8 | Palabras reveladoras

1995 Words
Everly A la mañana siguiente Amos no está a mi lado. No se trató de un sueño de eso estoy segura. Tampoco es como si estuviera tan demente. Fué más bien una pesadilla y no me confiaría tanto de mis facultades mentales ultimamente. Aún puedo percibir el sutil aroma de su perfume en mis sábanas. Además, no se me olvidaría así como así el hecho de haber sido besada por Amos Emerson. No lo escuché cuando se marchó. Una parte de mí está agradecida por eso. Para empezar, no sé si recuerda el beso o no y prefiero quedarme con la duda. Además me sacaría en cara el hecho de que lo dejé dormir en mi cama y no quiero que piense que por eso comienza a tener algún efecto sobre mí. La otra parte de mí, la inexplicable y racional, no me deja ignorar ese pinchazo de desilusión que sentí al despertar y no verlo a mi lado. ¿Qué está mal conmigo? ¿En el fondo de verdad esperaba que siguiera a mi lado al despertar? La Everly sensata sabe que estoy mucho mejor así. Aunque no entiendo por qué tengo la sensación de que lo que ocurrió anoche no se trató de un juego. Cuando termino de arreglarme para la universidad, bajo a la cocina a beber algo de jugo de naranja. Me frustra no poder dejar de darle vueltas a lo que ocurrió anoche, de no poder simplemente ignorarlo y continuar con lo mío. De intentar descifrar algo con sus actitudes y sus palabras. Todo es sumamente confuso y solo Dios sabe qué pasa por su cabeza. Lo único claro es que debería alejarme de Amos de una maldita vez. —Buen día. Una voz me saca de mis pensamientos y veo a Aaron entrar sonriente a la cocina. —Buen día —fuerzo una sonrisa, pero la verdad es que me siento algo extraña. Aaron abre el refrigerador y se sirve algo de agua fresca en un vaso limpio. —Que bueno que aún estás aquí, estaba pensando en preguntarte si querías que te alcanzara hasta tu universidad —propone y le da un sorbo al agua. —Sí, claro —asiento distraídamente. —¿Estás bien? Pareces distraída. Lo miro. —Estoy algo cansada. Nada importante —le resto importancia. Aaron asiente y un silencio extraño e incómodo envuelve la habitación. De esos en los que buscas algo qué decir para matar la incomodidad. No comprendo el por qué, eso no ocurre entre nosotros. Pero sinceramente no quiero hablar. No es el caso de Aaron, al parecer. —Hay algo que quiero hablar contigo. —¿Si? Lo veo avanzar hasta quedar frente a mí y me cruzo de brazos, apoyándome en la mesada detrás de mí. Aaron se encuentra serio y se me hace que actúa algo… ¿nervioso? —Es sobre algo en lo que no he podido dejar de pensar desde hace un tiempo —comienza, pero lo conozco como la palma de mi mano y me doy cuenta rápidamente de a lo que se refiere. Oh no. —Aaron, no creo que sea el mejor momento. —Entonces sabes a qué me refiero. Suspiro, —Lo sé. —No es necesario que digas nada, Ivy. Es solo que… necesito decirlo. Le doy una mirada para pedirle que no lo haga, en verdad no es el mejor momento. Mucho menos sabiendo que Amos me besó anoche. ¿Será algo que deba contarle o no? Creo que tal vez lo mejor sea no hacerlo, no significó nada para mí y solo generaría problemas por nada. —Me gustas, Everly... demasiado —confiesa finalmente, parece liberado al decirlo y su mirada tiene un brillo diferente. En el fondo me siento una perra por no manejar la situación como se debe, pero tarde o temprano iba a pasar y si este es el momento entonces me queda al menos ser una buena amiga y no lastimarlo. —Desde que éramos unos niños. Siempre me pareciste realmente encantadora —continúa y esta vez va avanzando hacia mí—, amable, divertida. Y yo… no tuve el valor de decírtelo antes. Te besé antes de marcharme como un cobarde y cuando volví creí, no lo sé, que quizás solo había sido algo pasajero. Pero no es así. —Aaron, yo… —Agacho la mirada, buscando las palabras correctas. Desliza su mano por mi mejilla, levantando mi rostro para verlo y cuando voy a hablar alguien entra, interrumpiendonos. La mirada de Amos va de Aaron a mí y de regreso a su hermano mientras sus cejas oscuras se fruncen. Lo que faltaba. —Supongo que no es el momento —suspira Aaron dándome una mirada antes de apartarse—. Te espero afuera, Ivy —avisa antes de salir de la cocina. Dejándome sola con Amos. Me remuevo incómoda y algo inquieta en mi sitio sintiendo su mirada sobre mí, pero no lo miro. Cuando intento irme también, Amos me intercepta sujetando mi brazo y miro el agarre con el ceño fruncido antes de ver su rostro. —Everly… —No —lo interrumpo. No estoy de humor para esto. Me safo de su agarre y continúo mi camino para ir por mi mochila a mi habitación, teniendo la cabeza en cualquier otra parte menos aquí. Cuando tengo mis cosas salgo de la propiedad pero mis pasos prácticamente se detienen por un instante cuando mis ojos enfocan al sitio donde se encuentra Amos… junto a Dominique. Retomo el paso como si nada cuando la mirada de Amos intenta encontrar la mía, dirigiéndome al vehículo de Aaron. —Bebé… —la voz melosa de Dominique y ese apodo me revuelven el estómago. ¿Acaba de llamar Bebé a Amos? Me subo de copiloto ignorando la mirada de Amos sobre mí y me pongo el cinturón mientras Aaron arranca el vehículo. No puedo ignorar esta maldita molestia en mi pecho, como aquella que sentí en la fiesta. No sé qué está pasando conmigo y mi mañana simplemente no está siendo buena. Todo por culpa de Amos. ¿Qué diablos busca? ¿Un rato de diversión? ¿Una conquista nueva? ¿Saciar un capricho? ¿Por qué mejor no me deja en paz? Pero sé que también es mi culpa. Desde el momento en la biblioteca tendría que haber huído en la dirección contraria. Pero ahí estaba yo, peleando, enfrentándolo, dándole la atención que quería. Si verdaderamente lo quisiera lejos sé que podría haberlo alejado, pero supongo que me sabotée a mi misma. Podría haberme ido anoche pero decidí dormir entre sus brazos y esas son verdades que no quiero admitir. No quiero admitir que a pesar de todo comienza a afectarme. Tendría que haber ignorado el magnetismo que me atraía hacia él, porque no era más que una trampa. ¿Pero cómo ignorar esa parte dentro de mí si me impulsa con ferocidad? Maldita esa necia necesidad. Maldito Amos. Y maldita la víbora de Dominique. Y maldita yo. ━━━━━━━━━━━━━━━━ Es de noche y el señor Bernard me invitó a una partida de ajedrez. Creo que es exactamente lo que estuve necesitando todo el día, un momento en que deba concentrarme en otra cosa y algo de distracción. Pero no creo que esté funcionando porque Bernard lleva ganandome tres veces ya y por mis errores que sólo cometería un principiante. Observando el tablero decido mover una pieza que no provoca casi cambios en mi juego y es prácticamente inofensiva. —Estás algo distraída —comenta Bernard que, como si no fuera suficiente, ni siquiera está prestandole su completa atención a la partida sino que también está completando un crucigrama del periódico. —Tengo algo en la mente y no me lo puedo sacar —confieso y suspiro. Bernard le da una mirada al tablero y a simple vista encuentro dos piezas que dejé vulnerables a su ataque. Pero por algún motivo él decide mover una que, aunque lo acerca a mi lado, no representa una amenaza. Desaprovechando las dos oportunidades de derribar una de mis piezas. —Pudiste haber movido cualquier ficha, ¿por qué esa? —No es divertido si gano tan pronto —comenta y lo veo escribir en el periódico—. ¿Y qué es eso que no puedes sacarte de la cabeza? Mi mirada se clava en el tablero. Claro que no puedo decirle la verdad. Relamo mis labios y muevo otra ficha, distraída y pensativa. —¿Tiene que ver con Amos? —inquiere antes de que pueda inventarme algo. Él mueve una ficha que de un solo movimiento se lleva dos de las mías y lo miro ofendida. —Hey, ¿qué pasó con eso de no es divertido perder rápido? —Entonces concéntrate, señorita Everly. De eso se trata el ajedrez. Bufo. El señor Bernard deja el periódico a un lado y me presta más atención cuando muevo una pieza que me permite llevarme uno de sus caballos. —¿Por qué tendría que ver con Amos? —me atrevo a preguntar. —Porque te conozco, Ivy —dice mirándome—. Y también conozco a mi nieto —. Mueve otra ficha—. Desde que son unos niños. Puedo ser un anciano pero me doy cuenta de todo lo que ocurre en la mansión. Agacho la mirada al tablero. ¿Por qué siento que se refiere a algo que ocurrió entre Amos y yo? Por Dios, que no se refiera a lo de la biblioteca o jamás podré verlo a la cara de nuevo. La partida se torna más seria cuando comienzo a invadir su parte del tablero y él derriba algunas de mis piezas. —¿A qué se refiere? —pregunto finalmente, sin poder contener las palabras que pendían de la punta de mi lengua. —A la forma en que parecen comunicarse con sus miradas. Desde que eras una niña lo observas con… cierta curiosidad. Y él igual. Puedes decirme si estoy equivocándome. Suspiro, —No. Sus palabras me toman de forma desprevenida, porque nunca creí que nadie más que yo misma fuera consciente de ese interés que despierta Amos en mí desde pequeña. La confusión cubre mis facciones. —¿Por qué Amos sentiría curiosidad por mí? Bernard parece pensativo y a este punto creo que no hace falta ser un experto para darse cuenta que la partida ya terminó para mí. —La verdad es que no tengo una respuesta para eso —contesta y en verdad me hubiera gustado escuchar algo en concreto—. ¿Por qué no le preguntas? —Claro que no —niego de inmediato. —¿Por qué? ¿Acaso no quieres saberlo? —Su mirada me dice que él sabe la respuesta. Ojalá fuera tan fácil. Las cosas serían diferentes. Pero Amos decidió meterme en un laberinto donde juega con mis emociones con sus actitudes indecifrables. Me trata mal, luego me defiende, dice que va a destruirme y luego viene a buscarme ebrio por la noche. Y aunque en un principio estaba segura de no ser parte de esto… se me está yendo de las manos. Aún sabiendo lo riesgoso que es para mí. Y no puedo permitir que esto siga así. Por más que… una parte de mí así lo quiera. Si no tomo control de esto quedaré a su merced. Y eso no puede pasarme. Si Amos quería acercarse a mí desde antes, ¿por qué hacerlo de esta manera? Porque quizás la curiosidad que sentía por mí no es la misma que yo sentía por él. Quizás solo quiere llevarme a mis límites y empujarme. Pero la verdad es que así me convenza a mí misma que esto no es más que un juego… esa no es la verdad absoluta. Y eso me provoca una sensación... vertiginosa. Y emocionante. Y aterradora. Como cuando corres por el acantilado listo para saltar al mar y no te detienes a pensarlo... solo saltas.
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