El poder se mantiene oculto… hasta que necesita mostrarse.
MÉXICO – FINCA DE GERARDO – AL DÍA SIGUIENTE
Tyler encontró a Thiago en el garaje, revisando los cables de una camioneta blindada. Se acercó sin hacer ruido, apoyándose en la puerta metálica con los brazos cruzados.
—Te voy a hacer una pregunta y quiero la verdad —dijo, con voz baja pero firme—. ¿Sabías algo de lo que iba a hacer Almonte? ¿Le pasaste información a Rubén Darío?
Thiago se quedó quieto por un instante, luego cerró la capó y se giró hacia él. Sus ojos estaban llenos de rabia y dolor.
—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó, pasándose una mano por el pelo—. Soy tu hermano, Tyler. Crecí contigo, aprendí de ti y de Cristóbal. Nunca te habría traicionado.
—Entonces ¿cómo pudo Almonte hacer todo esto bajo tu nariz? ¿Cómo se llevaron la mercancía y nadie se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde?
—No lo sé —dijo Thiago, golpeando la capó con el puño—. Lo juro. Almonte siempre fue de confianza. Le di todo el apoyo que necesitaba para el vuelo a Colombia… y me traicionó. Igual que nos traicionó a todos cuando se fue con mi padre a la República Dominicana.
Tyler frunció el ceño. No sabía que Almonte había estado cerca de su padre antes de irse.
—Eso no lo sabía —murmuró.
—Nadie lo sabe —respondió Thiago—. Solo mamá y yo. Almonte era amigo de él. Decía que lo ayudaría a construir un negocio en el extranjero… pero se fue y nunca volvió a aparecer hasta hace cinco años, cuando tú lo contrataste como piloto.
Tyler cerró los ojos, conectando los puntos. Almonte nunca había sido de confianza – solo había estado esperando el momento adecuado para cobrar venganza.
—Te detengo de tus funciones hasta que termine la investigación —dijo, con pesar en la voz—. No es que no te crea… pero necesito que nadie pueda decir que hubo complicidad. Quiero que te quedes en casa con mamá y Tina. Asegúrales que están a salvo.
Thiago asintió, bajando la cabeza.
—Entiendo. Pero cuando encuentres a Rubén Darío… quiero ir contigo.
—Después veremos —dijo Tyler, dándole una palmada en el hombro—. Ahora necesito que me dejes solo. Tengo que hacer una llamada que no quería hacer nunca.
MÉXICO – OFICINA DE GERARDO – MEDIA HORA DESPUÉS
Tyler cerró la puerta con llave y sacó un celular viejo del cajón de la mesa – uno que usaba solo para contactos que no podía tener en su equipo normal. Marcó un número que conocía de memoria, uno que no había llamado en cinco años.
—Hola, Carlos —dijo cuando alguien contestó al otro lado—. Soy Tyler. Necesito tu ayuda.
Carlos Márquez trabajaba en la DEA desde hacía ocho años. Habían sido amigos de la infancia, antes de que Tyler entrara en el mundo de Cristóbal y Carlos decidiera seguir el camino de la ley.
—No creía que volverías a llamarme —respondió Carlos, con voz cautelosa—. Sabes que no puedo ayudarte con tus negocios, Tyler.
—No es por eso —dijo Tyler—. Un piloto mío robó mi avioneta con mercancía y se fue con Rubén Darío. Quiero encontrarla antes de que él use lo que lleva para expandirse más. No quiero dinero ni que la mercancía me la devuelvan. Solo quiero saber dónde está… y asegurarme de que no haga más daño.
Hubo un silencio en la línea. Luego Carlos habló de nuevo:
—He escuchado sobre Rubén Darío. Está tratando de tomar el control de las rutas entre Colombia y México. Tenemos información de que la avioneta podría estar moviéndose por países de habla hispana. Te paso los datos que tengamos… pero esto se queda entre nosotros. Si alguien se entera, pierdo mi trabajo y tú te metes en más problemas de los que ya tienes.
—Entiendo —dijo Tyler—. Gracias, Carlos. Por todo.
—No lo hagas por dinero, Tyler —dijo Carlos antes de colgar—. Hazlo por tu familia. Ese es el único motivo que vale la pena.
VENEZUELA – COSTA CARIBE – TRES DÍAS DESPUÉS
La avioneta apareció abandonada en una pista de aterrizaje clandestina en la selva venezolana. Cuando los hombres de Tyler llegaron hasta allí, encontraron al capitán Almonte tendido en el asiento del piloto, con un tiro en la cabeza.
—Fue un tiro de ejecución —dijo Mauricio, revisando el cuerpo—. No hubo lucha. Alguien que conocía se acercó a él desde atrás.
Tyler caminó por la cabina, revisando los papeles que habían quedado sobre la consola. Había mapas marcados con rutas hacia México, pero la mercancía ya no estaba en la bodega – solo unas cajas vacías y un papel con una frase escrita en letras mayúsculas:
"LO QUE ES TUYO AHORA ES MÍO – R.D."
—Rubén Darío lo mandó a matar para que no hablara —dijo Tyler, arrugando el papel en su mano—. La avioneta es una distracción. Mientras buscábamos aquí, él ya se habrá llevado la mercancía a otro lado.
—¿Qué hacemos ahora, jefe? —preguntó Mauricio.
Tyler miró hacia la selva, donde el sol empezaba a filtrarse entre los árboles. Pensó en Carlos, en la ayuda que le había dado. Pensó en Thiago, en su hermana Tina, en su madre Tamara. Pensó en April, en Los Ángeles, sin saber nada de lo que pasaba.
—Volvemos a México —dijo, con voz fría y decidida—. Rubén Darío quiere jugar conmigo. Bien. Ahora yo juego por las reglas mías. Y esta vez, no solo voy a recuperar lo que es mío… le voy a quitar todo lo que tiene.
Sabía que estaba metiéndose en una guerra que podría costarle la vida. Pero también sabía que Cristóbal no le había dejado su imperio para dejarlo en manos de hombres como Rubén Darío.
Y Tyler Salazar nunca se rendía.