El avión aterrizó en Los Ángeles bajo un cielo gris, donde las nubes pesadas presagiaban lluvia. April apretó mi mano con fuerza durante el descenso, sus dedos entrelazados con los míos como si temiera perder el contacto, pero su mirada seguía distante, perdida en el paisaje borroso que se acercaba. Bajamos en silencio por la escalinata móvil, el aire frío de la mañana calando en nuestras pieles.
Afuera, en la zona de espera, la abuela de April y el tío Ricardo esperaban junto a un auto familiar, el mismo que ella usaba cuando vivía aquí. Sus rostros se endurecieron al verme aparecer a su lado, como si mi presencia fuera una sombra que arruinara el regreso de su nieta.
—April, mija —dijo la abuela, dando un paso adelante y abrazándola fuerte, ignorándome por completo como si no existiera—. Gracias a Dios que volviste a casa. Hemos estado tan preocupados por ti.
Ricardo se quedó de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, y me miró con desprecio puro en sus ojos claros.
—Ella dejó todo por ti —dijo, su voz cortante como un cuchillo—. Su carrera en diseño, sus estudios, sus amigos, su vida aquí. ¿Y ahora qué? ¿Vienes a dejarla como si nada, como si fuera un juguete que ya no te interesa?
No respondí. No tenía palabras que pudieran hacerles entender lo que estábamos atravesando, ni cómo el peligro de Rubén Darío nos había obligado a tomar caminos que nunca imaginamos. April intentó mediar, poniéndose entre nosotros con la frente fruncida:
—Tío, abuela, por favor… Tyler no es así, él está tratando de protegerme.
Pero la abuela la jaló suavemente hacia el auto, colocándole una mano sobre el hombro con determinación:
—Ven adentro, hija. Hablaremos en casa, en privado. Esto no es asunto de extraños.
April se giró hacia mí, los ojos húmedos y llenos de culpa.
—Tyler… —susurró, extendiendo la mano como si quisiera tocarme, pero se detuvo al ver la mirada de su abuela.
—Ve con ellos —dije, mi voz baja y rota—. Te necesito a salvo. Yo… volveré por ti cuando pueda, cuando termine con todo esto.
La besé en la frente, dejando en ese contacto todo mi amor y mi promesa. Ella cerró los ojos por un instante, luego entró al auto sin mirar atrás. La puerta se cerró con un golpe seco que resonó en mi pecho. El motor rugió y el vehículo se alejó, desapareciendo entre el flujo de coches del aeropuerto.
Me quedé solo en la acera, maleta en mano y el viento helado azotándome la cara. Tomé un taxi hasta el departamento que aún conservaba en la ciudad, un pequeño espacio en Santa Monica que compré hace años cuando pensé en establecerme aquí junto a ella. El portero me saludó con sorpresa, ya que hacía más de un año que no aparecía.
—Señor Tyler, ¿vuelve a quedarse unos días? —preguntó.
—Al menos una noche, Carlos —respondí, asintiéndole.
El lugar olía a polvo y abandono, con las cortinas tiradas y el sofá cubierto con una sábana blanca. Saqué la sábana con un movimiento brusco, me senté y saqué el teléfono. Había varios mensajes pendientes, todos de Mauricio. El último, enviado minutos antes:
“Pista sólida. Rubén Darío avistado en Antioquia, Colombia. Finca en las afueras de Medellín, camino a Santa Fe de Antioquia. Dos días atrás fue visto por uno de nuestros hombres en un mercado local, negociando con comerciantes de la zona. Parece que está armando un nuevo grupo, reclutando gente de las montañas. Adjunto foto.”
Abrí la imagen adjunta: un hombre de espaldas, de estatura alta y ancha, con una cicatriz en el cuello que se veía cuando movía la cabeza. La silueta era inconfundible. Mi pulso se aceleró y cerré el puño sobre el teléfono.
Mientras tanto, en el aeropuerto internacional de Los Ángeles, otro vuelo acababa de llegar desde Milán, Italia. Alice bajó la escalinata con la cabeza alta, gafas oscuras que ocultaban sus ojos y una maleta Louis Vuitton de cuero n***o en la mano. Su cabello rubio brillaba bajo las luces del aeropuerto, y su vestido de seda negra le daba un aire de elegancia imponente.
Ricardo la esperaba solo en la zona de llegadas, brazos abiertos y una sonrisa tierna en el rostro. Cuando ella se acercó, la besó en los labios, discreto y rápido, como si quisiera mantener la intimidad a pesar del bullicio alrededor.
—Bienvenida a casa, mi amor —susurró, tomándole la maleta—. Te extrañé mucho durante estos meses en Europa.
Ella sonrió sin calidez, ajustándose las gafas:
—Gracias por venir a buscarme, Ricardo. Me alegro de estar de vuelta.
En el auto, camino a la casa de sus padres en Beverly Hills, el ambiente era cálido y familiar. Armando y Alicia, sus padres, la recibieron en la entrada con abrazos apretados y lágrimas de emoción.
—Mi niña, finalmente estás en casa —dijo Alicia, acariciándole la mejilla—. Pasaste tanto tiempo fuera…
Alice fingió emoción, abrazándolos a ambos con fuerza, pero sus ojos estaban fríos y atentos, analizando cada rincón de la casa que conocía de memoria.
Dentro, ya en su antigua habitación – conservada exactamente como la dejó, con libros en las estanterías y cuadros en las paredes – sacó el teléfono de su bolso. Abrió un chat con un contacto sin nombre, donde solo aparecían mensajes cifrados:
“Todo listo. El golpe final contra Tyler y la pelirroja será en dos semanas, cuando él esté más vulnerable en Colombia. Los hombres están preparados, las armas en su lugar. ¿Confirmas la operación?”
Alice se sentó en la cama donde había pasado su adolescencia, mirando una foto antigua en la mesita de noche – ella, April y Vanessa de pequeñas, riendo en una playa. Con un movimiento rápido, cerró los ojos y escribió una sola palabra:
“Sí.”
Su venganza no era solo odio ciego. Era amor torcido, deformado por el rechazo. El único hombre que había amado de verdad era Tyler, el mismo que años atrás la había ignorado en la villa para entregarse a April. Y por eso lo destruiría completamente – no solo su imperio, sino su alma.
En Los Ángeles, mi teléfono vibró otra vez. Mauricio seguía insistiendo:
“¿Cuándo salimos a Colombia? Ya tengo el jet listo, los hombres preparados y los permisos para moverte por la zona. No podemos perder más tiempo.”
Miré por la ventana, donde la lluvia comenzaba a caer sobre la ciudad que nunca había sido mía, a pesar de todos mis esfuerzos. Tomé una profunda respiración y escribí la respuesta:
—Mañana temprano. Llegamos antes del anochecer.
La guerra no había terminado. Había cambiado de escenario, se había vuelto más cruel y personal. Y esta vez, no solo lucharía por mi supervivencia, sino por recuperar lo que más amaba en este mundo.