Amos
Ojalá sentir desinterés por Everly fuera tan fácil como fingirlo.
Pero no sentirse atraído y fascinado por su belleza es imposible, tiene ese algo que hace que las personas la miren dos veces cuando entra en una habitación. La clase de belleza que me deja en evidencia cuando no puedo dejar de mirarla.
No soy un acosador, ni una persona obsesiva, pero Everly pone en jaque mi cordura.
Desde el momento en que cruzó las puertas del cristal apareciendo en el jardín, no fueron ni dos minutos los que tardó Aaron en acercarse a ella como un perro tras su dueño. La sonrisa de niño bueno que le da me irrita y su rostro se convierte en la cosa más insoportable.
¿Qué podría estar diciéndole que la hace sonreír? ¿y por qué mierda no puedo hacer que deje de importarme?
—¿Qué dices? —la voz de Dominique la que me saca de mis pensamientos.
Apenas le presto atención cuando levanta su rostro a la altura del mío y la observo detrás de los lentes de Sol que son lo único que me hacen disimular a dónde llevo viendo desde los últimos diez minutos.
—¿Mm?
—Bebé... —ese ridículo apodo sale de su boca en un tono tan meloso como irritante.
Sus dedos acariciando mi pecho distraídamente me hacen tomar su mano para apartarla pero ella lo toma de una forma diferente enlazando sus dedos entre los míos.
—¿Qué te parece?
—¿Qué cosa?
—¿Acaso no escuchaste nada de lo que dije?
—No.
Sus cejas perfectamente depiladas se fruncen al igual que sus labios en una mueca de molestia. No me importa, tal vez así se aleje y deje de estar sobre mí un jodido segundo.
Usarla para intentar provocar algo en Everly en la biblioteca me resulta algo contraproducente porque ahora no se me sale de encima. No es como si mi desinterés por ella no fuera usual, creo que solo le gusta fingir que no nota lo evidente.
Dominique se levanta de su sitio a mi lado ciertamente molesta, creo que finalmente se irá pero mi mirada se estrecha en ella cuando la veo encaminandose decidida en dirección a Everly.
¿Qué está planeando?
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Everly
—Déjame ayudarte, así terminarás más rápido —vuelve a ofrecerse Aaron pero niego.
—Es lo último y mi día termina, además, ¿qué dirán si en tu fiesta de bienvenida te pones a ordenar?
—Sabes que eso, al igual que esto —dice refiriéndose a la fiesta— me da igual —da un paso más cerca de mí—. Sabes que ellos no me importan cuando se trata de tí.
Lo miro y ese brillo en su mirada no me pasa desapercibido.
—Solo me falta esto y estaré libre —Es lo único que digo apartando la mirada y centrándome en terminar de ordenar los bocadillos en la mesa.
No quiero generar tensión o incomodidad entre nosotros, pero sé que hay un asunto pendiente que él querrá discutir tarde o temprano y aún no encuentro la forma de decirle lo que quiero decir sin herirlo o empeorando la situación volviendo realmente incómoda, perdiendo la clase de relación que teníamos antes de que me besara aquella tarde en la que se fué a Estados Unidos.
Tampoco quiero generar falsas esperanzas con mi forma de tratarlo por eso sé que debo encontrar una respuesta rápido para dejarle en claro que es mi mejor amigo y quiero que así continúe todo.
Tomo la bandeja con algunas limonadas para dejarlas en otra de las mesas cuando en un movimiento brusco una persona choca contra mí, haciendo que la bandeja se me tambalee y los vasos caigan, empapándome de limonada la blusa del uniforme de servicio.
—Ups.
En medio de mi estupor alzo la mirada encontrándome con Dominique cruzándose de brazos y mirándome con diversión.
Lo hizo a propósito.
De pronto siento varias miradas sobre nosotras pero mis ojos están clavados en ella y en esa sonrisa que le quitaría a golpes. No soy una persona violenta pero el que se atreviera a intentar humillarme de esta forma me saca de quicio.
—Deberías fijarte por donde caminas, sirvienta.
¿Sirvienta? ¿es jodidamente en serio?
—Dominique —le advierte Aaron detrás de mí.
—¿Vas a defender a tu novia?
Inhalo profundamente mientras siento la rabia quemando bajo mi piel haciéndome aferrar mis dedos con fuerza a la bandeja y deja un sabor amargo cuando me la trago porque en este estado le diría cosas que sé que perjudicarán a alguien y que ese alguien soy yo.
Hay batallas que algunos simplemente no tienen forma de ganar.
Y en este caso no hay nada que pueda hacer contra Dominique.
Paso por su lado pero entonces sus dedos me toman del hombro y me mira pero yo no me vuelvo hacia ella, sino que mis ojos inevitablemente se encuentran con los de la persona frente a mí a unos metros. Amos inclina su cabeza ligeramente a un lado pero no veo rastros de diversión en su rostro como antes.
—Esto es por lo de la biblioteca —menciona y esta vez sí la miro—. Aprende tu lugar y deja de ser tan entrometida.
Me safo de su agarre y continuo con mi regreso al interior de la propiedad con un nudo de rabia en mi garganta.
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Amos
No sé qué me jode más.
El no haber detenido a Dominique desde un inicio o la sonrisa de satisfacción que tiene en su rostro cuando vuelve hacia mí luego de la estupidez que hizo.
—Bebé…
—¿Qué mierda fué eso, Dominique?
Mi molestia aumenta cuando se encoge de hombros haciéndose la tonta, —¿Qué cosa? Ella debería fijarse por dónde camina.
Trata de tocar mi pecho pero tomo sus muñecas haciéndola mirarme confundida.
—¿Qué ocurre, Amos? —suelto sus muñecas y se cruza de brazos—. ¿Acaso estás enojado por lo que le hice a tu empleada?
Mi ceño se frunce e inclino mi rostro a la altura del suyo.
—Deja de actuar como una maldita niña, Dominique —mi tono es gélido.
Me mira extrañada y algo dolida, evidentemente no esperaba que reaccionara así pero lo que hizo fué un grave error. El único que puede molestar a Everly soy yo, fuera de eso cualquier otro que intentara joderla me tendría en su camino.
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Everly
Me marcho hacia mi habitación hecha una furia, cuando paso por al lado de mamá ella me mira y aunque esté molesta me detengo cuando me llama.
—Everly, cariño, ¿qué ocurrió?
—Un accidente —miento—. Iré a cambiarme y bajo.
—Está bien, ya termino aquí.
Asiento sin decir nada más y continúo con mi camino hacia mi habitación, saco una blusa de mi clóset y entro a mi baño a cambiarmela, cuando salgo Aaron está apoyado en el marco de la puerta mirándome con cierta pena.
—No puedo creer que Dominique se haya atrevido a hacer eso —habla metiendo las manos en los bolsillos traseros de su pantalón.
Mentiría si dijera que no me esperaba algo como esto tarde o temprano.
—Claro que puede, es una víbora —me quejo y Aaron ríe con los labios apretados.
—Sí, lo es. Pero al menos ahora ya no debes volver allí —lo miro— y yo tampoco. ¿Quieres dar un paseo por el jardín?
Accedo sin pensarlo dos veces, porque aunque me arriesgue a que en algún momento quiera recordar y hablar sobre aquél beso, por un momento solo quiero distraerme junto a él.