Everly
La brisa corre cálida bajo la sombra del gran árbol ubicado en el terreno verde detrás de la propiedad Emerson. Aaron y yo solíamos venir a pasar el rato algunas tardes antes de que se marchara. Como ahora. Me encuentro con la espalda contra el tronco y la cabeza de Aaron descansando en mis piernas.
Trato de concentrarme en la lectura del libro entre mis manos, pero mi mente solo ve letras en un papel mientras divaga por otros pensamientos, a los que trato de no darle lugar pero terminan arrebatando mi atención.
Una cosa es que inevitablemente deba enfrentar a Amos porque vivimos bajo el mismo techo, otra es que también se adueñe de un sitio en mis pensamientos.
¿Pero cómo no pensar en él cuando ese siempre ha sido mi problema?
Desde pequeña, no entiendo por qué, el aura magnética que envuelve a Amos llama mi atención. Como una polilla atraída a la luz. Pero Amos no es luz, todo lo contrario.
Tiene una clase de belleza oscura, un aura melancólica y distante, y unos iris grises como las nubes que rugen en el cielo avecinando una despiadada tormenta.
Pero también es una persona reservada, sumido en un inquebrantable silencio, con esa mirada profunda que siempre pareciera estar escarbando hasta en los más oscuros secretos de tu alma.
Me atrevería a decir que nadie lo conoce realmente. Ni siquiera recuerdo haberlo visto sonriendo más que unas cuantas veces y hace años, en recuerdos borrosos. Ni siquiera con su novia, ni con sus padres o el resto de su familia. Aunque con Aaron es diferente, pareciera estar jugando con la cabeza de su hermano entre sus manos cada vez que lo mira.
Y Aaron también lo sabe, solo que lo ignora.
Aunque eso no tiene sentido, no tiene motivos para detestar a Aaron.
¿Me pregunto qué busca conmigo ahora? Lo que sea, ya superó la etapa de planificación y ahora ya no piensa, acciona. Y nunca tuve que enfrentarme a Amos de ésta forma.
Creí que solo sería una molestia al igual que su insoportable novia y sus odiosos amigos, pero eso fué subestimarlo. Ahora que se atrevió a hacer algo como lo de la biblioteca, no sé qué pensar.
¿Me llama Cosita fea, me mira mal y luego me besa? Además en el cuello, como si no fuera incluso más íntimo. Es lo que pienso cuando me convenzo de que lo que sentí fué simplemente una reacción natural. Porque luego de la forma en cómo me trató no es cómo reaccionaría una persona cuerda.
Sé que algo trama, pero no entiendo qué.
Lo peor de todo es que tengo la corazonada de que no terminará pronto. Lo ví en el malicioso brillo de fascinación en su mirada, como cuando las piezas caen donde deben caer. Y temo qué tan lejos quiera llevar este juego. O quizás se trate solo del capricho de un niño rico, tal vez solo quiera usarme como un juguete con el cuál divertirse hasta romperlo. Pero si cree que voy a formar parte de eso está completamente equivocado. Aunque no sepa cuál es pronto dejará ver sus intenciones y podré enviarlo lejos.
Por el momento sé que lo conveniente es mantener distancia, porque aunque mi madre no me haya criado para huir o agachar la cabeza ante los problemas, sino enfrentarlos, Amos no es una pieza que pueda derribar. Él es el rey del tablero y yo un simple peón que podría perderlo todo con el más mínimo movimiento, y el trabajo en la mansión es todo lo que mi madre y yo tenemos. Y eso es jodidamente injusto y molesto.
Suspiro con frustración.
—¿En qué piensas? —Aaron habla captando mi atención.
—En nada —miento, pasando la hoja de mi libro aunque no haya leído nada.
—Es Amos, ¿cierto? —. La mención de ese nombre me hace mirarlo y él se levanta, sentándose frente a mí—. ¿Está molestandote?
Mis ceño se frunce, —¿Cómo lo sabes?
En el fondo sé que es inútil intentar ocultarle algo cuando me conoce tan bien.
—Te conozco, Ivy. Y a él también —agrega con un suspiro—. Sé que algo te dijo en la biblioteca, te vi salir de ahí casi huyendo y luego lo vi salir a él detrás de tí. Así que, ¿vas a decirme?
No puedo. No quiero involucrarlo en esto, que quiera decirle algo a Amos y acaben peleando, o que le avise a sus padres o al señor Bernard, que luego me pregunten a mí y deba mentir para no verme en problemas, dejar a Aaron en un mal lugar.
—No es nada en realidad —le resto importancia encogiéndome de hombros—. Solo otra molestia más, nada con lo que no pueda lidiar.
Pero Aaron no parece tranquilo.
—Eso no lo sabes, nunca sabes que pasa por su cabeza. No dejes que te moleste, Ivy, sabes que el abuelo no lo dejaría.
—No es nada, Aaron —le sonrío—. Lo digo en serio, puedes estar tranquilo.
Aaron no dice nada más pero sé que no está del todo convencido. Ni siquiera yo lo sé, porque si algo es cierto era que nunca sabes que está pasando por su cabeza.
Núnca sabes cuál será su próximo movimiento.
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Cuando la tarde comienza a caer me retiro a mi habitación para ducharme y estudiar un poco para mi próximo exámen.
En el camino, mientras subo las escaleras, el señor Bernard aparece del lado contrario, supongo que dirigiéndose al comedor principal para la cena.
—Señorita Everly —me saluda amablemente.
—Señor Bernard —le sonrío— ¿cómo se encuentra?
—Muy bien, ¿y usted? —responde con la misma educación. Es el único en la propiedad que me habla así, y aunque no es necesario, con el tiempo entendí que es su forma de ser amable. El señor Bernard es un muy buen hombre, atento, sabio e inteligente.
—Igual.
—¿Pasarás por mi oficina para una partida?
Mi sonrisa se ensancha porque si hay algo que adoro son nuestros juegos de ajedrez.
Asiento sin dudarlo, —Nada me gustaría más.
Luego de nuestro encuentro continúo con mi camino hacia mi habitación para ducharme y cambiarme el uniforme dejándolo para lavar.
Nuestras partidas de ajedrez comenzaron hace años cuando siendo yo una niña curiosa no paraba de preguntarle acerca de ello y como es el juego favorito del señor Bernard enseñarme no supuso ninguna molestia para él.
Después de años aún no logré ganarle, más que unas pocas veces en un principio cuando él me dejaba hacerlo para no desanimarme. Con el tiempo logré acercarme lo suficiente a ganarle yo misma, pero ni viéndolo jugar entiendo cómo hace para derrotarme siempre.
Las derrotas no existen. Dice él. O ganas o aprendes. La verdadera derrota está en no descubrir que hiciste mal y aprender de ello para que no vuelva a suceder.
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Amos
Me encamino hacia la biblioteca de Bernard para dejar el libro que tomé prestado unos días atrás. Nada más ni nada menos que Noches Blancas, de Dostoyevski. La novela que cayó de las manos de Everly.
La novela tiene una forma poética de describir la belleza de la noche. Me lleva a pensar si eso será también algo a lo que Everly se sienta atraída. A los misterios que envuelve una implacable oscuridad. Y qué tan lejos llegaría para desentrañarlos.
Dejo el libro en su lugar en el estante y es inevitable que el recuerdo de aquella noche no resulte en mi mente como una chispa capaz de desatar un incendio.
Necesito más de ella, pronto.
O terminaré cayendo en un tortuoso espiral donde me acerco a ella lo suficiente para tocar el cielo con las manos un instante solo para verla alejarse, escapandose entre mis dedos.
Eso no va a pasar.
Cuando estoy por irme, de reojo puedo avistar la tenue luz que se filtra debajo de las puertas corredizas que conectan la biblioteca con la oficina de Bernard.
Hay una abertura de centímetros que me permite espiar dentro, encontrándome con Bernard y Everly jugando al ajedrez. Observarla sin que se de cuenta es una oportunidad que no desaprovecho y me quedo de pie un rato, mirándola.
Tiene su largo cabello castaño oscuro cayendo como cascada sobre uno de sus delicados hombros, dejando uno de sus perfiles descubiertos. Su naríz es pequeña, sus pestañas espesas, su piel es cremosa e impoluta como el marfil, y tiene unos labios que me recuerdan a unas cerezas. Es como una ninfa en un lago, esas mujeres de belleza etérea que ponían a los mismos dioses a sus pies.
Everly desliza su lengua por su labio inferior antes de atraparlo entre sus perfectos dientes en un gesto de suma concentración mientras tiene sus cejas ligeramente fruncidas, dándole vueltas a la jugada en el tablero.
Aquél gesto me hace tensar la mandíbula, es como un golpe directo a mi pecho que altera mis pulsaciones.
Everly puede parecer un ángel inocente y ser amable con todos, pero a mí me da algo que no le da a nadie más, algo que mantenía dormido, y es ese fuego que arde en su mirada retadora. Y ahora que tengo su atención, no voy a dejarla ir. Ahora que probé una mínima parte de ella no voy a detenerme hasta devorarla entera. Hasta que ambos estemos consumidos por el mismo fuego.