Habíamos llegado ya a la finca y Tyler se sentía tan emocionado de estar en ese lugar. Era un paraíso escondido, lleno de colores y sonidos que parecían despertar al corazón de la naturaleza. Después de nuestra noche juntos en la alcoba principal, el día amanecía más brillante que nunca, como si la tierra misma celebrara nuestra llegada. —¡Amor, mira! —exclamó Tyler, señalando con entusiasmo hacia los campos verdes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista—. ¡Ya llegamos! ¡Mira qué precioso está nuestro hogar por una temporada! —Sí, mi amor, está realmente hermoso —le respondí, acariciando su mano mientras recordaba cómo habíamos abrazado hasta el amanecer, sintiéndonos seguros el uno en los brazos del otro. Salimos del vehículo donde Mauricio había aparcado, y nos dirigimos emoci

