La arena era tibia y caliente bajo mis rodillas, el mar rugiendo a nuestros pies como un látigo en la oscuridad. Sus manos me acarician la cara con fuerza contenida, dedos gruesos y callosos rozando mis labios como si quisiera saborearme sin tocarme. No espero más: me lanzo a él, beso tan profundo que me falta el aire, lengua chocando con la suya, calor quemando todo lo que toca.
Me tumba sobre la arena sin miramientos, sus manos ya están en mi ropa, desabrochando, levantando, desnudándome a besos. Cada caricia es un fuego: por mi cuello, mis pechos, mis caderas. Mordisquea mis pezones hasta que están duros como piedras, me hace gemir sin control, sin importar si alguien nos escucha. Sus manos bajan más abajo, se meten dentro de mi ropa interior y siente que estoy empapada, lista para él.
—Joder, April… —susurra en mi oído, su voz ronca y cargada de deseo—. Tú me vuelves loco.
Sus dedos se mueven dentro de mí, lento primero, luego rápido, frotando donde más necesito. Me estremezco hasta los huesos, arqueo la espalda, le pido más sin palabras. Y entonces baja la cabeza, su boca se posa en mi entrepierna y su lengua hace cosas que nunca imaginé. Lambe, chupa, mete hasta que no puedo aguantar más, mi cuerpo tiembla y se tuerce bajo él, gritando su nombre al cielo oscuro.
Se levanta, se baja el pantalón y yo veo que está duro como una roca, grueso y listo para entrar. Se acerca, apunta, pero yo lo detengo con la mano en el pecho.
—Espera… por favor, no —digo entre jadeos, la voz rota.
—¿Qué pasa? Pensé que te gustaba —dice, parándose en seco, aunque su cuerpo tiembla de necesidad.
—Sí… Dios, sí, me encanta —respondo, agarrándolo de la muñeca—. Pero tengo pena. Nunca he estado con nadie. Soy virgen.
Él se queda callado un instante, luego sonríe de una forma tierna que no esperaba de alguien como él. Se baja hasta quedar a mi altura, me besa los labios con suavidad.
—Qué puta suerte la mía de ser tu primero —dice, y sus ojos brillan bajo la luna—. Déjame cuidarte, amor. Te prometo que no vas a arrepentirte.
Me besa de nuevo, lento, mientras se introduce despacio. Siento dolor al principio, un cosquilleo fuerte que se convierte en placer puro cuando se mueve dentro de mí. Empieza lento, luego va acelerando, embistiéndome con fuerza, hasta que gritamos los dos al mismo tiempo, él llenándome de calor, yo perdiéndome en él.
Nos levantamos desnudos, caminamos hasta el mar y nos metemos hasta la cintura, dejando que el agua salada se lleve la arena y el sudor. Son las 3 de la mañana, pero no sentimos sueño. Caminamos hasta un puesto de hamburguesas que aún está abierto, nos sentamos en la terraza y comemos riendo, yo sonrojada cada vez que él me mira y me aprieta la mano.
—¿No te gustó? —me pregunta, preocupado.
—Me gustó más de lo que puedo decir —respondo, jugando con las papas fritas—. Me quitaste la virginidad con cariño… pero me siento como una traidora. Le robé el hombre a mi mejor amiga.
—No es así, mi amor —dice, agarrándome la barbilla para que lo mire—. Yo te quería a ti desde el momento en que te vi en la discoteca. Ella se me acercó primero, pero tú eres la que me enloquece. Nunca fui su novio, nunca le prometí nada.
—¿Y ahora qué hacemos con ella? —pregunto, viendo cómo el sol empieza a asomarse en el horizonte.
—Dale tiempo para entenderlo. Por ahora… disfrutemos de lo nuestro. Por ti haría cualquier cosa, hasta dar la vida.
Llegamos a la villa a las 5 de la mañana. Me encierro en mi cuarto, me baño con agua caliente y me quedo mirándome en el espejo, sintiéndome diferente, más mujer.
A las 7 bajo a la cocina y me topo con Alice que baja las escaleras. Sus ojos están rojos de llorar, pero su mirada es dura como acero.
—No sabía que eras tan perra —escupió, mirándome de arriba abajo—. Revolcándote con un desconocido en la playa, a la vista de todos. Te vi clarito, April. No te puedo creer.
—Tú no tienes derecho de hablarme así —respondo, poniéndome firme—. La noche anterior te fuiste con él sin siquiera saber su nombre, directo a la cama. Ahora quieres echarme la culpa porque él me eligió a mí.
Justo en ese momento Tyler entra a la cocina, se para a mi lado.
—Deja de decirle mierdas a tu amiga —dice, con la voz seca—. Si alguien tiene la culpa, soy yo. Yo la quiero a ella, no a ti. Nunca te quise como a ella.
—¡Gran cosa! —grita Alice, con las lágrimas corriendo por las mejillas—. Esa zorra seguro se ha acostado con todos los hombres de la universidad, pero claro, ahora te hace creer que eres su primer amor.
—Te equivocas —dice Tyler, mirándola a los ojos—. Fui su primer hombre. Eso es todo lo que necesitas saber.
Alice abre los ojos como platos, mira hacia mí y ve la vergüenza en mi rostro. Se rió, pero su risa es triste y cruel.
—Todo pasó muy rápido, ¿eh? —dice—. Bueno, sí, claro que te gustó él. Pero entre el amor y la guerra, no todo vale, April. Bájale los humos. Solo te eligió porque es más fácil que estar conmigo.
Vanessa entra corriendo, con las maletas en la mano.
—Ya basta —dice, agarrando a Alice del brazo—. Vámonos, prepara tus cosas que ya llamé un Uber. No tiene sentido seguir discutiendo.
—No me mires así como una perrita faldera —le grita Alice a Vanessa—. Siempre haces lo que ella dice, siempre la defiendes.
Tyler se adelanta.
—Yo las llevo a casa en mi coche —dice.
—No hace falta —contesta Alice, sin mirarlo—. Elegiste a ella, así que quédate con ella. Pero esto no se queda así, Tyler. Ni con ella. Me la pagarán los dos, te lo juro.
Se van arrastrando las maletas, la puerta se cierra con un golpe seco que hace temblar las ventanas.
Yo me pongo a hacer desayuno sin decir nada: huevos revueltos, pan tostado, café fuerte. Tyler me ayuda en silencio, luego cogemos las cosas y subimos al cuarto con jacuzzi en la azotea. Abro una botella de champán, nos sentamos en el agua caliente y nos besamos despacio, sin prisa.
Luego nos metemos a la cama, el sol ya calienta la habitación. Me pone de cuatro, levanta mis nalgas y entra fuerte, sin piedad, haciendo que grite su nombre una y otra vez. Se viene dentro mío con fuerza, luego se tumba a mi lado y me abraza fuerte, mientras el aire fresco entra por la ventana y nos envuelve en un placer total.
Nos dormimos así, abrazados, sin saber que esa paz era solo un respiro antes de la tormenta.