Cinco horas más tarde de haber llegado a suelo republicano, el hambre nos empujó a salir a almorzar. La brisa cálida del mar nos envolvía mientras caminábamos por las coloridas calles, llenas de vida y aromas tentadores. Tyler, siempre con su espíritu aventurero, eligió un pequeño restaurante local donde el pescado fresco y los mariscos eran la especialidad. Nos sentamos en una mesa al aire libre, con vista al océano, y pedimos una variedad de platos que nos hicieron olvidar por un momento las preocupaciones que nos habían traído hasta aquí. Después de la comida, Tyler me llevó a un resort donde pasaríamos al menos una semana. El lugar era un verdadero paraíso: palmeras que se mecían suavemente, una piscina infinita que se fundía con el horizonte y un ambiente de tranquilidad que prometía

