11 | La dulce trampa

2537 Words
Everly —Llegamos, señorita —La voz del chofer me saca de mis pensamientos. Miro por la ventana, dándome cuenta que estamos en la calle vacía frente a la mansión. Le pago al taxista y me bajo. Observo cómo se aleja mientras abro el portón con mi llave del personal, para evitar llamar la atención. Esta noche terminó antes de empezar. Terminó incluso antes de que Charles llegara por mí. Camino hacia mi habitación prácticamente arrastrando mis pies, ni siquiera me molesto en encender la luz cuando entro. Dejo mi bolso sobre la cómoda junto a la puerta y me quito las botas dejándolas a un lado. Cuando me voy a dirigir a mi cama, quitándome la chaqueta, vislumbro una silueta en la penumbra. —¡Maldición, Amos! —chillo/susurro, llevando una mano a mi pecho, sintiendo mi corazón recuperándose del susto—. Me asustaste. —¿Me extrañaste? —dice demasiado tranquilo para su propio bien. ¿Por qué sigue aquí? ¿se habrá ido en algún momento? Mis preguntas sin hacer son resueltas cuando en la penumbra logro distinguir que se cambió de ropa. Lleva unos pantalones de dormir y… paso saliva, desviando la mirada de regreso a su rostro cuando me encuentro con su pecho descubierto. Tiene su cabello n***o revuelto. Pareciera que no logró dormir. —Comienzas a asustarme, Amos. Tus conductas no son normales, pareces un maldito psicópata —le digo mientras me quito la chaqueta y la dejo sobre mi escritorio. Está sentado en la silla de mi tocador, la cual da hacia la pequeña ventana en dirección hacia el frente de la propiedad. ¿Estaba esperando a que regresara? Como es usual, ignora mis comentarios. —Tenemos un asunto pendiente tu y yo. Me quedo quieta. Está aquí por más. Se levanta y hago un esfuerzo en mantener mis ojos en su rostro y no deslizarlos por su abdomen. Sus músculos son suaves, una belleza masculina tranquila pero no menos peligrosa. Todo lo contrario. Por un momento siento como algo se sacude en mi interior reaccionando a su cercanía y al motivo de su presencia aquí. Pero eso se interrumpe cuando mi móvil vibra sobre la cómoda. Una llamada. Amos me sorprende tomando mi teléfono y mi entrecejo se frunce. Observa el nombre en la pantalla y su mirada se estrecha con disgusto momentáneo antes de volver a verme. —¿Charles? ¿así se llama el imbécil? Mis ojos se abren de más al ver su intención de contestar. —Amos, no te atrevas. Intento sacarle el teléfono de las manos pero él lo aparta de modo que debo estirarme para tratar de llegar a el, pero Amos aprovecha y me pega más a su cuerpo poniendo su mano en mi cintura. Su rostro y el mío quedan a centímetros. —Amos —vuelvo a advertir, pero para ese momento se reproduce un mensaje de voz. —Ivy, soy yo. Quería saber si llegaste bien a casa, si es así envíame un mensaje, yo… —suspira— La verdad es que… no puedo dejar de pensar en el beso. Lamento si te incomodó, no fué mi intención. Espero que podamos hablar de eso, no quiero que arruine nuestra amistad, solo… avísame si llegaste bien. Buenas noches. Le arrebato el móvil de las manos. —¿Te besó? —Qué te importa. Su mirada me da una advertencia. —Everly. —¿Por qué te importa, Amos? —me cruzo de brazos— ¿Temes que deje de prestarle atención a tu juego estúpido si prefiero a otro? —Mientes —Da un paso hacia mí. —Si creer eso te hace sentir mejor… —Mientes, Everly —repite con calma—. Si el idiota está disculpándose por hacerte sentir incómoda es porque no te gustó —sus palabras se llevan consigo cualquier intención de molestarlo. Porque es la maldita verdad. Sí, Charles me besó. Pero no respondí. Ante mi gesto él mismo se dió cuenta de lo que pasaba y parecía arrepentido, incluso algo tímido. El ambiente se puso incómodo y decidí marcharme, asegurandole que todo estaba bien pero parece que permaneció intranquilo. No me fuí solo por el beso, no estaba pasandola bien, no podía dejarme llevar y pasar una buena noche con amigos cuando en todo lo que podía pensar era en quien está frente a mí ahora. Y en la forma en que me hizo ver estrellas con un orgasmo como nunca antes había sentido. Dejándome con ganas de más. Pensando en qué hubiera pasado si decidía quedarme, en si estaría pensando en regresar por más en la noche, en si estaría esperando por mí. Y lo hizo. Aquí está, buscando lo mismo que yo… y no creo ser capaz de resistirme. Por una vez quiero dejarme arrastrar hacia el abismo, probar qué tan alto podría llevarme sin importar cuánto duela la caída. La sensación de vértigo se apodera de mí de solo pensar en que esto está gustándome, pero es también algo más adictivo, más excitante… algo que me impide detenerme. —¿O vas a mentir sobre eso también, huh? Regresaste temprano —menciona y sus labios se curvan— ¿me extrañabas acaso? —Cállate —Lo empujo pero él logra acorralarme contra la pared. —Pondría las manos en el fuego a que en toda la noche no has dejado de pensar en mí. Aparto la mirada, pero él hunde los dedos en los mechones de mi cabello y roza su boca con la mía, desestabilizandome. —Como yo tampoco pude dejar de pensar en tí. Solo son palabras dulces que tratan de manipularme... a las que no puedo resistirme. Me besa, es lento y se toma su tiempo como si estuviera probando su cosa favorita. No me alejo y eso lo lleva a intensificar el beso cuando apoyo mis manos en su pecho, demostrandole que no tengo intención de alejarme, de pelear. —Dilo, Everly —susurra contra mi boca—. Di la verdad. —Te detesto —murmuro cuando nos separamos unos centímetros. —Puedes repetirlo cuanto quieras, pero no convences a ninguno de los dos con eso. Me deseas, Everly, quieres esto. Sí, lo hago… —Lo admitiré… si admites de qué se trata todo esto. —¿De qué hablas? —Deja de tomarme por una ingenua, Amos. Si voy a hacer esto quiero que me digas la verdad —lo miro seria—. Dime que no estás jugando. —No estoy jugando, Everly —asegura de inmediato, serio—. Y si ahora mismo me pides que me aleje, lo haré. Haré lo que tu quieras, Everly. La mirada en su rostro se clava en mi pecho. Paso saliva y observo su boca, sus labios suaves, llamándome. Mis manos se deslizan hasta su cuello y lo acerco a mí mientras me pongo de puntitas para ser yo quien lo besa. Sus manos me sostienen por la cintura. —Te detesto… —murmuro contra su boca—... pero también quiero esto. —¿Qué quieres? —se aleja unos centímetros para verme a los ojos. —A tí —confieso en un susurro, pegando mi frente a la suya—. Te quiero a tí, Amos. Y por una vez, decido creerlo. Cuando parece querer decir algo más, vuelvo a besarlo, callándolo. No quiero escuchar nada más, no mentiras que suenan tan bien, no juegos. Quiero esto. Y quizás así lo saque de mi cabeza de una vez por todas. —Dime que no estás jugando —pido en un susurro. —No estoy jugando, Everly. ¿Por qué suena tan seguro, tan malditamente real? O es quizás la forma en que mi mente quiere percibirlo. Sus manos me sujetan levantándome y enredo mis piernas en su cadera. Me recuesta en la cama mientras me dejo llevar y lo beso como tanto quería, solo a él. La adrenalina que me provoca caminar por su abismo es peligrosa, pero también demasiado adictiva como para seguir peleando contra ella, contra el deseo de ceder, por permitir que él me llevara hasta el punto más profundo, porque en el fondo sé que es lo que había deseado desde la primera vez que lo había visto. Quizás cómo un capricho, quizás por curiosidad, pero tenía esa necesidad por saber más de él, de dejarme arrastrar por Amos. Y así lo hago. Comienza a quitarme las prendas y con cada movimiento sus manos rozan mi piel desnuda. La anticipación me hace estremecer bajo su fuerte cuerpo. Su boca desciende por mi cuello hacia mi abdomen, dejando un rastro de besos. Hasta que puedo sentir su aliento cálido en el borde de mi ropa interior y me mira antes de deslizarla fuera de mi cuerpo. La habitación no está del todo iluminada, solo la tenue luz que ingresa por la ventana, pero puedo ver el destello de lujuria que atraviesa su mirada grisácea mientras me observa… allí. —No… —escapa de mi boca casi como un susurro cuando noto sus intenciones. Amos me mira. —¿No quieres que lo haga? —No. Sí. Es que… nunca… Dios, deja de mirarme —cubro mi rostro con mis manos, recostandome en la cama, sintiendo mis mejillas arder. Siento a Amos sobre mí y deja un beso en mi hombro, —Everly, mírame. Tomo coraje antes de separar las manos con lentitud para verlo. —¿Te gustaría que lo hiciera? —pregunta y relamo mis labios, verdaderamente pensándolo. ¿Quiero su boca allí? ¿él de verdad quiere hacerlo? Por Dios, mentiría si dijera que no, que no quiero todo de él. Finalmente, asiento tímidamente. Sus movimientos son lentos y me dan tiempo a retroceder si eso quiero. Besa mi vientre, mi monte de Venus, incluso me mira buscando mi aprobación cuando llega a mi entrepierna, como no lo detengo puedo sentir su boca cálida posarse en mi sexo húmedo y mi espalda se curva ante la sensación. Su lengua se arremolina en mi clítoris antes de tirar con suavidad, volviendo a hacerlo una y otra vez, deslizando su lengua por mi sexo. El placer es tanto que poco a poco borra cualquier rastro de timidez. Una de mis manos se aferra a las sábanas y la otra se desliza entre los mechones de su cabello. El orgasmo que me atraviesa puedo sentirlo en cada fibra de mi cuerpo y es… arrasador. Amos deja un último beso antes de regresar a mi boca y besarme. —Everly, necesito saber si ya… —Comprendo a lo que se refiere antes de que siquiera termine. —No —susurro. Por un momento nos miramos, quiero saber qué está pensando. —Entonces podemos parar —intenta separarse pero una de mis manos rodea su bicep y la otra su hombro, deteniendolo. —No quiero hacerlo. Amos me mira. —¿Segura? Asiento, rodeando su cuello con mis brazos mientras fundo su boca con la mía para borrar cualquier duda. En un momento se deshace de su pantalón de dormir junto a su ropa interior y aparto la mirada, notando de reojo cómo sonríe, antes de volver a subirse sobre mí. Siento como se acomoda entre mis piernas y mi cuerpo inevitablemente se tensa. —Everly… —Está bien —le aseguro, besándolo. Es mi primera vez, claro que mi cuerpo va a reaccionar así, pero verdaderamente quiero esto. Se acomoda entre mis piernas y por un momento mi atención se desvía a ello. ¿Dolerá? Cuando Amos me penetra comienza suave pero por su grosor mis músculos se tensan y mi respiración se dificulta. —Debes relajarte, Ivy —susurra, dejando un beso en mi mejilla. Por un momento el pinchazo de dolor pasa a segundo plano. Él nunca me había llamado Ivy. Amos se entierra del todo en mi interior y jadeo, mis uñas clavándose en su hombro y sus besos intentando distraerme. Permanece quieto un momento, permitiendo que me adapte a su tamaño. Deja besos por mi rostro en un gesto demasiado tierno, algo que nunca esperé de él. Algo que me gusta. Muevo mis caderas se mueven indicandole que puede hacerlo también y lo hace. Aunque al principio arde, el placer que se arremolina en mi vientre y su boca fundiéndose en la mía hacen que sea fácil ignorarlo dejándome llevar por la sensación que se adueña de cada centímetro de mi cuerpo. Una sensación que solo él puede provocar. Amos se separa unos centímetros mientras sus embestidas son más profundas. Me observa y no puedo inhibirme, mi rostro está caliente y mi cuerpo sudoroso, pero me siento cada vez más cerca como para sentir timidez. Siento mi sexo contraerse alrededor de su m*****o y Amos deja escapar un gemido masculino y es lo más excitante que alguna vez pude escuchar. Mi espalda se arquea cuando el intenso orgasmo me avasalla. Es incluso más intenso que lo que me provocó con sus dedos o su boca, me deja sin aliento. —¿Estás bien? Simplemente asiento, sin poder responder. —Será mejor que nos metamos a la ducha —Deja un beso en mi frente antes de levantarse desnudo y meterse a mi baño, escucho el agua de la tina corriendo antes de que vuelva a aparecer y puedo notar que aún no se duchó. Me levanto de la cama y veo que llenó la tina—. El agua caliente calmará el dolor. Entro en la tina y la sensación es sumamente relajante, me provoca ganas de cerrar mis ojos y dormir aquí. De pronto, siento la necesidad de que permanezca aquí. —¿Quieres entrar? —pregunto antes de pensarlo más. —¿Quieres que lo haga? —Por algo pregunté —me encojo de hombros. —Creí que querrías que me fuera —dice pero aún así avanza hacia mí y me hago a un lado para que pueda meterse conmigo. Recuesto mi espalda contra su pecho. Toma mi jabón corporal, pone un poco en sus manos y lo pasa por mis hombros, mis brazos, mi pecho pero de una forma íntima y personal. Es relajante y siento que podría dormir. Tras unos minutos es el primero en salir, me entrega una toalla en la que me envuelvo y me ayuda a salir. Se pone su ropa interior antes de buscar algo en mi comoda y entregarme un par de bragas nuevas. Es un gesto inesperado y me provoca una pequeña sonrisa que trato de ocultar hasta que lo veo juntar nuestra ropa y llevarla al baño, al cesto supongo. Me quito la toalla y me cubre el torso con una vieja remera tres tallas más grandes antes de meterme entre las sábanas de mi cómoda cama. Cierro mis ojos al instante, pero no tardo en sentir cómo la cama se hunde detrás de mi. —No puedes quedarte, Amos —murmuro somnolienta con mis ojos cerrados. —¿Quieres que me vaya? —murmura en mi oído mientras acaricia mi cabello, pero es tarde para intentar convencerlo de que no lo quiero aquí, o de convencerme a mí misma. Dejo que el cansancio se apodere de mí y me arrastre en un profundo sueño.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD