré. Sabía que no tenía fuerzas para resistirme. —Está bien… ¿a qué hora? —A las dos. Paso por tu casa en coche. Vanessa se junta contigo y nos vamos juntas. No llegues tarde. Colgué el teléfono con una mezcla de emoción adolescente y nerviosismo en el pecho. Sentía como si estuviera a punto de saltar a un precipicio sin saber qué había abajo. Empaqué rápido, sin pensar demasiado - como si no hacerlo fuera darle tiempo a la duda que empezaba a crecer en mi interior. Metí dos bikinis (uno rojo que me había comprado pero nunca usado, otro n***o más sencillo), shorts, blusas ligeras, un vestido de encaje blanco que mi tío Ricardo me había regalado por mi cumpleaños y algo de maquillaje básico. Me duché con agua fría para despejarme la cabeza, pero los pensamientos seguían revolviéndose: ¿Quién era realmente Tyler? ¿Por qué invitaba a desconocidas a su villa? Alice siempre había sido afortunada en sus aventuras, pero esta vez algo me ponía los pelos de punta. Antes de salir, llamé a mi abuela Mónica. Su voz sonó calmada desde el otro lado de la línea. —Hola, mi niña. ¿Ya te sientes mejor? Vi que dejaste las pastillas sin tomar. —Sí, abuela, ya me siento mucho mejor —mentí sin remordimientos—. Quería decirte que me voy el fin de semana con mis amigas… a Malibú. Están en una villa de un amigo de Alice. Hubo un silencio breve que me hizo temblar. —¿Malibú? ¿Y el trabajo en el café? El señor Martínez te necesita los sábados. —Por favor, abuela… llama a mi jefe y dile que estoy enferma. Que me dio una gastroenteritis fuerte. Te lo suplico. No quiero perder este viaje. Otro silencio, más largo esta vez. Luego su voz volvió, suave pero firme. —Está bien, mi amor. Ya llamo. Pero cuídate mucho, ¿vale? Y ten cuidado con lo que haces. Alice es buena chica, pero no siempre te influye bien. A veces se deja llevar por la emoción del momento. —Abuela… —protesté sonriendo, aunque sentía que tenía razón—. Eso no es verdad. Nos cuidamos las unas a las otras. Colgué sintiéndome un poco culpable, pero la emoción del viaje empezó a ganar terreno. Me puse una blusa blanca y unos shorts vaqueros, me recogí el cabello rojo en una coleta alta y salí de mi habitación. Mi tío Ricardo estaba en la sala, viendo la televisión con el volumen bajo. —¿Te vas, April? —preguntó sin quitar la vista de la pantalla, aunque su tono me dijo que estaba pendiente de mí. —Sí, tío. Con Alice y Vanessa. Vamos a pasar el fin de semana en Malibú. Él finalmente se giró hacia mí, y vi en sus ojos el mismo recelo que mi abuela. Ricardo tenía treinta años, era joven y guapo, con el mismo cabello rubio que Alice - y como ella, siempre había sido directo. —¿Con ese chico que conoció Alice en la discoteca? —Sí… ¿por qué? —No sé, mija. Solo… ten cuidado. No conozco al tipo, pero me da mala espina. Alice es muy inocente a veces, a pesar de lo que parezca. Asentí, aunque no sabía qué responder. Cogí mi maleta y me dirigí a la puerta. —Volveré el lunes, tío. Cuídate a ti y a abuela. —También te cuidarás tú, ¿vale? —dijo levantándose y dándome un abrazo fuerte—. Y si necesitas algo, llámame. Sea la hora que sea. Vanessa ya me esperaba fuera, junto a una camioneta negra de lujo con cristales oscuros. El chofer era un hombre alto y delgado, con gafas de sol y traje oscuro, que abrió la puerta sin decir una palabra. —Vámonos —dije cerrando detrás de mí, sintiendo cómo el asiento de cuero frío se ajustaba a mi cuerpo. Dentro del vehículo, Alice y Vanessa estaban eufóricas. Vanessa tenía el teléfono en la mano, enviando mensajes mientras sonreía, y Alice estaba revisando unas fotos en su celular. Yo intentaba imitar su entusiasmo, pero algo no terminaba de encajar. —¿Ya le escribiste a Tommy? —pregunté a Vanessa. —Claro —respondió sin quitar la vista de la pantalla—. Dijo que se va a unir a nosotros mañana por la tarde. Está emocionado. El teléfono vibró en mi mano. Era mi abuela otra vez. —Hablé con tu gerente, mi niña. Dije que te habías puesto malísima y que no podías trabajar. No hay problema. Pero cuídate mucho, ¿vale? Y no te dejes llevar por las locuras de Alice. —Te lo prometo, abuela. Te quiero. —Yo también te quiero, mi amor. Que te diviertas. —¡Amigas! —gritó Alice levantando los brazos, sacando una botella de champán de una nevera pequeña que había en el centro del vehículo—. Este fin de semana será legendario. Lo siento por la resaca de hoy, pero hoy empezamos de cero. —Pero no he comido nada… —protesté débilmente, aunque la botella de cristal brillaba tentadora. —Eso se arregla luego. Primero brindemos. Por el verano, por las amistades y por los nuevos comienzos. La energía era contagiosa, y aunque en el fondo sentía una inquietud que no sabía explicar, cogí el copo que Vanessa me tendía y levanté la mano junto a las suyas. —Por los nuevos comienzos —repetí. La villa apareció frente a nosotras como una postal irreal: construida en la cima de una colina, blanca como la nieve, con columnas de mármol y un jardín de palmeras que bajaba hasta la playa. El océano se extendía hasta donde alcanzaba la vista, azul intenso bajo el sol de la tarde. —Dios mío… —susurré Vanessa, con el teléfono ya en posición para tomar fotos—. Esto es de película. —Nos vamos a divertir muchísimo —dijo Alice al bajar, ajustándose el vestido y poniéndose unas gafas de sol grandes que le cubrían la mitad del rostro. Entonces lo vi. Tyler. Estaba en la entrada, apoyado en una columna, con una camisa blanca abierta sobre el pecho y unos pantalones de lino azul marino. Alto, seguro de sí mismo, con esa sonrisa que parecía peligrosa y encantadora al mismo tiempo. No parecía el mismo hombre de la discoteca, donde la oscuridad y la música habían disimulado su presencia. Ahora, bajo el sol de la tarde, parecía algo más… algo más poderoso. —Hola, chicas —dijo extendiendo la mano, y su voz era más profunda de lo que recordaba—. Tyler Blázquez. Bienvenidas a casa. Su mirada recorrió a Vanessa y luego se detuvo en mí un segundo más de lo necesario. Los ojos miel que Alice había descrito brillaban con una intensidad que me hizo temblar. —April Stuart —respondí estrechando su mano, sintiendo cómo su agarre fuerte y seguro envolvía la mía—. Un placer conocerte. Su dedo pulgar rozó mi muñeca por un instante, un toque ligero pero que dejó una sensación de fuego en mi piel. No supe por qué, pero en ese momento sentí que ese apretón de manos marcaba una línea invisible: antes y después de conocerlo. Nos condujo al interior, donde el lujo era aún más evidente. Ventanales de piso a techo, suelos de mármol blanco, muebles de diseño moderno y cuadros grandes que parecían valer millones. El olor a mar y a madera fresca llenaba el aire, y el sonido de las olas se escuchaba en todo el lugar. —¿Bikini primero o comida? —preguntó Vanessa, ya lista para soltar la alegría. —Comida —respondí de inmediato, sintiendo el estómago vacío—. Luego piscina. Tengo hambre de muerte. Reímos, seguimos a Tyler hasta una terraza con vistas al océano donde una mesa estaba puesta con comida fresca: ensaladas, mariscos, frutas tropicales. Comimos, brindamos con champán y nos contamos historias, mientras el sol se iba poniendo pintando el cielo de tonos naranjas y rosas. Todo parecía perfecto. Pero mientras hablábamos, mientras Alice se reía contando alguna anécdota de la universidad y Vanessa mostraba fotos de sus partidos de voleibol, sentía la mirada de Tyler sobre mí. No constante, no descarada. Atenta. Como si estuviera observándome, estudiándome, como un cazador estudia a su presa. Y entonces lo supe, con una claridad que me heló la sangre. Ese fin de semana no sería solo diversión. Sería el principio de algo que no podría deshacerse tan fácilmente. Algo que cambiaría nuestras vidas para siempre.
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