Capítulo 30: Sombras que se acercan

1126 Words
Tyler aterrizó en Medellín bajo una lluvia torrencial que azotaba el parabrisas del jet privado. El cielo estaba completamente cubierto, y el sonido del agua golpeando el metal del avión resonaba como un tambor constante en sus oídos. Abajo, Mauricio lo esperaba en un auto blindado n***o, aparcado en una zona apartada del aeropuerto, con los faros apagados para no llamar la atención. —Rubén está en una finca en las afueras de Santa Fe de Antioquia —dijo Mauricio, mientras Tyler se subía al vehículo y cerraba la puerta con fuerza—. Confirmado por tres fuentes diferentes. Dos guardias armados en la entrada principal, y otros dos patrullando los alrededores, pero la zona es remota y está bastante vulnerable. La policía local no llega hasta allá, así que tendremos que actuar rápido. Tyler asintió, sacando su arma del portafolio y revisando el cargador con movimientos precisos. Sus ojos estaban fríos y concentrados, lista para terminar lo que empezaron hace meses. —Vamos ahora —dijo, mirando por la ventana hacia la carretera mojada—. Termina esto de una vez por todas. No queremos que tenga tiempo de escapar otra vez. Los primeros dos días en Colombia fueron de seguimiento y preparación. Se alojaron en una pequeña posada en el pueblo cercano, observando los movimientos de la finca desde las montañas circundantes. Rubén salía una vez al día para ir al mercado local, siempre acompañado de sus guardias, y regresaba antes del anochecer. El tercer día, Mauricio recibió la señal: los guardias habían reducido su número a solo dos, uno en la entrada y otro en el interior. Era el momento. —Hoy es el día —anunció Mauricio, mientras preparaban sus armas y revisaban el equipo de comunicación—. La lluvia ayudará a cubrir nuestros pasos. Mientras tanto, en Los Ángeles, April entró al departamento vacío de Tyler con la llave que él le había dado hace tiempo. El silencio era opresivo, cargado de recuerdos y dudas. Se sentó en el sofá donde él había estado días antes, teléfono en mano, y escribió un mensaje que había estado guardando en su mente desde que se separaron: "¿Dónde estás? Necesito verte, necesito saber que estás bien". No hubo respuesta. Pasaron horas, y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, dejando rutas húmedas en su rostro. Dudaba de todo: de su amor por Tyler, de si realmente podían tener un futuro juntos, de si todos los sacrificios que había hecho valían la pena. Se levantó y caminó hasta la ventana, mirando la lluvia que comenzaba a caer sobre la ciudad, preguntándose si algún día las tormentas de su vida terminarían. En la mansión Lombardi, Alice se reunió con el hombre contratado en un garaje cerrado de la propiedad. Era alto, moreno, con rasgos anónimos que no llamarían la atención en ninguna multitud. Vestía ropa casual y llevaba las manos en los bolsillos, con una expresión indiferente. —Hazlo rápido —ordenó ella, entregándole un sobre con dinero—. Esta semana. Nadie debe saber que estuviste aquí, ni que te conocí. Él sonrió, guardando el sobre en su chaqueta: —Fácil. Ya sé qué hacer y cuándo hacerlo. Pero ¿y después? ¿Qué pasa cuando empiece a notarse? —Desaparece —respondió Alice, con una mirada fría—. No quiero verte ni escucharte nunca más. Si vuelves a aparecer cerca mía o de mi familia, sabrás lo que pasa. En ese mismo momento, Vanessa llamó a su teléfono. Su voz sonaba tensa y preocupada: —Cuidado con Armando, Alice. Hoy estuve en su oficina y se dio cuenta de que has estado saliendo con alguien. No sabe quién es, pero si huele algo raro sobre tus planes, te encierra en casa sin dudarlo. Ya te lo advertí antes. Alice rio, un sonido seco y sin emoción: —Controlaré todo, Vanessa. Siempre lo hago. No te preocupes por mí. Mientras tanto, Ricardo estaba solo en su casa, sentado en el salón con un vaso de whisky en la mano. Pensaba en Alice, en la discusión de días atrás, en el secreto que guardaban. ¿Valía la pena esconderlo de April? ¿Estaba realmente dispuesto a arriesgar su relación con su sobrina por alguien que parecía no importarle nada más que su propia venganza? Dudaba más que nunca. En Colombia, Tyler y Mauricio avanzaron por caminos fangosos y oscuros, empujados por la lluvia que no cesaba. Después de una hora de caminar por el bosque, la finca apareció a lo lejos: una construcción de piedra y madera con luces tenues en algunas ventanas, apenas visibles entre los árboles. —Entramos —susurró Tyler, haciendo una señal a Mauricio para que se colocara en la posición acordada—. Yo por la parte trasera, tú por la entrada principal. A la señal. El silencio de la noche se rompió con los primeros disparos. Los guardias no tuvieron tiempo de reaccionar: Mauricio neutralizó al que estaba en la entrada, mientras Tyler se abría paso hasta el interior de la finca. Allí, en la sala principal con la chimenea encendida, estaba Rubén Darío, con una arma en la mano y una expresión de sorpresa en el rostro al verlo aparecer. —Terminemos esto, Rubén —dijo Tyler, apuntándolo con firmeza—. Ya no hay escapatoria. Rubén rio, un sonido gutural y desesperado: —Tú nunca entenderás lo que se necesita para llegar arriba. No tuvo tiempo de decir más. Tyler disparó una vez, justo en el pecho, y el hombre cayó al suelo sin moverse más. La guerra que había estado azotándolos durante meses había llegado a su fin. Regresaron a Medellín lo más rápido posible, y esa misma noche el jet despegó hacia Los Ángeles. Tyler no perdió tiempo en dirigirse hacia su departamento, pero antes se detuvo en la casa de la abuela de April. La encontró en la puerta, con la mirada perdida hacia la calle, como si esperara su llegada. —Todo acabó, amor —dijo Tyler, acercándose a ella y tomándola por la cintura—. Rubén Darío ya no nos molestará nunca más. Todo terminó. April levantó la mirada hacia él, los ojos llenos de lágrimas pero también de alivio. No dijo nada, solo lo abrazó con todas sus fuerzas, sintiendo su calor después de tantos días de miedo y soledad. Llevaron la noche en el departamento de Tyler, envueltos en las sábanas del cama, hablando hasta el amanecer de todo lo que habían pasado, de sus miedos y sus esperanzas para el futuro. Fue una noche romántica y reconfortante, un renacer de su amor después de tanto tormento. Se prometieron que nunca más se separarían, que juntos podrían enfrentar cualquier sombra que intentara oscurecer su camino.
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