La alcoba era un refugio de lujo envuelto en silencio. Luces de araña colgaban del techo, sus destellos tenues deslizándose por las paredes de paneles de madera como suspiros guardados. Tyler abrió la puerta con la llave en la mano, mientras yo sostenía una botella de champán fría que había encontrado en la nevera del pasillo. Entramos como si fuéramos intrusos en nuestro propio mundo, decididos a aferrarnos a cada segundo antes de que la realidad volviera a golpear la puerta.
El corcho saltó con un estallido suave que rompió el silencio. El líquido dorado burbujeó al caer en los copos de cristal, y brindamos sin palabras: solo un apretón de manos, una mirada que decía más de lo que nos atrevíamos a decir en voz alta. Por nosotros. Por la chispa que se había encendido en la playa. Por ese amor que llegaba en el peor momento posible pero que se sentía más real que todo lo demás.
El jacuzzi en la esquina de la habitación emanaba un vapor tibio que envolvía el aire. Nos desnudamos sin prisa, dejando que nuestras ropas cayeran al suelo una por una, como capas que ya no necesitábamos llevar. Cuando mis dedos tocaron el agua caliente, me estremecí de placer. Tyler se metió junto a mí, y el roce de su piel contra la mía fue como un fuego controlado, cálido y seguro.
—Te veo diferente —susurró él, pasándose una mano por mi cabello rojo que flotaba en el agua como serpientes de fuego—. Más relajada. Más tuya.
—Eres tú —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro mientras él llenaba nuestros copos de nuevo—. Contigo puedo ser yo misma sin tener que explicar nada.
El champán recorrió nuestras gargantas con dulzura, mientras las burbujas del jacuzzi masajeaban nuestra piel. Reímos de cosas sin importancia, nos contamos chistes tontos, y por un instante olvidamos que existía un mundo fuera de esas cuatro paredes. Un mundo donde Alice estaba herida, donde el cartel de Tyler esperaba por él, donde mis responsabilidades me llamaban a gritos.
Pero en ese momento, solo existíamos nosotros.
Más tarde, la cama nos recibió con sábanas de algodón egipcio que se sintieron como seda contra nuestra piel. El aroma a jazmín y sándalo de las almohadas envolvió nuestros cuerpos mientras nos acurrucamos uno junto al otro. No hubo prisa, no hubo afán: solo caricias lentas que recorrían cada centímetro de piel, besos que empezaban en la frente y bajaban hasta encontrar los nuestros, un vaivén íntimo que se fue construyendo como una sinfonía callada.
Cada toque era una promesa. Cada suspiro, un acuerdo. Él me cuidaba con sus manos fuertes pero delicadas, como si yo fuera algo frágil que valía la pena proteger. Y yo le entregué cada parte de mí sin miedo, porque en sus brazos me sentía más segura que en ningún otro lugar del mundo.
Cuando el cansancio nos venció, nos quedamos abrazados, con la ventana entreabierta dejando entrar el aire fresco de la madrugada y el suave ruido de las olas en la distancia. Mi cabeza reposaba sobre su pecho, escuchando el ritmo fuerte y constante de su corazón, y sentí una plenitud que nunca antes había experimentado. Aun sabiendo que todo esto podría terminar en un desastre, no me arrepentía de nada.
El sueño nos alcanzó como una marea suave y profunda.
A la mañana siguiente, el sol se filtraba entre las cortinas de encaje, dorando la habitación con una luz cálida que hacía brillar el polvo en el aire. Desperté lentamente, sintiendo el calor de su cuerpo a mi lado. Tyler dormía profundamente, su rostro relajado, sin la tensión que solía llevar en la frente cuando hablaba de su trabajo. Lo observé en silencio, dibujando con el dedo las líneas de su mandíbula, los tatuajes que recorrían su pecho, los párpados que temblaban con los sueños que no podía ver.
Recordé la noche anterior, cada caricia, cada palabra, cada instante que habíamos compartido. Me sentí diferente, más segura de quién era y de lo que quería. Aunque la culpa por lo de Alice seguía rondando en un rincón de mi mente, sabía que no podía cambiar lo que sentía.
Decidimos no salir ese día. Ni siquiera bajamos a la cocina. La casa se convirtió en nuestro universo privado: encendimos la televisión y nos envolvimos en mantas gruesas sobre el sofá, con un tazón gigante de palomitas de maíz entre nosotros. Pasamos horas viendo series de comedia que no entendíamos del todo, pero que nos hicieron reír hasta que nos dolían los estómagos.
—¿Por qué siempre los personajes hacen lo más tonto posible? —pregunté entre risas, arrojándole una palomita a la cabeza.
—Porque si hicieran lo lógico, no habría historia —respondió, devolviéndome la palomita con precisión—. A veces la locura es lo único que hace que la vida valga la pena.
Hablamos de todo y de nada: de los personajes que nos gustaban y los que odiábamos, de recuerdos de nuestra infancia, de pequeñas manías que nadie más conocía. Él me contó que odiaba las manzanas pero amaba el jugo, que cuando era niño quería ser piloto de avioneta, que le gustaba cantar en la ducha aunque tuviera una voz terrible. Yo le conté que me encantaba dibujar edificios que nunca existirían, que hablaba sola cuando cocinaba, que tenía miedo a los gatos a pesar de querer tener uno.
Era un descubrimiento mutuo, suave y sincero, sin máscaras ni pretensiones. Pedimos comida sin preocuparnos por las calorías: pizza con todo, hamburguesas con queso derretido, papas fritas crujientes que se deshacían en la boca. Comimos directamente de las cajas, riendo cuando se nos caía la salsa en las mantas, sin importar el desorden. A veces, lo simple es lo más honesto que existe.
Cuando cayó la noche de nuevo, la intimidad volvió a envolvernos como un manto cálido. No necesitamos decir nada: la conexión estaba ahí, firme y silenciosa, como un lazo que se iba apretando más cada día. Nos miramos a los ojos en la penumbra de la habitación, y entendimos que, por unas horas más, el mundo podía esperar. Que podíamos permitirnos el lujo de ser solo nosotros.
Sabía que la realidad me reclamaría pronto. Que Alice no iba a dejar las cosas así, que los problemas de Tyler no iban a desaparecer por arte de magia, que mi abuela y mi tío se preguntarían dónde estaba y qué pasaba conmigo. Pero en ese instante, con sus brazos alrededor de mí y su respiración sobre mi cuello, solo existía el aquí y el ahora.
La cercanía.
La risa compartida.
Y esa sensación peligrosa y hermosa de querer quedarse un poco más.