Everly
—Gracias por traerme —Le agradezco a Charles, un compañero de la universidad parte de mi grupo de amigos.
—No hay de qué, Ivy.
Me acerco a dejar un beso en su mejilla.
—Nos vemos luego —me despido, bajando de su automóvil.
—Nos vemos.
Me despido con la mano mientras me alejo, antes de escuchar cómo enciende su vehículo y se marcha, mientras continúo mi camino hacia la propiedad.
Charles sabe que vivo aquí porque mi madre es la jefa del servicio, me trajo otras veces en un gesto amable por eso no se sorprendió al ver la espectacular mansión.
Me encamino hasta mi habitación tarareando una melodía de una canción que no recuerdo el nombre, pero todo rastro de buen humor se desvanece al entrar a mi habitación.
Sentado como un rey déspota en su trono, Amos ocupa la silla frente a mi escritorio, tiene una posición sumida en calma con los dedos enlazados sobre su abdomen. No se inmuta ni siquiera cuando entro.
—¿Qué diablos haces en mi habitación? —le recrimino con el entrecejo fruncido con molestia. Dejo caer mi bolso desde mi hombro al suelo, junto a la puerta—. No puedes estar aquí.
Apoyo mis manos en mi cadera y golpeteo mi pie contra el suelo, impaciente. Mi molestia se intensifica cuando se mantiene en silencio e inclina su rostro ligeramente a un lado.
Aunque me muestro molesta por su presencia, no puedo evitar la forma en que me afecta la mirada que tiene sobre mí ahora. Sus iris se ven como un mar turbulento, como olas cuando golpean salvajemente contra un risco. Se me hace escuchar cómo los engranajes de su mente se mueven y no quiero saber qué debe estar pasando por su cabeza en este momento.
—¿Quién era él? —Su pregunta me desconcierta.
—¿De qué estás hablando? —mi ceño se profundiza—. No cambies de tema, Amos, no puedes invadir mi privacidad así.
—No me hagas volver a preguntar, Everly —advierte levantándose de su asiento, adueñándose de toda su imponente altura mientras avanza hacia mí obligándome a alzar el mentón, no solo para verlo a la cara sino para demostrar que no me veo intimidada. Incluso tengo tiempo de huir pero eso es algo que no está en mis planes—. Me escuchaste.
—Oh, lo hice —asiento—. Solo estoy dándote la oportunidad para que te retractes de la estupidez que dijiste.
—¿Quién. Era. Él? —remarca cada palabra mientras apoya sus palmas en la pared detrás de mí, a los costados de mi cabeza.
—Lárgate.
—Everly —pronuncia en advertencia.
¿Quién carajos se cree que es? ¿Invade mi privacidad y ahora actúa como un psicópata preguntándome por un compañero de clases?
—¿Por qué te importa? ¿acaso estás celoso? —mi tono es de pura ironía, solo quiero molestarlo si él va a molestarme a mí, pero su respuesta es un golpe directo a mi ego. Otra vez.
—¿De tí? ¿por qué habría de estarlo? —me observa con indiferencia pero no demuestro que me importe. ¿Por qué me importaría lo que piensa un demente acosador?—. Si eres una cosita fea, Everly. Eres irritante y odiosa.
—¿Entonces qué haces aquí, huh? —lo enfrento, mi espalda firme y cruzándome de brazos—. Preguntadome por él. ¿Acaso me espías? ¿estás acosándome? ¿entras a mi habitación cuando no estoy a hurgar en mi cajón de ropa interior como un maldito psicópata?
Mis acusaciones parecen no provocarle nada. Al contrario, Amos sonríe con un tinte de diversión maliciosa.
¿Ese es el punto de todo esto? ¿burlarse de mí, eso le divierte?
—No juegues con mi paciencia, Everly —advierte y su rostro parece tomar un aire más serio, más oscuro—. Mantente lejos de él.
Es inevitable no reírme.
A su orden, majestad, ¿algo más que pueda ofrecerle?
—¿Por qué haría tal cosa?
—Porque eres mía, Everly —asegura y mi sonrisa vacila—. Y yo no comparto lo que es mío.
¿Acaso está demente? Eso es justo lo que me faltaba, nótese mi sarcasmo.
Inclina aún más su rostro hacia el mío y en un intento inútil por alejarme mi espalda no tarda en chocar con la pared. Cuando giro mi rostro para evitar que haga lo que sea que esté planeando, solo es darle pase libre a que llegue a mi cuello, rozando mi piel con la punta de su naríz.
Paso saliva nerviosa, sintiéndolo sonreír contra mi piel.
—Mía para destruir, Everly —murmura, subiendo hasta que puedo sentir su aliento en mi oreja—. Mía y de nadie más.
Mi corazón golpea mi tórax con brutalidad y cuando siento que voy a estremecerme lo aparto de un empujón para que no lo note, sorpresivamente él se aleja.
—Fuera —gruñó entre dientes y señalo la puerta. Para mi buena suerte me da una última mirada antes de salir, dejándome sola en mi habitación.
Lleno mis pulmones con una profunda inhalación y contengo el aire antes de soltarlo por la naríz.
¿Qué carajos fué todo eso?
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Por la tarde, son dos motivos los que me impiden estudiar para mi examen: El primero, no poder dejar de pensar en qué hacía el psicópata de Amos en mi habitación.
¿Es la primera vez que lo hace? ¿acaso estaba esperándome? Si es solo otra jugada para atormentarme es realmente descarada y no puedo arriesgarme a que vuelva a pasar. ¿Qué hubiera pasado si mamá entraba y lo veía? Me hago una nota mental para no olvidarme de comenzar a cerrar con llave.
El segundo motivo, es el molesto ruido que llega hasta mi habitación, provocado por los amigos que invitó Amos a pasar la tarde en la piscina. Supongo que aprovechó que sus padres se encuentran en un viaje de negocios y que el señor Bernard se fué a jugar golf como todos los jueves por la tarde.
En realidad dudo que haya sido por diversión, lo que Amos disfruta es algo más retorcido y jodido.
Decido dejar mis libros a un lado, ponerme el uniforme e ir a ver si mamá necesita ayuda.
Cuando llego a la cocina mamá se encuentra conversando con Cecilia mientras preparan unos aperitivos, las saludo y conversamos unos minutos antes de ponerme a ayudar en lo necesario.
Voy de acá para allá encargandome de la limpieza de algunas habitaciones y otras tareas de la mansión. En un momento, al salir al jardín a dejar una bandeja con aperitivos, mi mirada se encuentra con la de Amos. Y hablo de que, él ya estaba mirándome.
Tiene a su querida novia aferrada a su brazo como si alguien se lo fuera a arrebatar.
Me pregunto qué diría ella si supiera que su encantador novio me acecha, entra a mi habitación sin permiso y me hace escenas estúpidas además de llamarme Suya.
O quizás ella ya lo sabe.
Quizás todos sus amigos lo hacen.
Todos involucrados en un juego como verdad o reto donde Amos debe jugar con la empleada… ¿hasta qué? ¿hasta que me desquicie y termine matándolo? Porque es lo que terminará pasando si Amos sigue poniendo mi paciencia a prueba.
Él parece murmurar algo en su oído a lo que ella sonríe y mi mirada se estrecha en su dirección mientras mi ceño se frunce.
Algo en mi pecho pincha y molesta, pero lo ignoro y decido continuar en lo mío.
¿Qué estará planeando ahora?
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Estoy por terminar mis tareas del día para luego ir a ducharme y acostarme a leer algo, decidiendo dejar el estudio para mañana. Solo me falta llevar unas sábanas al lavadero y estaré libre.
Me arrodillo a meter las sábanas dentro del lavarropas, cuando escucho un silbido a mis espaldas y mi cuerpo entero se paraliza.
Como sea Amos…
Pero no es él.
Algo en mí, mi intuición o lo que sea, saben que no se trata de él. Cuando me levanto y me encuentro con uno de sus amigos lo confirmo.
No estoy de humor para lidiar con uno de estos imbéciles. Trato de pasar por su lado pero su cuerpo bloquea la puerta.
—¿Se te ofrece algo? —pregunto sin el más mínimo interés de ayudarle con nada. Si quisiera algo no estaría buscándolo en el lavadero.
¿Acaso me siguió?
—Se me ocurren varias cosas que podrías ofrecerme —dice descendiendo con su mirada por todo mi cuerpo.
Pongo mis ojos en blanco.
—Muévete.
Él sonríe, —¿No te enseñaron modales, preciosa?
Suspiro con hartazgo. Intento pasar por su lado pero en cuanto cruzo el umbral él me jala del brazo, acorralandome contra la pared sin importar que estemos en el corredor donde cualquiera podría vernos.
—Oye, ¿qué crees qué…?
No termino mi oración cuando él se abalanza sobre mí, estampando mi boca con la suya y aunque por un momento me paralizo, reacciono mordiendo su labio.
—Maldita hija de… —intenta maldecir tocando su labio del cual brota una diminuta gota de sangre, pero algo lo interrumpe.
No escuché a Amos llegar a nosotros hasta que de un empujón hizo retroceder a su amigo, quien palidece al verlo.
—Amos, hermano, ¿qué ocurre? —su voz suena preocupada e incluso asustada.
Amos vuelve a empujarlo hasta que su espalda toca la pared. Mis ojos se abren grandes ante aquello porque es un gesto y una reacción que no me esperaba, su amigo parece que tampoco.
—No soy tu jodido hermano —la voz de Amos está envuelta en algo filoso y aterrador—. Y yo lo pensaría dos veces antes de volver a acercarme a ella si fuera tú —advierte—. No quiero volver a ver tu cara, Malcolm. Desaparece de mi vista.
El idiota sale prácticamente despavorido y Amos clava su mirada en su espalda como si dudara en ir tras él o simplemente dejarlo huir.
Entonces me mira, —¿Estás bien?
No hay evidente preocupación en su voz, pero sí algo más. Está serio y luce como si la bruma oscura que lo envolvió hace unos instantes, volviéndolo casi animal, se disipara de a poco de su mirada, de la tensión en sus músculos y del tono duro de su voz.
Simplemente asiento, algo consternada por toda la escena.
—¿Tú estás bien?— No sé por qué lo pregunto pero por un momento parecía ser otra persona. O Amos dejando que la usual oscuridad en su interior lo envolviera por un momento.
—Estaría mejor si lo hubiera golpeado —responde con sus cejas azabache frunciendose con molestia un momento.
Aclaro mi garganta, —Debo seguir.
Su expresión dura se va esfumando y no sé por qué de pronto me encuentro algo inquieta de estar a solas con él allí.
—Hay gente ocupándose de todo, no creo que te extrañen.
Sus palabras me extrañan. Está loco si cree que me quedaré aquí con él.
—¿Y Dominique? —pregunto casual.
La mención de su novia hace que su ceño se frunza fugazmente, es algo que no distingo del todo.
¿Le molesta que mencione a su noviecita mientras intenta jugar conmigo?
—Creo que ella si te extraña, parece que buscara la forma de meterse bajo tu piel si pudiera.
Las comisuras de sus labios se curvan sutilmente pero no llegan a formar una sonrisa, de pronto su humor parece otro.
—Mm, ¿acaso estás celosa?
Hago un sonido de burla y cuando intento pasar por su lado se interpone en mi camino.
Endurezco mi expresión, harta de lidiar con imbéciles.
—Déjame en paz, Amos.
Esta vez no intenta detenerme o seguirme mientras me alejo, pensando en lo que acaba de pasar y en cómo es una maldita e indescifrable incógnita lo que pasa por su mente. ¿Cuál es el objetivo de este juego?
¿Lo que acaba de pasar fué coincidencia o parte de este circo armado por Amos? Me quedo con la primera opción porque estoy segura que ni en mil vidas Amos reaccionaría de esa forma para defenderme, ¿verdad? Pero también pienso y si en realidad fué todo un montaje, él no enviaría a uno de sus amigos a atacarme así, ¿o sí? Pero la reacción del tal Malcolm pareció muy real.
Deja de pensar en eso, Ivy.
Debo dejar de mantener mis pensamientos ocupados en Amos. Pero es jodidamente difícil si se empecina en acorralarme en las habitaciones o incluso meterse en la mía.
Suspiro.
Maldita seas, Emerson.