Everly
Cuando llegué a la mansión tenía apenas ocho años, por lo que prácticamente no tengo recuerdos de mi vida antes de ese momento, antes de llegar aquí con mamá y que la difunta esposa del señor Bernard, una mujer que recuerdo tenía porte elegante y voz suave, decidiera contratarla.
Mamá conservó el empleo porque demostró ser lo suficientemente buena y una persona de confianza. No recuerdo un solo día de mi vida en que ella no estuviera trabajando arduamente para que pudiéramos subsistir, incluso desde antes de que mi padre nos abandonara sin un centavo.
Ella encontró la forma de salir adelante y convertir cualquier día malo en uno bueno con ese superpoder que solo las madres tienen.
Desde pequeña buscaba la forma de escabullirme en el servicio para ayudar a mamá en pequeñas tareas, por eso cuando terminé el instituto logré conseguir un puesto formal para formar parte del servicio. Mamá y el señor Bernard lo permitieron con la única condición de que eso no interfiriera en mi rendimiento académico, lo que no es un problema por que prácticamente soy la mejor de la clase.
A la mañana siguiente, cuando termino de arreglarme y ponerme el uniforme, abandono mi habitación y me dirijo a la cocina.
Cuando leímos que parte del contrato decía que tendríamos nuestras propias habitaciones en el área del servicio fué como ver los obsequios bajo el árbol una mañana de navidad. No tendríamos que volver a la casa en ruinas que, tarde o temprano, nos terminarían quitando.
Ahora ambas tenemos nuestras propias habitaciones, cómodas, bonitas y acogedoras, era más de lo que podíamos pedir en aquél momento y lo que tendremos hasta que termine la universidad y pueda juntar dinero para tener nuestro propio hogar con una gran cocina como le gusta a mamá.
—Buen día, Cecilia —Le sonrío amablemente. Cecilia es una muy buena amiga de mamá, se unió al servicio hace unos cuatro años.
—Buen día, Ivy —Me da un beso en la frente dejando una caricia en mi mejilla antes de continuar con su tarea poniendo la mesa para el desayuno de los Emerson.
Cuando llego a la cocina veo a mamá supervisando todo para el desayuno, junto a ella está Marcus, el chef de los Emerson, preparando algo que huele delicioso.
—Buen día, Ivy —Me saluda Marcus y le respondo igual.
Dejo un beso en la mejilla de mamá.
—Buen día, cariño.
—¿Quieres ayuda con algo, mamá? —Le echo un vistazo a la cocina pero parece tener todo bajo control.
—Sí —la miro atenta—, ¿podrías buscar la ropa de cama de Aaron y Amos?
—Claro.
—¿Y podrías hacerlas?
Me quedo quieta un momento.
¿Ir a la habitación de Amos? Eso no había pasado antes.
Mamá me mira esperando una respuesta, —Voy.
Me encamino hacia el lavadero donde se encuentran las sábanas perfectamente dobladas y con aroma a limpio, las tomo y me dirijo a las respectivas habitaciones.
Primero paso por la de Aaron quien sé no está porque tiene una reunión en la universidad, y luego voy a la de Amos, teniendo una sensación extraña en el pecho que me esfuerzo en ignorar. Doy unos toques a la puerta pero nadie responde así que me adentro y por suerte parece estar vacía.
Nunca antes estuve en la habitación de Amos. Es espaciosa, piso de madera, paredes de un verde oscuro, un enorme ventanal, un escritorio de roble, una cama king size con una mesa de noche a cada lado y sobre estas pequeñas lámparas de luz tenue en la pared. Todo luce muy pulcro y los tonos me recuerdan a un bosque.
Me apresuro en ordenar su cama y dejarla perfecta, las sábanas y almohadas son de la misma escala de verdes oscuros que las paredes, cuando termino y ya voy a salir me detengo en seco al ver a Amos de lo más tranquilo con la espalda en la puerta y sus fuertes brazos cruzados frente a su pecho.
¿En qué momento entró que no lo escuché? ¿cuánto lleva ahí?
Detesto admitirlo pero la clase de belleza que posee es supremamente atrayente y cautivante. Es demasiado alto, esbelto e imponente, de músculos definidos y piel cremosa, su cabello es tan oscuro como una noche sin estrellas, al igual que sus cejas y sus espesas pestañas, las cuales ensombrecen sus iris gris oscuro, volviendolas casi negras.
Me averguenza admitir la cantidad de veces que me atrapó mirándolo, pero aún más las veces que no lo hizo. Cuando era más pequeña me veía hipnotizada y sobre todo atraída por el aura enigmática que lo envuelve, incluso ahora no puedo ignorar esa parte de mí.
—Terminé aquí —aviso pero no recibo respuesta, lo usual. Cuando me dispongo a querer salir, no veo ninguna intención de su parte de moverse—. ¿Puedes moverte, por favor?
No lo hace.
El que sus ojos me estén escrutando como si quisiera intentar encontrar o comprender algo, se siente diferente ésta vez, porque ahora no puedo desviar la mirada y alejarme, no hay dónde huir.
—Amos —su nombre escapa de mis labios como un suspiro, no como una súplica. Solo quiero que me deje ir.
Por el contrario, inclina su rostro ligeramente a un lado y sus ojos se estrechan de una forma casi imperceptible, y tengo la corazonada de que no va a hacerlo. Me siento inquieta pero no lo demuestro.
—Trato de entender que ve mi hermano en ti —habla finalmente y mi ceño se frunce—, si eres una cosita fea.
Mis labios se separan sutilmente ante sus palabras antes de que mi mandíbula se tense con la oleada de rabia que avanza por mis venas ardiendo bajo mi piel.
¿Por qué me veo interesada en saber qué ocurre por su cabeza cuando me ve cuando de seguro es una mierda como ésta?
—Déjame salir —mi tono se endurece y sé que en cualquier momento perderé cualquier rastro de educación.
Amos se endereza, adueñándose de toda su imponente altura y avanza hacia mí con esa mirada de depredador que me hace alzar el mentón solo para demostrar que no me intimida.
—Suplicame —ordena.
Por un momento creo haber escuchado mal, —¿Qué?
No agacho la mirada ni cuando su rostro se inclina hacia el mío, quedando tan solo a unos centímetros y casi podemos respirar el mismo aire.
—Quiero escucharte suplicar —repite con una voz inquietantemente serena y su lengua acaricia cada palabra remarcandola de forma clara.
Emito un sonido burlón.
—Estás loco —niego y cuando intento pasar por su lado sus dedos rodean mi brazo y mi mirada va directo a ese agarre.
—No volveré a pedírtelo, Everly —mi nombre en su boca me erizó la piel—. Si quieres que te deje en paz, suplica.
Está realmente jodido si cree que voy a suplicar, ¿quién carajos se cree que es?
—No.
Un brillo oscuro atraviesa su mirada.
—¿No? —su mirada se estrecha— ¿estás segura de que es tu respuesta final?
Claro que lo es. Una cosa es soportar comportamientos inmaduros de sus amigos solo para no tener problemas que puedan afectarle a mi mamá y otra completamente diferente es dejarme pisotear de esta forma.
—Suéltame.
Trato de zafarme pero lo único que consigo es que atrape mis muñecas con una de sus manos, llevándolas a mi espalda.
Incluso parece provocarlo más, como si le estuviera dando exactamente lo que busca. Que se joda.
No pienso bajar la mirada, ni ceder, pero cuando su mirada se desliza hasta mi camisa tirando contra mis pechos paso saliva sintiendo algo abrumador acrescentandose en mi vientre.
—No lo harías.
Me mira, —¿Qué cosa?
Lo percibo, el reto en sus palabras, el tono en su voz, todo grita Pruébame, él me va a demostrar que tiene el poder de hacer todo lo contrario a lo que yo diga.
—Lo que sea que quieras hacer.
Me mira como diciendo No eres tú la que decide eso.
—Se lo diré a todos.
Mis palabras parecen divertirlo, le divierte el ponerme en esta posición pero aún así no pienso ceder y darle la victoria en su estúpido juego, eso jamás.
—¿Y crees que eso me detendrá?
Su sonrisa maliciosa me hace entender que no solo no lo detendría, sino que lo incitaba a conquistar, a hacer lo necesario para obtener lo que desea. Porque a un niño rico acostumbrado a tener lo que quiere no le dices que no.
—Si crees que dejaré que me uses como peón en algún estúpido juego, estás muy equivocado, Amos —aseguro con firmeza, esta vez cuando trato de safarme, por algun motivo, me suelta. Aun así no corro de primeras, lo enfrento—. No vuelvas a acercarte a mí.